⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 10
...AITANA ...
El sonido firme y repetitivo sobre la puerta de madera me tomó por sorpresa.
Estaba en la cocina terminando de prepararme un té para intentar bajar la tensión de los últimos dos días, todavía con el cuerpo molido por las horas acumuladas en ese hospital VIP.
Me sequé las manos en el repasador y caminé hacia la entrada, frunciendo el ceño. En este barrio nadie tocaba a la puerta a las ocho de la noche con esa insistencia a menos que fuera una emergencia.
Al abrir, la respiración se me cortó en la garganta.
Ahí estaba Henrry. Apoyado en el marco del porche, con la camisa impecable pero ligeramente arrugada en el cuello, despeinado de una forma sutil que delataba que había estado pasándose las manos por el cabello todo el día, y con esa mirada oscura, cargada de esa vulnerabilidad que conocía demasiado bien.
Detrás de él, en medio de la calle, su auto de lujo desentonaba por completo con el entorno.
—¿Henrry? —articulé, sosteniendo el picaporte con fuerza—. ¿Qué demonios haces aquí a esta hora? ¿Le pasó algo a Mía?
—Mía está bien —respondió con la voz áspera, profunda, dando un paso al frente sin pedir permiso, obligándome a retroceder instintivamente hacia el interior de mi sala.
Cerró la puerta de un golpe a sus espaldas, dejando afuera el ruido de la calle, y el espacio pequeño de mi casa pareció encogerse de inmediato. Su sola presencia lo llenaba todo, invadiendo el aire con ese perfume caro que se me había quedado grabado en la memoria desde hace años.
—Entonces, ¿a qué viniste? —le espeté, cruzándome de brazos para no dejarle ver que me temblaban las manos—. No tienes nada que hacer en mi casa.
—Aitana —dijo, cortándome las palabras con una mirada de puro reproche, mientras sus ojos recorrían mi rostro como si estuviera buscando respuestas a preguntas que nunca se atrevió a hacer—. Pasé dos días soportándote en la clínica, viéndote actuar como si fueras la jueza de mi vida, y no voy a pasar una noche más con esta duda clavada en la garganta.
Dio otro paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el olor a whisky en su aliento.
—Vine por... que la verdad es que no aguanto más esto —continuó, con la mandíbula apretada y la voz quebrándose levemente—. Me dejaste, Aitana. Te fuiste en el peor momento de mi vida, cuando todo se me venía abajo, y me demostraste que lo nuestro nunca te importó un carajo. ¿Para qué volviste ahora a revolverme todo?
El pomo de la puerta de la habitación del fondo giró con un chasquido. Mi madre y mi hermana menor se asomaron al pasillo, alertadas por la voz masculina y el tono tenso que retumbaba en la sala.
—Aitana, ¿está todo bien por aquí? —preguntó mi madre, pasándole la mano por el hombro a mi hermana y mirando a Henrry con recelo.
Sostuve el aire un segundo, sintiendo la mirada pesada de Henrry clavada en mi cara.
—Sí, ma, no pasa nada —respondí tratando de afinar la voz para que sonara tranquila—. Es solo un asunto de los chicos que se nos quedó pendiente en la clínica. Ya resuelvo. Por favor, vuelvan adentro.
Esperé a que cerraran la puerta de la habitación antes de tomar a Henrry del brazo con firmeza. Sin darle tiempo a reaccionar, lo empujé hacia afuera, salí al porche y cerré la puerta de entrada detrás de mí para no armar un espectáculo en la casa.
El aire fresco de la noche nos golpeó a los dos, pero el olor a alcohol que salía de su aliento era inconfundible.
—¿Estás ebrio, Henrry? —le espeté, mirándolo con incredulidad y rabia—. ¿Condujiste ebrio hasta acá? ¿Estás loco? ¡Te quieres matar o qué demonios te pasa!
Henrry soltó una carcajada seca, amarga, e inclinó la cabeza hacia atrás mientras se pasaba una mano por la cara.
—Ah, qué increíble... —dijo, volviendo a mirarme con los ojos entrecerrados—. ¿Ahora sí te preocupas por mí? Qué detalle de tu parte, Aitana. Un poco tarde, ¿no crees?
—No te hagas el gracioso conmigo —le advertí, dando un paso hacia él—. Podrías haber matado a alguien en el camino o haberte estrellado. ¿A qué viniste? ¿A hacerte la víctima a mi casa?
