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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9: Fuego junto a la Chimenea

El chasquido seco de una chispa de roble rompiéndose en la pira de granito fue el único sonido que rasgó el silencio sepulcral del Comedor de Invierno.

La mesa de caoba, los cubiertos de plata y el remanente del vino antiguo quedaron olvidados a sus espaldas, transformados en sombras distantes dentro de la inmensidad de la estancia. Ahora, el único universo plausible para Elena se reducía al perímetro de luz dorada y anaranjada que la gran chimenea proyectaba sobre el suelo de mármol negro.

Alistair la guió con paso pausado hasta situarla a un par de metros de la embocadura del fuego. El calor que emanaba de la mampostería de piedra era denso, directo, un manto abrasador que chocaba contra el aire frío de la montaña que se filtraba levemente por el ventanal ojival. Pero para Elena, la verdadera fuente de calor no venía de las llamas.

Venia del hombre que acababa de posicionarse a sus espaldas.

Sin mediar palabra, Alistair acortó el último centímetro de distancia. La curva de su pecho se amoldó a la espalda de Elena con un ajuste perfecto, una simbiosis física que hizo que la joven ahogara un suspiro en la garganta. La seda roja borgoña de su vestido crujió suavemente ante la presión, actuando como la única y delgadísima barrera entre la calidez de su cuerpo y la firmeza imponente del rey.

Alistair no la sujetó con brusquedad. Sus manos, anchas y de dedos largos, ascendieron con una lentitud tortuosa desde sus caderas hasta abrazar su cintura definida. Sus palmas presionaron la tela del corsé con la medida exacta de la fuerza: una caricia que retenía pero que también veneraba, amoldando cada una de sus formas contra la solidez de sus muslos y su torso.

—Alistair... —murmuró Elena, inclinando la cabeza ligeramente hacia adelante mientras una corriente de aire caliente le erizaba el vello de los brazos.

—Siente esto, Elena —susurró el monarca.

Su voz, convertida en un rasguño grave y aterciopelado, resonó directamente contra su oreja. Alistair pegó su mejilla a la de ella, permitiendo que la joven sintiera la textura pulida de su piel, la línea afilada de su mandíbula y el calor inusual que emanaba de su rostro.

—Siente cómo respondo a ti —continuó él, hundiendo la nariz en el espacio de su cuello justo donde el cabello castaño se abría en ondas suaves—. No hay armadura, no hay siglos de diplomacia ni títulos aristocráticos que puedan protegerte de esto. Desde el momento en que pisaste este castillo, cada latido de tu corazón ha sido una orden para el mío.

Alistair deslizó las manos desde la cintura hacia arriba, subiendo por la línea del ribete del vestido hasta posar sus palmas abiertas a los lados de sus costillas, rozando la parte lateral de sus senos de forma instintiva. Elena echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro ancho del rey, dejando expuesta por completo la curva pálida y elegante de su garganta.

Ese fue el permiso tácito que el monarca esperaba.

El mapa del deseo

Alistair inclinó el rostro y posó sus labios en la conjunción entre el cuello y el hombro de Elena.

Fue un beso lento, húmedo y sofocante. No hubo la prisa desmedida de la noche anterior en el nicho del museo, sino una devoción metódica y abrasadora. Sus labios recorrieron la línea de la mandíbula de la joven, subiendo con pequeños toques suaves hasta la base de la oreja, para luego descender en una diagonal febril hacia la fosa de la garganta.

Elena apretó los dedos contra los antebrazos de Alistair, aferrándose a la tela de su camisa de seda negra. Las rodillas le temblaban de forma casi imperceptible; el calor de la chimenea le doraba la piel del rostro, mientras que la boca de Alistair le sembraba un fuego distinto y mucho más peligroso por todo el torso.

—Eres perfecta... —murmuró el rey contra su piel, succionando levemente la carne sensible del cuello antes de trazar el camino de regreso con la punta de la lengua—. Tu piel tiene la textura de la seda pura y el sabor del licor más caro. Podría pasar una eternidad entera únicamente aquí, descifrando el aroma de tu cuello.

—Alistair, por favor... me vas a volver loca —alcanzó a articular ella, dejando escapar un gemido bajo que el crujido de la leña apenas logró amortiguar.

