Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 2: La Sonrisa del Príncipe Azul
El sonido de las pisadas en la escalera de mármol era rítmico, firme y pausado. Cada golpe del calzado de cuero contra los escalones pulidos resonaba en el inmenso vestíbulo de Blackwood como los latidos de un reloj monumental. Caitlyn, aún apoyada sobre sus manos y rodillas en el suelo resbaladizo, sintió que el aire se le congelaba en la garganta. Intentó inútilmente acomodarse el vestido azul remendado, pero sus dedos, torpes por los nervios, solo lograron enredarse más en el dobladillo humedecido por el césped.
Elevó la mirada con timidez a través de la cortina de rizos oscuros que le caían sobre la frente. Una silueta recortada contra el gran ventanal del descanso de la escalera comenzó a tomar forma a medida que descendía. No era un hombre mayor, como el señor Blackwood que su abuela le había descrito con tanta severidad, sino un joven de una apostura que la dejó completamente paralizada.
Alexander Blackwood, el heredero de la dinastía, bajaba la escalinata con una elegancia natural, ajeno al caos infantil que acababa de desatarse en su entrada. Vestía un traje de montar de tres piezas de un corte impecable: una chaqueta de paño verde botella que acentuaba la amplitud de sus hombros juveniles, un chaleco de brocado crema con botones de nácar que destellaban bajo la luz de la lámpara de araña, y unos pantalones de equitación ajustados que desaparecían dentro de unas botas altas de cuero negro tan brillantes que reflejaban los escalones. Su cabello, de un castaño claro con destellos dorados, estaba peinado hacia atrás con esmero, aunque un mechón rebelde caía con gracia sobre su frente. Tenía la piel clara, la mandíbula firme y bien definida, y unos ojos de un azul grisáceo tan limpios y profundos que hacían pensar en un cielo despejado de primavera.
Para la imaginación desbordante de Caitlyn, educada entre historias de caballeros andantes y reinos lejanos, no hubo espacio para la duda: aquel joven era el mismísimo príncipe azul que había escapado de las páginas de sus libros favoritos.
Alexander se detuvo en el último escalón. Sus ojos recorrieron el tablero de ajedrez del suelo de mármol hasta fijarse en la pequeña figura que lo miraba desde abajo con los ojos abiertos de par en par. La sorpresa cruzó su rostro por un instante al ver las botas sucias de la niña, el trozo de enagua blanca que asomaba por su postura tosca y, sobre todo, las marcas de sus manos en el suelo recién encerado que conducían directamente al jarrón de la dinastía Ming, el cual todavía vibraba imperceptiblemente sobre su pedestal.
En lugar de gritar o llamar a la guardia por la intrusión, Alexander arqueó una ceja perfecta y cruzó los brazos sobre el pecho. Una ligera línea de diversión comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios.
—Vaya —dijo el joven, y su voz resultó ser rica, profunda y sorprendentemente cálida—. Parece que el gran vestíbulo ha cobrado una nueva y bastante revoltosa inquilina. ¿Estás intentando derribar mi herencia familiar o simplemente decidiste que el mármol es un buen lugar para tomar una siesta?
Caitlyn sintió que las mejillas le ardían con la fuerza de un incendio. La vergüenza la invadió por completo, pero su valentía natural, esa chispa traviesa que nunca la abandonaba, le impidió echarse a llorar. Se impulsó con cuidado, buscando apoyo en la base de la columna, hasta que logró ponerse de pie. Tragó saliva, estiró la falda de su vestido con ambas manos en un intento desesperado por lucir formal y levantó la barbilla.
—No me estaba durmiendo, señor... quiero decir, Excelencia —respondió la niña con voz clara, aunque un poco temblorosa—. Es que... una mariposa azul muy grande se metió por los jardines y yo solo quería ver a dónde iba. Pero su suelo es como el hielo. Creo que alguien le puso demasiada grasa.
Alexander no pudo contener una carcajada limpia y sonora que llenó el espacio sagrado del vestíbulo. El sonido de su risa disipó instantáneamente la atmósfera tensa. Dio dos pasos hacia ella, reduciendo la distancia, y Caitlyn pudo percibir el aroma que emanaba de él: una mezcla refinada de cuero limpio, tabaco dulce de pipa de su padre y una colonia de esencias cítricas que le pareció el aroma de la riqueza misma.
