Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 10: Huyendo del peligro
En la clínica La Luz, el desastre se materializó.
Roberto Carrillo, con la mandíbula apretada, arrojó un fajo de cheques sobre el escritorio del director médico para cubrir el "trabajito" clandestino.
Sin embargo, cuando los enfermeros ingresaron al quirófano VIP para iniciar la operación, la camilla estaba vacía, la paciente había desaparecido.
El doctor tuvo que asumir el error, pálido como el papel, confesando que había permitido que el padre de la mujer accediera a verla.
Roberto estalló en una furia ciega, arrojando el mobiliario de la oficina “¡Encuéntrenlos! ¡Quiero que busquen si es posible bajo piedras ahora mismo!”, ordenó, con los ojos inyectados en sangre.
Mientras tanto, en la mansión de los Carrillo, el caos absoluto reinaba en los pasillos.
Dejar escapar a Juan era un error que costaría varias cabezas dentro de la seguridad familiar.
En el sótano, Ana comenzaba a recuperar el conocimiento sobre el frío suelo de cemento, abandonada a su suerte y vistiendo únicamente su ropa interior, despojada de toda la altanería que la caracterizaba.
Y en medio de aquel torbellino de pánico y gritos... Margarita, la fiel nana, caminaba a paso lento, pero firme hacia la salida de la habitación de sus patrones.
Oculto en el interior de su delantal, descansaba un sobre de manila que contenía los pasaportes y documentos de identidad auténticos de Juan y Ania.
…….......
Los primeros rayos del sol se filtraron tímidamente por la persiana, dibujando líneas doradas en el techo y anunciando el inicio de un día que prometía cambiarlo todo.
Ania abrió los ojos con lentitud, la claridad le resultó agresiva al principio, obligándola a entrecerrar los párpados mientras los hilos de la consciencia se entrelazaban de nuevo.
Pero un frío helado y un pánico visceral se le instalaron en el pecho. Un pensamiento aterrador la golpeó con la fuerza de un puñetazo: ¿Su propia familia había logrado asesinar al pequeño ser que crecía en su vientre?
Su respiración se agitó, volviéndose errática. Con un esfuerzo que le dolió en los músculos, giró la cabeza para reconocer el entorno.
Paredes de pintura modesta, muebles sencillos de madera clara... Suspiró. No estaba en la clínica, ni en la mansión. Era el departamento secreto que su padre había alquilado.
La puerta de la habitación se abrió con un roce casi imperceptible.
“Hermanita... ¿Ya despertaste?”, la voz de Pía tembló, cargada de una angustia contenida.
Antes de que Ania pudiera articular una sola palabra, Pía cruzó la distancia que las separaba, se arrojó sobre la cama y la estrechó en un abrazo desesperado, rompiendo en un llanto contenido “Tenía tanto miedo...” susurró contra su hombro “¿Estás bien? ¿Te duele algo?”
Ania, sintiendo el cuerpo pesado por los residuos de la anestesia, levantó una mano trémula para acariciar la espalda de su hermana.
“Estoy bien...” su voz sonó rasposa, pero la urgencia le transformó la mirada “Pero... ¿Mi bebé, Pía? ¿Qué pasó con mi bebé?”, preguntó, llevándose las manos al vientre en un gesto de pura protección.
Pía abrió la boca, buscando las palabras correctas para calmarla, pero en ese preciso instante la silueta de Juan recortó el umbral.
Al ver a la luz de sus ojos despierta y consciente, las líneas de tensión de su rostro se borraron, iluminándose con un alivio infinito.
Se acercó a la cama a grandes zancadas y la envolvió en sus brazos con una delicadeza extrema, como si temiera romperla “Mi amor... despertaste” susurró Juan, besando su frente “Dios mío, ¿cómo te sientes?”
Ania se aferró a las solapas de su chaqueta “Papá...” sollozó, con los ojos anegados “¿Mi bebé? Dime la verdad... ¿Lo mataron?”
Juan le tomó el rostro entre las manos, obligándola a mirarlo a los ojos, mientras con los pulgares le limpiaba las lágrimas que desbordaban sus mejillas.
“Tranquila, mírame... todo está bien” dictaminó con una firmeza inquebrantable “Llegué a tiempo, mi niña. Mi nieto está perfectamente a salvo”
Un espasmo recorrió el cuerpo de Ania, una descarga de alivio tan fuerte que la dejó sin aliento, permitiéndole desinflar el pecho y calmar los latidos de su corazón.
“¿Ves, hermana?”, añadió Pía, secándose las lágrimas con una sonrisa forzada para aligerar el ambiente “No es bueno que te alteres en tu estado. Además, recuerda que tenemos un superpapá” bromeó, lanzando un par de puñetazos al aire con gracia.
Ania no pudo evitar que una pequeña y genuina sonrisa se dibujara entre sus lágrimas. Asintió, bajando la vista hacia su abdomen, acariciándolo con la yema de los dedos.
Sin embargo, la duda volvió a enturbiar sus ojos.
“Papá... te juro por lo que más quiero que no sé cómo llegó este bebé” confesó, con una confusión genuina “Me pregunto... ¿Será que soy la reencarnación de la Virgen María o algo así?”
Juan soltó una pequeña risa cansada y le dio un golpecito cariñoso en la frente.
“No digas tonterías, mi cabeza hueca” respondió con ternura “Tu hermana y yo estuvimos uniendo las piezas del rompecabezas anoche. Creemos... no, estamos seguros, de que te sometieron a una inseminación artificial”
La estupefacción congeló las facciones de Ania.