—¡Vine porque no soporto verte actuar como si no me hubieras destrozado también! —bramó él, alzando la voz sin importarle los vecinos—. Te lavaste las manos, Aitana. Cuando mi vida se volvió un infierno, cuando me estaba ahogando entre responsabilidades y dolor, tú simplemente cogiste tus cosas y te fuiste. ¡Me abandonaste! Me demostraste que todo lo que decías sentir por mí era una maldita mentira, que solo estuviste mientras las cosas eran fáciles.
—¡Eso no es verdad y lo sabes! —le grité de vuelta, sintiendo que la sangre me hervía en las venas—¡Eres un descarado, Henrry! ¿En serio me estás diciendo esto? ¿Después de todo lo que me hiciste pasar, resulta que ahora soy yo la que te sale a deber?
—¡No solo tú eres la víctima en esto, Aitana! —reclamó, dando un paso amenazante hacia el límite del porche—. Solo buscaste una excusa cobarde para salir huyendo...
—¡Tú me empujaste a irme! —lo interrumpí, clavándole un dedo en el pecho con impotencia, sintiendo que los ojos me quemaban por las lágrimas contenidas—. ¿Se te olvidó todo lo que pasó? ¿Se te olvidó el infierno que tu madre creó alrededor de nosotros?
Henrry se tensó, pero no me detuve. Necesitaba que escuchara laa cosas como son de una maldita vez.
—Leonora te manipulaba a su antojo, jugaba contigo y tú se lo permitías todo, dejándome a mí en el medio como si yo fuera la intrusa —le espeté con la voz temblando de rabia—.¡Y para rematar, el embarazo de Norma! De la nada apareció embarazada de ti... Dime, Henrry, ¿qué se se suponía que hiciera? ¿Querías que fuera la feliz madrastra de tu hijo mientras tu mamá y tú hacían conmigo lo que les diera la gana? ¡No me fui por cobarde, me fui porque me estaban destruyendo la vida! ¿Y ahora vienes a mi barrio, ebrio, a echarme la culpa de tus decisiones?
Henrry abrió la boca para contraatacar, para soltar otro de sus venenosos reproches, pero la voz se le atascó en la garganta.
Lo miré fijamente, esperando el siguiente golpe verbal, pero vi cómo su mandíbula se desapretaba lentamente. Su respiración se volvió pesada, agitada. Recordarle a Norma y el control despiadado de su madre pareció golpearlo directo en el pecho, desmoronando esa coraza de hombre poderoso y arrogante en cuestión de segundos. Sus ojos oscuros, siempre fríos y calculadores, se humedecieron bruscamente, brillando bajo la débil luz del farol de la calle.
Dio un paso tembloroso hacia atrás, tragando espeso mientras una lágrima se le escapaba por la mejilla.
—Perdóname... —murmuró con la voz completamente rota, despojada de cualquier rastro de ira.
El hombre implacable, el egocentrico Henrry Montenegro que siempre tenía el orgullo del tamaño del Everest, estaba ahí parado en la acera de mi casa, trastabillando levemente mientras el alcohol y el peso de sus emociones lo hacían perder el equilibrio.
Dio un paso hacia mí, tambaleándose un poco, y tuiteó la cabeza como si el mundo le estuviera dando vueltas. Se pasó la mano por la cara, despeinándose aún más, y me miró con los ojos rojos y empañados en lágrimas.
—Perdóname, Aitana... por favor, perdóname —balbuceó, con la voz pastosa y quebrada—. Fui un imbécil... un cobarde. No debí dejarte ir jamás. No debí permitir que mi madre ni nadie se interpusiera entre nosotros... Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, Aitana, lo único real que he tenido.
Se acercó un poco más, buscando mi mirada de una forma desesperada, casi suplicante, apoyando una mano en el marco de la puerta del porche para no perder el balance.
—Estos tres años han sido un maldito infierno sin ti —continuó, tragando espeso y dejando que una lágrima corriera por su mejilla—. Intento seguir, intento hacer como si nada importara, pero te juro que te amo... Todavía te amo como el primer día. De verdad te amo, Aitana.
Sentí un nudo ciego apretarme la garganta. Escuchar esas palabras después de tanto tiempo me sacudió por dentro, pero ver el estado en el que estaba me dio una rabia amarga y frustración.
—Ya te volviste loco, Henrry —le dije, dándome la vuelta para abrir la puerta de mi casa mientras lo tomaba firmemente del brazo para que no se cayera—. Estás completamente ebrio y no sabes ni lo que dices. Entra. Te vas a quedar aquí hasta que se te pase esa borrachera, porque ni loca voy a dejar que te subas a ese auto a matarte en la carretera.