—¿Demasiada grasa, dices? —preguntó Alexander, arrodillándose sobre una sola rodilla para quedar a la altura de los ojos de la niña. Al hacerlo, la tela de su pantalón se tensó, mostrando la fuerza de sus piernas, y su rostro quedó a escasos centímetros del de Caitlyn—. Le diré al mayordomo que modere el entusiasmo del personal de limpieza. Sin embargo, no me has dicho tu nombre, pequeña cazadora de mariposas. ¿Y de quién es ese vestido que ha visto días mejores?
Caitlyn se miró el remiendo de la rodilla, sintiéndose de pronto muy pequeña ante tanta sofisticación.
—Me llamo Caitlyn —murmuró, jugueteando con uno de sus rizos oscuros—. Y este vestido es mío, solo que me gusta trepar a los árboles y los árboles a veces muerden la ropa. Mi abuela dice que soy un torbellino. Ella es la señora Margaret, la nueva ama de llaves del ala de servicio. Llegamos en el carromato justo ahora.
Alexander entornó los ojos con suavidad, comprendiendo la situación. Estudió el rostro salpicado de pecas de la niña, la nariz respingona y esos ojos oscuros que brillaban con una mezcla de temor y una audacia inquebrantable. Había algo en la vitalidad desbordante de esa criatura que contrastaba de manera casi cómica con la rigidez aristocrática de la mansión.
—Así que eres la nieta de Margaret —dijo el joven príncipe, extendiendo una mano grande, de dedos largos y uñas impecables, hacia ella—. Yo soy Alexander. Y en este castillo, Caitlyn, los árboles no mueren a las personas, ni los jarrones se caen sin permiso. ¿Estamos de acuerdo?
Caitlyn miró la mano tendida. Parecía tan suave en comparación con las suyas, curtidas por los juegos en el campo. Con timidez, deslizó sus pequeños dedos entre los de él. La calidez de la mano de Alexander la envolvió por completo, transmitiéndole una seguridad que nunca olvidaría.
—Estamos de acuerdo, señor Alexander —respondió ella, regalándole una sonrisa amplia que mostró la falta de uno de sus dientes laterales, un detalle que la hacía lucir aún más traviesa y encantadora.
Antes de que Alexander pudiera decir algo más, el eco de unos pasos apresurados y el crujido del calzado de la abuela Margaret resonaron desde la entrada lateral. La anciana apareció en el vestíbulo con el rostro pálido y la respiración entrecortada, sosteniendo su bolso con fuerza contra el pecho. Al ver a su nieta frente al joven heredero de la fortuna Blackwood, casi se le cae el alma al suelo.
—¡Oh, por los cielos! ¡Señor Alexander! —exclamó Margaret, apresurando el paso tanto como sus cansadas piernas se lo permitían. Se inclinó de inmediato en una reverencia profunda, arrastrando a Caitlyn del brazo para que hiciera lo mismo—. Le pido mil disculpas, mi señor. Esta niña... no tiene remedio. Le advertí que se quedara en el carromato. Castigaré su imprudencia de inmediato, se lo aseguro. No volverá a pisar el ala principal.
Alexander se puso de pie con parsimonia, recuperando su postura imponente. Miró a la anciana y luego a la niña, que ahora intentaba esconderse detrás de las faldas grises de su abuela, aunque no dejaba de espiar al joven por encima de su hombro.
—No se preocupe, Margaret —dijo Alexander con una sonrisa amable que devolvió el color al rostro de la mujer—. Su nieta solo estaba inspeccionando las defensas de la casa y probando la calidad del suelo. Asegúrese de que reciba una buena merienda; ha corrido una gran distancia detrás de una mariposa azul.
—Es usted muy generoso, señor —respondió Margaret, tirando con suavidad de la mano de Caitlyn—. Vamos, niña. Saluda al señor y camina.
Mientras la abuela la guiaba hacia los pasillos oscuros que conducían a las habitaciones del servicio, Caitlyn se giró una última vez. Alexander seguía de pie en el centro del majestuoso vestíbulo de mármol, bañado por la luz multicolor que caía de la gran lámpara de araña. El joven príncipe le dedicó un último guiño cómplice y una sonrisa tan brillante que quedó grabada a fuego en la memoria de la niña. En ese instante, bajo los techos altos de Blackwood, la semilla de un amor inocente y eterno acababa de ser plantada en el corazón de la pequeña traviesa.