En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
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Capitulo 11
El traqueteo rítmico y pesado del inmenso carruaje de ébano y oro marcaba el avance de la comitiva por los caminos nevados hacia la capital del imperio. El crujido de las ruedas contra el hielo de la ruta del norte resonaba como un eco constante en la inmensidad del paisaje invernal.
En el interior del lujoso cubículo, tapizado con un terciopelo rojo tan espeso que parecía aislar el frío del exterior.
Ian dormía plácidamente en uno de los amplios asientos laterales. El pequeño estaba completamente arropado con una manta pesada de piel de zorro blanco, con su temperatura corporal del todo normalizada gracias a la proximidad biológica de su padre. Su respiración tranquila era el único sonido que rompía el respetuoso silencio del habitáculo.
Frente al niño, Aeryn y Magnus se miraban fijos.
Magnus observaba a la mujer frente a él con una mezcla de fascinación y un asombro que no intentaba ocultar.
No había furia militar en sus ojos carmesí, sino una profunda fijeza. Aquella noche del solsticio de invierno, en la oscuridad absoluta de los jardines del ducado, el aroma a flores silvestres de ella se había grabado a fuego en su instinto Lycan.
Desde el amanecer en que despertó solo en el invernadero, rodeado de vegetación y con el rastro evanescente de una Omega desconocida, no había pasado un solo día en que no pensara en ella. La había buscado sin descanso por todo el continente, no por orgullo herido, sino porque su naturaleza y su corazón se habían quedado atados a ese encuentro imprevisto.
Verla ahora, descubrir que la mujer de sus pensamientos era la misma mente brillante que estaba en esa residencia del norte, era una pieza que finalmente encajaba en su destino, aunque todavía no comprendía qué la había llevado a ese lugar exacto.
—Seis años, Aeryn —rompió el silencio Magnus, su voz baja, desprovista de la frialdad con la que solía dirigirse a sus generales, mostrando una vulnerabilidad que solo ella logaba evocar—. Seis años guardando el recuerdo de esa noche en el jardín, buscando por cada rincón del mapa a la dueña del aroma que me marcó el alma. Jamás imaginé que te encontraría en esta casa del norte, ni entiendo qué te trajo a este lugar apartado. Pensé que te había sucedido lo peor. Pero dime... ¿dónde estuviste todo este tiempo? ¿Y por qué decidiste ocultarme que tenías un hijo mío?
Aeryn sostuvo la mirada del Emperador, sintiendo el calor reconfortante que emanaba de su presencia, el mismo calor que acababa de salvar la vida de Ian.
La hostilidad que temía encontrar en el monarca no estaba allí; en su lugar, había una demanda genuina de respuestas, una necesidad de comprender el vacío de esos seis años.
—No fue por desprecio a ti, Magnus, ni por ambición —respondió Aeryn, permitiendo que la sinceridad suavizara la rigidez de su postura, aunque manteniendo la dignidad que la caracterizaba—. Tienes que entender que esa noche, en la oscuridad del jardín, yo no sabía quién eras. Solo vi a un Alfa. Mis supresores habían fallado y el instinto nos dominó a ambos. Huí del invernadero de inmediato hacia mi habitación, asustada, simplemente intentando asimilar el error biológico y escapar de las consecuencias de haber estado con un Alfa desconocido.
Se inclinó levemente hacia adelante, bajando la voz para asegurarse de no perturbar el sueño del niño.
—Huí para protegerme. El sur, con su aislamiento, era el único escudo perfecto para mantenerme a salvo y con vida. Cuando descubrí mi embarazo, me asusté mucho más. No sabía quién era su padre, pero Mara, mi compañera, me ayudó a seguir adelante. Cuando Ian manifestó su poder, no me quedó más de otra que investigar quien era su padre para salvarlo.
Magnus escuchó cada palabra en silencio, analizando los argumentos con su agudeza característica. La explicación de Aeryn no nacía del capricho, sino de una lógica aplastante y de una profunda comprensión de los peligros que acechaban si se hubiera quedado.
Admiró el sacrificio y la astucia de la mujer que, para proteger la estirpe de ambos, había preferido cargar con el peso del aislamiento en las tierras del sur en lugar de reclamar el lujo y los privilegios que le habrían correspondido como la madre del heredero si lo hubiera buscado mucho antes.
—Tu prudencia salvó su vida, Aeryn —reconoció Magnus, y una sombra de respeto tiñó su semblante mientras miraba de reojo el rostro tranquilo de Ian—. Conozco demasiado bien los hilos oscuros que se mueven en mi propio palacio y los castigos implacables de la antigua ley. Tu decisión de mantenerlo oculto en el sur, fue la estrategia más brillante para asegurar que hoy pueda ver a mi hijo respirar en paz. Pero el aislamiento ha terminado.
El Emperador volvió a fijar sus ojos en ella, esta vez con una determinación serena.
—Ian ya no es un secreto que debas cargar sola sobre tus hombros —continuó Magnus, extendiendo su mano sobre el asiento de terciopelo en un gesto de invitación, sin imponer su autoridad, sino ofreciendo su respaldo—. El trono exige un heredero, y yo exijo proteger a la mujer que no he podido olvidar desde aquella noche bajo las estrellas del jardín. Regresaremos a la capital, pero esta vez no entrarás como una investigadora oculta ni como una Beta fingida. Entrarás con tu verdadera casta, con la frente en alto, ocupando el lugar que te corresponde por derecho al lado de tu Emperador. Limpiare de raíz cualquier víbora que intente alzarse contra ti o contra nuestro hijo.