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Mi Primer Amor

Mi Primer Amor

Status: En proceso
Genre:Fanfic / Romance / Amor a primera vista
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: Llona

Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.

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Capitulo 4

El sol matutino apenas comenzaba a bañar los grandes ventanales de la mansión cuando Suki, armada con una bandeja de desayuno, caminó con paso decidido hacia la habitación de Byul. Era el quinto día desde su llegada y, contra todo pronóstico, la casa no se había incendiado y el pequeño tiranosaurio aún no había logrado expulsarla.

Sin embargo, al abrir la puerta, encontró un panorama desolador: Byul yacía en el centro de su enorme cama, acurrucado bajo las cobijas hasta la nariz, emitiendo gemidos lastimeros que habrían conmovido al corazón más duro.

—Ay, mi cabeza... ay, mi estómago... —dramatizó el niño, dejando caer una mano con debilidad sobre su frente.

Suki entrecerró los ojos con suspicacia. Se acercó a la cama y colocó la palma de su mano en la frente del pequeño. No había rastro de temperatura elevada.

—¡Estoy hirviendo, lo sé! —declaró Byul, volviendo a gemir—. No puedo ir a la escuela hoy, Suki. Creo que me ha dado la gripe del dinosaurio extinto. Es extremadamente contagiosa y peligrosa.

Suki no pudo evitar sonreír. Se inclinó y divisó una pequeña bolsa de agua caliente escondida torpemente debajo de la almohada.

—Vaya, la gripe del dinosaurio es tremenda... ¡incluso calienta las almohadas desde abajo! —dijo Suki con tono burlón, sacando la bolsa de agua.

Byul abrió los ojos de golpe, poniéndose rojo de la vergüenza al verse descubierto. Se cruzó de brazos y se hundió más en las cobijas, dándole la espalda.

—¡No quiero ir y ya! —gruñó con la voz repentinamente quebrada—. Todos en la escuela llevarán fotos de sus familias para la clase de arte. Ellos tienen a sus mamás y a sus papás... Yo solo tengo a mi tío, que siempre está trabajando, y a una niñera que se tropieza con su propia sombra.

El tono burlón de Suki se evaporó al instante. Una ola de ternura dolorosa le oprimió el pecho. Se sentó en el borde de la cama y, con infinita suavidad, le acarició el cabello despeinado.

—Sabes, Byul-ah... cuando yo tenía tu edad, mi mamá también se fue —confesó Suki con voz dulce y pausada—. Me sentía enfadada con el mundo entero y pensaba que nadie me entendía. Pero luego descubrí algo: el amor no se acaba solo porque alguien no esté físicamente aquí. Vive en las cosas que te enseñaron, en la forma en que sonríes... y en la gente que se queda a tu lado cuidándote.

Byul se giró despacio. Sus ojos oscuros estaban empañados por pequeñas lágrimas que luchaba por contener.

—¿Tu tío no está aquí hoy? —continuó Suki, limpiándole una lágrima rebelde con el pulgar—. No, porque está trabajando duro para darte lo mejor. Pero, ¿sabes qué? Tu dibujo de la familia puede ser el más genial de todos. Puedes dibujarlos a ellos en las nubes cuidándote, y aquí abajo a tu tío, a ti... y si quieres, a una niñera torpe haciendo el ridículo en un rincón.

Byul dejó escapar una risita entrecortada.

—Eres muy cursi, Suki —murmuró el niño, pero se abalanzó sobre ella para darle un abrazo apretado al que Suki respondió envolviéndolo con calidez.

Esa mañana, Byul no solo fue a la escuela sin protestar, sino que se despidió de Suki lanzándole un beso volado desde la ventanilla del auto del secretario Ho-jin.

La tranquilidad de la tarde se vio interrumpida al caer la noche por una violenta tormenta. Las gotas heladas golpeaban los cristales y el viento aullaba en los jardines.

Cerca de las diez de la noche, las puertas principales se abrieron. Jeon Jungkook entró a la mansión arrastrando los pies. No llevaba su abrigo, su corbata estaba desatada y su rostro impecable lucía pálido, contrastando con el rojo febril de sus mejillas y labios.

Suki, que salía de la cocina tras preparar un vaso de leche para Byul, se sobresaltó al verlo tambalearse.

—¿Sr. Jeon? —exclamó, corriendo hacia él justo a tiempo para sostenerlo cuando sus rodillas cedieron.

El cuerpo de Jungkook era un horno humano. Emitía un calor abrasador que atravesó la tela de la camisa de Suki. Él apoyó pesadamente su cabeza en el hombro de ella, respirando con dificultad.

—Suki... —murmuró él con voz ronca y debilitada—. Los inversores... la reunión... tenía que terminar la propuesta...

—¡Está hirviendo en fiebre! —gritó Suki alarmada—. ¡Sra. Kang! ¡Ayúdeme!

Entre Suki y la preocupada ama de llaves, lograron llevar a Jungkook hasta la enorme cama de su alcoba principal. El implacable ejecutivo, el hombre que parecía invulnerable y perfecto, yacía indefenso, tiritando de frío a pesar de la alta temperatura que quemaba su cuerpo. Había trabajado tres días seguidos sin dormir para cerrar un proyecto importante, empapándose en la lluvia de la mañana, y su cuerpo finalmente había colapsado.

