Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Advertencia misteriosa
El aire en el pasillo se sentía espeso, como si el ambiente entero estuviera aguantando la respiración. Tras salir del estudio a toda prisa, me quedé parada a unos pasos de la gran puerta de madera. Podía escuchar las voces elevándose en el interior. La voz de Carlos, que normalmente era seria y contenida, retumbaba con una fuerza que hacía temblar las paredes.
Por su parte, la mente de Mauricio Rey era un verdadero caos de pánico y rabia. El tipo no podía creer que una simple jugada le hubiera destruido el plan perfecto en cuestión de segundos.
*«¡Maldita sea! ¿Cómo se dio cuenta? ¡Iba a salir de aquí con todo el dinero y ahora este tipo me va a meter a la cárcel!»*, pensaba Mauricio mientras intentaba inventar excusas baratas que no convencían a nadie.
Apenas dos minutos después, la puerta del despacho se abrió de golpe. Mauricio salió hecho un demonio, con el rostro rojo de coraje y la corbata chueca. Pasó por mi lado hechos la mocha, echándome una mirada llena de odio, pero no dijo ni una sola palabra. Detrás de él, Ernesto caminó a paso firme para asegurarse de que el tramposo cruzara la puerta principal y no volviera a poner un pie en la propiedad.
Cuando el portón de la entrada se cerró con un sonido seco, un silencio gigante volvió a caer sobre la mansión.
Caminé despacio hacia la entrada del estudio. Carlos estaba de pie junto a su escritorio, con las manos apoyadas sobre la mesa de cristal y la cabeza gacha, respirando con fuerza. Sobre la mesa descansaba el contrato abierto justamente en la página del bendito anexo cuatro.
—Carlos... —llamé en un susurro suave desde la puerta.
Él levantó la vista de inmediato. Sus ojos oscuros, que hace un segundo echaban chispas, se suavizaron un poco al verme allí parada.
—Ariana... entra, por favor —dijo con una voz cansada, pasándose una mano por el rostro.
Entré al despacho y cerré la puerta detrás de mí. Mi corazón latía a mil por hora. Sabía que Carlos era un hombre extremadamente inteligente y que no se quedaría con la duda de cómo una niñera de veintidós años había sospechado de un documento financiero tan complejo. Tenía que darle una explicación lógica de inmediato, o todo mi secreto terminaría saliendo a la luz.
—¿Cómo sabías que había algo raro en ese anexo, Ariana? —preguntó Carlos, mirándome fijamente a los ojos, buscando alguna respuesta en mi cara—. Es un documento súper técnico. Ni siquiera los abogados de la empresa lo notaron a primera vista. ¿Cómo supiste que tenía que revisar precisamente esa página?
Tragué saliva y apreté los puños detrás de mi espalda. Era el momento de soltar la mentira piadosa que había ensayado en mi cabeza mientras subía las escaleras.
—Fue... fue una casualidad, Carlos —empecé a decir, intentando que mi voz sonara lo más natural posible, como quien cuenta un chisme de cafetería—. Hace un par de días, cuando fui al centro comercial a comprarle unas cosas a Jonathan, me senté a tomar un jugo en una cafetería. Cerca de mi mesa había dos hombres vestidos de traje hablando por teléfono.
Carlos entornó los ojos, escuchándome con atención absoluta.
—Estaban hablando de Mauricio Rey —continué, tomando aire para no trabarme—. Dijeron que era un tipo tramposo que acostumbraba engañar a jóvenes empresarios usando anexos falsos en los contratos. Dijeron literalmente: "El truco de Mauricio siempre está en el anexo cuatro, nadie lee esa parte". Cuando vi a ese hombre entrar a la casa hoy y lo escuché hablar tan bonito, me acordé de esa plática. Me dio un mal espina terrible y no pude quedarme callada. Tenía que pedirte que lo revisaras.
Carlos se quedó en completo silencio durante varios segundos. Su mirada analizó mi rostro centímetro a centímetro.