El monarca sonrió contra su piel, sintiendo el ritmo desbocado de la arteria carótida latiendo furiosamente contra sus labios. El pulso de Elena era una sinfonía de vida pura, una tentación que le exigía a sus instintos más primarios dar un paso más allá, pero Alistair dominó a la bestia con la elegancia que lo caracterizaba. Él no quería devorarla; quería venerarla.

Con un movimiento fluido y firme, Alistair la giró entre sus brazos.

Ahora Elena estaba cara a cara con él. La luz del fuego iluminaba lateralmente el rostro del rey, destacando los pómulos esculpidos, la curvatura de sus labios húmedos y esos ojos ámbar que ardían con la intensidad del oro fundido.

Alistair no esperó a que la duda cruzara la mente de la historiadora. Tomó su rostro entre sus manos, rodeando sus mejillas sonrosadas con sus dedos largos, y reclamó su boca en un beso rotundo.

El contacto fue una colisión de dulzura y necesidad retenida.

Los labios de Elena, carnosos e hinchados por la expectativa, se abrieron de inmediato bajo la presión experta de los de Alistair. El rey profundizó el beso con una lentitud agónica: su lengua exploró la boca de la joven con una caricia dominante, entrelazándose con la de ella en un ritmo parsimonioso que le robaba el aliento bocado a bocado.

Elena rodeó la cintura de Alistair con sus brazos, hundiendo las manos en la espalda baja del hombre, sintiendo la musculatura tensa bajo la ropa. Se pegó a él con desesperación, elevándose ligeramente sobre la punta de sus tacones para acortar cualquier distancia. Sus curvas exuberantes se aplastaron contra la solidez de Alistair, provocando que un gruñido grave y gutural se escapara de la garganta del vampiro en mitad del beso.

Caricias al borde del abismo

Alistair rompió el beso en los labios solo para descender inmediatamente por su mentón.

Sus besos bajaron por el centro de su cuello, lentos, pesados, dejando una estela de humedad que el calor de la chimenea evaporaba al instante. Cuando su boca llegó al escote pronunciado del vestido de seda borgoña, el rey se detuvo.

El rubí de plata que descansaba sobre el pecho de Elena brillaba con reflejos escarlata bajo la luz del fuego. Alistair rodeó la joya con sus labios, tomando la piedra tibia entre sus dientes con una delicadeza perversa antes de dejarla caer sobre la piel del escote. Luego, rozó con la punta de su lengua la línea donde el terciopelo del corsé nacía, acariciando el borde superior de sus senos expuestos.

Elena soltó un jadeo profundo, arqueando la espalda hacia adelante. Sus dedos se clavaron en el cabello denso y negro de Alistair, sujetándolo contra su pecho.

—Alistair... dios... —murmuró, sintiendo que un torrente de calor líquido le recorría las entrañas, concentrándose en la base de su vientre.

El rey no se detuvo ahí. Mientras su boca continuaba sembrando besos abrasadores en la piel expuesta de su escote, su mano derecha descendió por el lateral del vestido. Sus dedos hallaron la apertura discreta de la falda de seda y, sin dudarlo, se deslizaron hacia el interior, buscando la piel desnuda de su muslo.

El contacto de la mano de Alistair —una mezcla de firmeza viril y una calidez que quemaba— sobre la carne suave y curvilínea de la pierna de Elena hizo que la joven diera un brinco de pura sobreexcitación.

Alistair comenzó a subir su mano por el muslo de la mujer, trazando líneas lentas sobre la piel sedosa, bordeando la curva pronunciada de sus caderas anchas. Cada centímetro que sus dedos ganaban hacia arriba era una lección de seducción calculada: tocaba la carne con una firmeza que reclamaba propiedad, pero con un respeto tan aristocrático que transformaba la caricia en una obra de arte.

—Mírate, Elena —susurró Alistair, elevando la cabeza para fijar sus ojos en los de ella mientras su mano continuaba acariciando la parte alta de su muslo, justo en el límite de la lencería de encaje—. Mírate arder por mí. Tu cuerpo reconoce al mío. No hay una sola línea en tu anatomía que no haya sido diseñada para encajar perfectamente con mis manos.