—Llamaré al médico de la familia —dijo la Sra. Kang tomando el teléfono.

—El médico tardará al menos una hora con esta tormenta —repuso Suki, arremangándose la ropa con determinación—. Sra. Kang, por favor traiga un tazón con agua tibia, toallas limpias, jengibre, miel y raíz de verde. Le haré el caldo de remedio casero de mi abuela.

Durante las siguientes cuatro horas, la espaciosa habitación de Jungkook se transformó en una trinchera de cuidados intensivos.

Suki no se alejó de su lado ni un solo segundo. Cambiaba las compresas húmedas de su frente cada diez minutos, le secaba el sudor del cuello con infinita ternura y le hacía beber a cucharadas el caldo de jengibre y miel que había preparado.

En un momento de la madrugada, mientras Suki le pasaba una toalla suave por la frente, Jungkook comenzó a moverse inquieto en su delirio febril.

—No... no te vayas... —balbuceó él, con el rostro contraído por la angustia—. Mamá... papá... no me dejen solo... tengo que cuidar a Byul... es demasiado pesado...

A Suki se le encogió el corazón. Detrás de esa fachada de empresario frío, distante y multimillonario, no había más que un joven de veintinueve años sosteniendo sobre sus hombros el peso del dolor, de la empresa y de la crianza de su sobrino, sin permitirse jamás mostrar debilidad.

—Tranquilo, Jungkook-ah... —susurró Suki instintivamente, usando su nombre de pila por primera vez—. Lo estás haciendo bien. Estás haciendo un trabajo maravilloso.

Jungkook pareció escucharla. Con un movimiento rápido y necesitado, su mano grande y cálida buscó la de Suki, atrapándola entre sus dedos con una fuerza sorprendente para su estado. Se llevó la mano de ella hacia su mejilla, buscando el alivio de su piel fresca.

—Quédate... —suplicó en un susurro ronco, abriendo apenas sus ojos oscuros y empañados por la fiebre—. No te vayas, Suki... por favor.

Suki se quedó helada. La cercanía era tan íntima que podía sentir el pulso acelerado de Jungkook en la palma de su mano. La vulnerabilidad en su mirada era tan desarmante que el corazón de Suki dio un vuelco violento.

—No me iré —contestó ella con voz suave y firme—. Aquí estoy.

Jungkook suspiró aliviado, cerró los ojos y finalmente cayó en un sueño profundo y reparador, sin soltar la mano de Suki durante el resto de la noche. Suki, vencida por el cansancio, terminó apoyando la cabeza en el borde de la cama, quedándose dormida a su lado.

A la mañana siguiente, la luz dorada del sol atravesó las cortinas.

Jungkook abrió los ojos poco a poco. La pesadez en su cabeza había desaparecido y la fiebre había cedido por completo. Al intentar moverse, sintió un peso tibio en su mano derecha.

Giró la cabeza y se encontró con Suki. Estaba profundamente dormida, sentada en una silla incómoda con la mitad de su cuerpo apoyado en el colchón. Su rostro lucía cansado, tenía un par de mechones de cabello rebelde sobre las mejillas y un pequeño pañuelo húmedo aún doblado sobre la mesita de noche junto al tazón vacío de caldo.

Jungkook la miró en absoluto silencio. La calidez de su mano envuelta en la de ella lo atravesó como una descarga eléctrica. Recordó borrosamente los cuidados de la noche, las manos suaves de Suki aliviando su fiebre y las palabras de aliento que nadie le había dicho en años.

Con extrema delicadeza, para no despertarla, levantó su mano libre y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. La piel de Suki era suave y rosada. Un sentimiento dulce, profundo y desconocido floreció en el pecho del rígido arquitecto.

Suki se removió slowly y abrió los ojos. Al encontrarse a escasos centímetros de la mirada clara y despierta de Jungkook, se sobresaltó, intentando ponerse de pie de golpe.

—¡Ah! ¡Se despierta! —dijo Suki, tropezando con la pata de la silla y cayendo de nalgas directamente sobre la alfombra—. ¡Ay!

Jungkook dejó escapar una risita baja y rasposa, asomándose por el borde de la cama para mirarla.

—¿Estás bien, niñera torpe? —preguntó él, con un tono lleno de una calidez lúdica que jamás había usado antes.

Suki, desde el suelo, se sonrojó hasta las orejas al darse cuenta de que todavía estaba sosteniendo la mano de él. La soltó rápidamente, ajustándose la ropa con pánico cómico.

—¡Yo... yo solo estaba cuidando su fiebre! ¡El caldo de la abuela funcionó! ¡Iré a preparar el desayuno! —balbuceó Suki levantándose a toda velocidad y saliendo disparada por la puerta como un torbellino.

Jungkook se quedó en la cama, mirando su mano vacía. Sonrió de lado, llevándose los dedos a los labios donde aún parecía flotar el perfume a manzanilla de Suki.

El aire en la mansión había cambiado para siempre. Entre el caldo casero, los desvelos y las confesiones a media luz, la barrera entre el frío jefe y la humilde niñera acababa de romperse por completo.

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