En su mente, que me llegó de forma limpia y transparente sin necesidad de esforzarme, no había desconfianza hacia mí. Lo que escuché en su cabeza fue un shock gigante mezclado con un alivio enorme.
*«¿En una cafetería...? Dios mío, la suerte que tengo de que ella haya estado en ese lugar»*, pensaba Carlos, sintiendo cómo se le erizaba la piel. *«Si Ariana no me hubiera dicho nada, habría firmado. Mauricio me habría quitado la empresa, las cuentas, la casa... todo. Nos habríamos quedado en la calle Jonathan y yo. Ella nos salvó la vida»*.
Carlos soltó un suspiro profundo que pareció quitarle un peso de mil kilos de encima. Dio dos pasos rápidos rodeando el escritorio, acortando la distancia que nos separaba, y antes de que yo pudiera reaccionar, me rodeó con sus brazos en un abrazo apretado y profundo.
El gesto me tomó tan por sorpresa que me quedé helada por medio segundo. Pero enseguida, al sentir el calor de su pecho y el aroma a menta y madera de su piel, le correspondí el abrazo, apoyando mi mejilla contra su hombro.
—Gracias... —murmuró Carlos cerca de mi oído, con la voz quebrada por la emoción contenido—. Gracias de verdad, Ariana. No tienes idea de lo que acabas de hacer por nosotros. Salvaste mi empresa y el futuro de mi hijo.
Podía sentir los latidos de su corazón retumbando con fuerza contra mi pecho. No era el abrazo frío de un jefe con su empleada; era el abrazo sincero, cálido y desesperado de un hombre que se sentía profundamente agradecido y protegido por primera vez en años.
Nos quedamos así durante varios segundos, envueltos en un silencio lleno de paz en medio del enorme estudio. La tensión de la tarde se desvaneció por completo, dejando solo una cercanía tan bonita que no quería que el momento terminara jamás.
Cuando Carlos se separó despacio, sus manos se quedaron descansando sobre mis hombros. Me miró a los ojos con una ternura tan grande que sentí mariposas revoloteando salvajemente en mi estómago.
—De verdad eres el ángel de esta casa, Ariana —dijo en voz baja, regalándome una sonrisa sincera que le iluminó el rostro por completo.
—Solo hice lo que cualquier persona que los quiere habría hecho —respondí con el rostro ardiendo de la pena, regalándole una sonrisa tímida—. No iba a dejar que nadie les hiciera daño a ti o a Jonathan.
Carlos bajó una de sus manos hasta mi mejilla, acariciándola suavemente con la yema del pulgar. El contacto fue tan dulce que cerré los ojos por un segundo, disfrutando del momento.
—A partir de hoy, las cosas van a cambiar —sentenció Carlos con un tono firme pero lleno de calidez—. Ya no quiero que te sientas como una simple empleada aquí. Esta también es tu casa. Tú y Jonathan son las personas más importantes de mi vida.
El corazón me dio un vuelco gigante al escuchar sus palabras. Saber que había logrado proteger a la familia Monterrey de semejante villano me llenaba de orgullo, pero saber que Carlos me veía como alguien fundamental en su vida valía más que cualquier sueldo del mundo.
Unos balbuceos alegres procedentes del piso superior nos avisaron que el pequeño Jonathan acababa de despertar de su siesta, ajeno por completo al drama corporativo que acababa de ocurrir en la planta baja.
—Iré a ver al campeón —dijo Carlos, soltándome despacio pero manteniéndome la mirada con un brillo especial en los ojos—. ¿Nos acompañas?
—Claro que sí —respondí feliz.
Subimos juntos las escaleras de mármol, dejando atrás el peligro y la trampa de Mauricio Rey. La amenaza había pasado, pero la advertencia misteriosa no solo había salvado el patrimonio de la familia; había terminado de romper la última barrera que separaba nuestros corazones, uniendo nuestras vidas de una forma que nada ni nadie podría separar.