La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 7
Ángela acababa de meter el carro al parqueadero del edificio cuando el teléfono de Alma vibró.
Número privado.
Lo miró un segundo. Después de todo lo que había pasado en las últimas horas un número privado no traía nada bueno, pero lo contestó igual porque ya no le quedaba mucho más que perder.
— ¿Aló?
— Doctora Alma. — La voz era tranquila, directa. — Soy Máximo Salas.
Alma frunció el ceño. Ángela, que estaba sacando las llaves del contacto, paró en seco y la miró. Alma le devolvió la mirada sin decir nada.
— ¿Cómo obtuvo este número?
— Puedo explicarle todo. Por eso llamo. — Una pausa breve. — Quiero ayudarla.
— No hace falta.
— Con el debido respeto, doctora, hoy visitó cuatro bufetes y ninguno quiso recibirla. — Lo dijo sin crueldad, solo como un hecho. — Hace falta.
Alma abrió la boca para responder. Ángela le dio un manotazo en el brazo y le señaló el teléfono con los ojos abiertos, gesticulando alto parlante, alto parlante. Alma exhaló y puso el altavoz.
— Me ayudo una vez — continuó Máximo — sin pedirme nada. Usted cambió mi vida y la de mi madre. Déjeme devolver eso.
— No me debe favores, señor Salas. Lo que hice lo hice porque era lo correcto.
— Lo sé. Por eso quiero ayudarla, no porque se lo deba. — Otra pausa. — Cene conmigo esta noche. Le explico cómo sé lo que sé y lo que puedo hacer por usted. Y antes de que diga que no — agregó, como si ya supiera lo que venía — mi madre estará presente. Y puede traer a su amiga si quiere.
Alma miró a Ángela.
Ángela ya estaba asintiendo con una energía que no dejaba espacio para el debate.
Alma miró al frente. Pensó en los cuatro bufetes. En el mensaje de Darío. En el teléfono con las tarjetas bloqueadas. En Lucía arriba en el apartamento llorando en silencio.
— Acepto — dijo.
— Gracias. Le mando la dirección ahora.
Colgó.
El carro quedó en silencio dos segundos exactos.
— Tiene una voz muy sexy — dijo Ángela, y soltó una carcajada que llenó todo el parqueadero.
— Estás loca.
— Ya lo sé. — Seguía riéndose. — Pero tengo razón. Cuéntame, ¿qué recuerdas de este hombre? Porque apareció en el momento exacto, sabe dónde vivo, sabe tu número, sabe que visitaste cuatro bufetes hoy. Eso no es casualidad, Alma.
Alma salió del carro. Ángela la siguió.
— Recuerdo a su madre — dijo mientras esperaban el ascensor. — Fue hace más de veinte años, antes de casarme. Llegó a urgencias una noche, muy golpeada, desnutrida. El niño también. — Hizo una pausa. — Me partió el corazón verlos. La traté, le conseguí los medicamentos, y cuando le dieron el alta llamé a mi amiga Claudia, la de la fundación. Ella les consiguió nuevas identidades y los sacó del país. Yo le di al niño una beca de estudios antes de que se fueran.
— Dios mío, Alma.
— Hice lo que pude.
— Hiciste muchísimo. — El ascensor llegó. Subieron. — ¿Y después?
— Después me casé y no supe más de ellos. — Se encogió de hombros. — Nunca esperé saber más. Así funcionan esas cosas.
Ángela la miró de lado mientras subían.
— Y ahora ese niño es un hombre con voz sexy que quiere ayudarte. — Levantó las cejas. — La vida tiene un sentido del humor bastante retorcido.
— No empieces.
— No estoy empezando nada. Solo digo.
El teléfono de Alma vibró. Una dirección. Una zona residencial de las más exclusivas de la ciudad.
Alma miró el reloj. Las siete de la noche.
— Vamos de una vez — dijo. — Y salimos de dudas.