Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 6: La confrontación
Lucía y Sebastián caminaron de regreso a la casa con una determinación renovada. El sol comenzaba a calentar la mañana, pero ninguno de los dos sentía el calor. Sus pensamientos estaban fijos en Elena, en la mentira que había tejido y en las consecuencias que había provocado. Sabían que no podían permitir que sus manipulaciones continuaran. Era hora de confrontarla.
Don Justo los esperaba en el patio, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Al verlos llegar juntos, tomados de la mano, su expresión se suavizó ligeramente.
—¿Qué hacen ustedes dos? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
—Papá —dijo Lucía, con voz firme—, Sebastián no le ha sido infiel. Elena mintió.
Don Justo arqueó una ceja.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque lo conozco —respondió ella—. Y porque Elena ha estado diciendo cosas raras desde que llegó. Cosas para hacerme dudar de él. Quiere separarnos.
El viejo campesino guardó silencio un momento, procesando las palabras de su hija. Recordó las insinuaciones de Elena, su insistencia en hablar mal de Sebastián, su mirada astuta cuando hablaba de la ciudad. Y comenzó a ver lo que antes había ignorado.
—¿Por qué haría eso? —preguntó finalmente.
—Porque ella quiere a Sebastián —dijo Lucía, con un nudo en la garganta—. Lo quiere para ella.
Sebastián apretó la mano de Lucía y dio un paso al frente.
—Señor Justo, no sé qué más hacer para demostrarle que soy sincero. He trabajado en su campo, he soportado sus desconfianzas, he dejado atrás mi vida por su hija. Si aún así no me cree, entonces no sé qué más puedo hacer.
Don Justo lo miró largamente, estudiando su rostro. Vio el cansancio, la sinceridad, el dolor en sus ojos. Y por primera vez, sintió que quizá había juzgado mal al joven.
—Está bien —dijo finalmente—. Vamos a hablar con Elena. Pero si resulta que ella mintió, no pienso quedarme de brazos cruzados.
Los tres caminaron hacia la casa de Pedro, el padre de Elena. El camino era corto, pero a Lucía le pareció eterno. Su corazón latía con fuerza, mezcla de miedo y determinación. Sabía que confrontar a su antigua amiga sería doloroso, pero también sabía que era necesario.
Al llegar, encontraron a Elena sentada en el porche, tomando un vaso de agua fresca. Al verlos, su sonrisa se congeló por un instante, pero rápidamente recuperó la compostura.
—¡Qué sorpresa! —dijo, levantándose—. ¿Qué los trae por aquí tan temprano?
—Sabes muy bien lo que nos trae —respondió Lucía, con una dureza que sorprendió incluso a Sebastián—. La mentira que le dijiste a mi padre.
Elena parpadeó, fingiendo inocencia.
—¿Mentira? No sé de qué hablas.
—Dijiste que viste a Sebastián con otra mujer en el pueblo —insistió Lucía—. Y eso es falso.
Elena soltó una risita nerviosa.
—Yo solo dije lo que vi, Lucía. No tengo por qué inventar cosas.
—Sí tienes —intervino Sebastián, con voz fría—. Tienes motivos para inventar. Porque quieres separarnos para quedarte conmigo.
El rostro de Elena palideció. Sus ojos verdes se abrieron con sorpresa y, por un momento, su máscara de inocencia se resquebrajó.
—¿Qué? —dijo, intentando reír—. ¿Quedarme contigo? No sé de qué estás hablando.
—No finjas —dijo Lucía, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir—. Te he visto cómo lo miras, cómo lo buscas, cómo te acercas a él. Eres mi amiga, Elena. O al menos lo fuiste. ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Elena guardó silencio por un largo momento. Su rostro cambió, y la máscara de dulzura se desvaneció por completo. Sus ojos se volvieron fríos, duros, y su sonrisa se torció en una mueca de desprecio.
—¿Tu amiga? —dijo, con voz venenosa—. ¿Crees que eres mejor que yo? Siempre fuiste la niña bonita, la que todos querían, la que tenía un padre que la protegía. Yo tuve que irme a la ciudad a buscarme la vida, a soportar humillaciones, a trabajar como una esclava. Y ahora llegas tú, con tu campo y tu belleza, y te quedas con el mejor hombre que he visto en mi vida. ¿Y esperas que me quede callada?
Lucía dio un paso atrás, herida por las palabras de su amiga.
—Elena, yo no tengo la culpa de lo que te pasó en la ciudad. Nunca quise hacerte daño.
—Pero me lo hiciste —dijo Elena, con la voz quebrada pero llena de odio—. Sin querer, me lo hiciste. Y ahora quiero que sepas lo que se siente perderlo todo.
Don Justo, que había permanecido en silencio, dio un paso al frente.
—Basta, Elena. No tienes derecho a hacerle daño a mi hija. Vete de aquí y no vuelvas a acercarte a ella.
—No me iré —respondió Elena, desafiante—. Este es mi pueblo, esta es mi casa, y nadie me va a echar. Y si Lucía no puede confiar en su novio, eso es problema de ella, no mío.
Sebastián soltó la mano de Lucía y se acercó a Elena.
—Escúchame bien —dijo, con una calma que daba miedo—. No te quiero, no te he querido y nunca te querré. Mi corazón le pertenece a Lucía, y nada de lo que hagas va a cambiar eso. Así que deja de hacerte ilusiones y deja a Lucía en paz.
Elena lo miró con odio, pero no dijo nada. Su orgullo herido era más fuerte que cualquier palabra.
—Esto no ha terminado —susurró, y dio media vuelta para entrar a su casa.
Lucía sintió que el peso del mundo se le quitaba de encima. Aunque la confrontación había sido dolorosa, por fin sabía la verdad. Elena no era su amiga. Nunca lo había sido.
De regreso a casa, caminaron en silencio. Don Justo iba delante, y Lucía y Sebastián detrás, tomados de la mano.
—¿Crees que volverá a intentar algo? —preguntó Lucía, con voz baja.
—No lo sé —respondió Sebastián—. Pero lo que sí sé es que no importa lo que haga. Estoy contigo, y eso no va a cambiar.
Lucía sonrió, y por primera vez en días, sintió que la paz regresaba a su corazón.
Pero esa noche, mientras todos dormían, Elena escribió una carta. Una carta que enviaría a la ciudad, a una dirección que conocía muy bien. La dirección de Victoria Montenegro.
"Su hijo está en peligro", escribió con letra firme. "Y yo puedo ayudarla a separarlo de esa campesina."
El sobre fue sellado y entregado al cartero al día siguiente. El primer paso de su venganza estaba en marcha.
Mientras tanto, en la casa de don Justo, Lucía y Sebastián disfrutaban de una noche de paz, sin saber que la tormenta más oscura estaba por llegar. La ciudad, con todo su poder y su maldad, pronto los alcanzaría.
Pero el amor, aunque frágil, también es terco. Y Lucía estaba dispuesta a luchar por él, aunque el mundo entero se pusiera en su contra.