Elena miró hacia abajo, nublada por la pasión. Vio la mano grande y masculina de Alistair hundiéndose en la suavidad de su pierna, la tela roja borgoña abierta revelando su piel bajo la luz dorada de las llamas, y el contraste estético entre la palidez impecable del rey y el tono cálido de su propia piel.

—Es una locura... —consiguió decir Elena, aunque sus manos no dejaron de acariciar los hombros anchos de Alistair—. Apenas nos conocemos... y siento que me estoy deshaciendo en tus manos.

—No te estás deshaciendo, mi dulce tentación —corrigió Alistair, retirando la mano del muslo solo para envolverla por completo por la cintura y pegar sus caderas con una fuerza rotunda contra las de ella—. Te estás encontrando. Estás volviendo al único lugar al que perteneces.

La cumbre de la tentación

El rey la levantó suavemente del suelo, apenas unos centímetros, lo suficiente para acomodarla sobre el borde del amplio asiento de piedra que rodeaba la base de la chimenea.

Elena quedó sentada sobre la piedra tibia, con la falda de seda desparramada a sus lados como una mancha de vino sobre el mármol. Alistair se posicionó entre sus piernas abiertas, inclinándose sobre ella de manera que su figura alta y majestuosa la cubrió por completo del resto del salón.

La proximidad era absoluta, peligrosa y maravillosamente erótica.

Alistair abrió la solapa de su propia camisa, dejando ver el pecho firme y la línea pulida de su torso. Tomó las manos de Elena y las guió hacia su piel desnuda.

—Tócame —ordenó en un murmullo bajo—. Siente lo que provocas en un hombre que creía no sentir nada.

Elena deslizó sus palmas por el pecho de Alistair. La piel del monarca se sentía como el mármol más fino, pero bajo la superficie, Elena pudo sentir el latido denso, pesado y poderoso de su corazón. Un ritmo que parecía acelerarse únicamente en respuesta al contacto de sus dedos.

Alistair cerró los ojos, disfrutando de la caricia con un gesto de éxtasis casi doloroso. Luego, sujetó el rostro de Elena con ambas manos y volvió a besarla.

Esta vez, el beso fue una marea insostenible de pasión romántica. No había espacio para la prisa, pero sí para un hambre insaciable. Sus labios se unieron y se separaron una y otra vez, intercambiando alientos agitados, pequeñas mordeduras en el labio inferior que hacían gemir a Elena, y caricias profundas de sus lenguas que parecían sellar un pacto silencioso en la penumbra.

Las manos de Alistair descendieron por la espalda de Elena, moldeando la curva de su cintura y presionando las nalgas firmes de la joven contra sus caderas, haciéndole sentir la magnitud de su propia excitación por encima de la tela de sus pantalones.

Elena ahogó un grito de placer contra los labios del rey. El contraste entre la elegancia del salón gótico, el crujido constante del fuego a centímetros de distancia y la intensidad devota con la que Alistair veneraba su cuerpo la llevó a un punto de entrega total.

Cuando el beso finalmente se pausó, ambos quedaron frente a frente, respirando el mismo aire agitado.

Alistair apoyó su frente contra la de Elena. Sus ojos ámbar brillaban con una luz casi sagrada, contemplando el rostro de la mujer: las mejillas encendidas por el rubor de la pasión, los labios carnosos e hinchados, y la mirada avellana cargada de una fascinación sin retorno.

—Elena —susurró el rey, acariciando la piel de su mejilla con el pulgar—. Esta noche te he mostrado el deseo que consume mi alma... pero lo que nos une va mucho más allá de la carne. Hay un secreto que guardo en estas paredes, un secreto que concierne a tu pasado y a tu destino.

Elena parpadeó, aún intentando recuperar el aliento en mitad del torbellino sensorial.

—¿Un secreto? —preguntó en un susurro tembloroso.

Alistair sonrió con una dulzura triste y misteriosa. Se inclinó, depositar un último beso suave y helado en la frente de la joven, y la ayudó a incorporarse con la delicadeza de quien sostiene el tesoro más frágil del mundo.

—Ven conmigo —dijo él, tomándola de la mano mientras la seda roja de su vestido volvía a caer con elegancia sobre sus curvas—. Es hora de que conozcas la Galería de los Inmortales.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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