Pía se sentó a su lado y tomó su mano con suavidad para explicarle “Aún no se te nota nada el embarazo, por lo que calculamos que apenas estás en el primer mes. Y esa fecha coincide exactamente con los días que pasaste internada en la clínica por la alergia”
Un silencio denso cayó sobre la habitación durante unos segundos mientras Ania procesaba la información.
“Ya veo...” murmuró finalmente Ania, esbozando una mueca irónica “Y yo aquí, creyéndome una santidad”
La ironía arrancó una carcajada limpia en los tres, rompiendo la tensión que amenazaba con asfixiarlos.
Juan, recuperando la gravedad de la situación, carraspeó y se puso en pie.
“Mis amores, el tiempo corre. Vayan a la cocina y desayunemos, tenemos que salir hacia el aeropuerto de inmediato. Estoy seguro de que tu abuelo ya habrá puesto precio a nuestras cabezas y nos estará buscando por toda la ciudad. Ya coordiné con un viejo amigo abogado para que nos ayude con los boletos”
Ania y Pía intercambiaron una mirada de complicidad y, volviéndose hacia él, respondieron con una sincronía perfecta “Contigo, papá, hasta el fin del mundo”
Juan se había despertado antes de que el sol rozara el horizonte para preparar un desayuno abundante, cargado de nutrientes; sabía que ahora no solo debía proteger la vida de sus dos hijas, sino también el milagro que crecía dentro de Ania.
La pequeña mesa del comedor lucía repleta de alimentos frescos.
Los tres compartieron los alimentos en un silencio envueltos en una paz idílica.
Al terminar, dejando el departamento impecable y cargando únicamente un par de bolsos con lo estrictamente necesario, cerraron la puerta tras de sí.
El amigo de Juan se encargaría de rescindir el contrato y entregar el inmueble más tarde para no dejar rastros.
Mientras tanto, en la opulenta mansión Carrillo, la realidad era radicalmente distinta.
Roberto caminaba de un lado a otro en su fastuoso despacho, con las venas del cuello a punto de estallar. Estaba fuera de sí.
“¡Son una cuerda de ineptos, de imbéciles!”, bramaba, estrellando un vaso de cristal contra la pared “¿Cómo es posible que a hombres entrenados se les escaparan esos malditos muertos de hambre?”
No había pegado el ojo en toda la noche. Al revisar personalmente los circuitos cerrados de la clínica, la verdad lo había abofeteado: Juan se había paseado por las narices de su seguridad, burlando los controles, engañando a los médicos y sacando a la chica como si fuera un fantasma.
El golpe a su soberbia aristocrática había sido devastador. Siempre había considerado a su yerno como un peón insignificante, un don nadie... y ahora descubría, demasiado tarde, la agudeza mental que se ocultaba tras su silencio.
En la otra ala de la mansión, Ana despertó nuevamente, recordó la silueta de Juan, la presión en su cuello y el golpe.
Juan había escapado y, con toda certeza, había rescatado a la bastarda.
No diría una sola palabra de lo sucedido; si su padre llegaba a sospechar que ella había bajado a provocarlo y que, por su culpa, Juan había encontrado una vía de escape, Rogelio la destruiría sin dudarlo.
Minutos después, tras una ducha rápida, Ana bajó las escaleras luciendo un aspecto impecable, fría y altiva, como si la noche anterior hubiera sido un sueño.
Entró al estudio de su padre con paso firme “Buenos días, padre”
Roberto se giró hacia ella con una mirada inyectada en odio puro.
“¿Buenos días?”, escupió el viejo, propinando un puñetazo al escritorio “¡Tu hija y el miserable de tu marido se escaparon! Si esta porquería llega a oídos de la prensa o de nuestros socios, será un desastre absoluto”
Ana fingió una mueca de perfecta sorpresa, tapándose la boca con dramatismo “¿Cómo que se escapó? Pero... si los hombres lo tenían confinado...”
“¿Y qué vas a saber tú, inútil?”, gruñó Roberto, dándole la espalda con desprecio “¡Te desapareces a tus crisis histéricas y nunca sabes nada de lo que pasa en esta casa!”
Ana bajó la mirada, fingiendo sumisión para ocultar el sudor frío del nerviosismo que le recorría la espalda.
“Vete de mi vista “ordenó Roberto con desdén “Lo único que importa es encontrarlos”
Ella dio media vuelta y salió a paso rápido antes de que el patriarca descargara toda su frustración en ella.
Una vez en el pasillo, susurró con un veneno destilado entre los dientes “Malditos... juro que me las van a pagar todas juntas”
Nadie en la casa, absortos en el caos reinante, se percató de una ausencia crucial: Margarita, la vieja nana.
Como lo hacía cada mañana desde hacía décadas, la mujer cruzó la reja principal de la propiedad argumentando que iría al mercado local a conseguir verduras frescas y pan caliente para el desayuno familiar.
Caminaba despacio, arrastrando los pies y sosteniendo una gran bolsa de lona. ¿Quién podría sospechar de una anciana sirvienta? Nadie imaginaba que en el fondo de esa bolsa, cubiertos por un par de prendas viejas, reposaban los pasaportes de Juan y de Ania.
En cuanto dobló la esquina, Margarita apresuró el paso, interceptó un taxi y dictó el destino con voz firme.
Mientras observaba los edificios de la ciudad desvanecerse a través de la ventanilla, una punzada de melancolía le encogió el corazón; estaba abandonando su tierra natal, el único hogar que conocía, para comenzar desde cero en la vejez.
Pero no le importaba, ella no tenía familia biológica, y su verdadero hogar estaba donde estuvieran esos muchachos.
Autora: En Perú y en algunos países se aprodíaa una fecha especial "El dia del padre" se les desea un feliz día, muchos éxitos y bendiciones a todos los padres, en especial a los que son como Juan. Un padre a todo dar...
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.