Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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El café de los sentidos .
La lluvia golpeaba los ventanales del café con esa cadencia hipnótica que solo las tardes de octubre saben regalar. Las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas perezosas, difuminando las siluetas de los transeúntes que se apresuraban por la acera con paraguas de todos los colores. Dentro, el aroma a café recién molido se mezclaba con el perfume tenue de los libros viejos que descansaban en las estanterías de madera, creando esa atmósfera íntima que convertía «El Rincón de las Musas» en un refugio contra el mundo exterior.
Diego respiró hondo, dejando que todos esos olores le contaran la historia que sus ojos ya no podían ver. El café colombiano que Laura, la dueña, estaba preparando en la barra. Las páginas amarillentas de aquel ejemplar de Cortázar que alguien hojeaba en la mesa del rincón. La humedad de la lluvia filtrándose por la rendija de la puerta. Y debajo de todo eso, el olor inconfundible de Max, su labrador dorado, echado fielmente a sus pies.
—¿Listo, Diego? —la voz de Laura llegó desde algún lugar a su izquierda, acompañada del tintineo de tazas—. Hay bastante gente hoy. La lluvia siempre nos llena el local.
—Siempre listo —respondió él con una sonrisa que no llegaba a iluminar del todo sus ojos apagados, pero que revelaba la pequeña constelación de pecas que salpicaba sus pómulos.
Sus dedos encontraron el teclado del piano vertical que ocupaba el pequeño escenario junto a la ventana. Era un instrumento modesto, con alguna tecla ligeramente desafinada y la madera gastada por el paso de incontables manos, pero para Diego era un universo entero. Conocía cada centímetro de ese piano como conocía las palmas de sus manos: la pequeña muesca en el Mi bemol que alguien había hecho con un cigarrillo hacía décadas, el ligero hundimiento del Do central que le daba un carácter peculiar, el pedal derecho que siempre chirriaba si no se pisaba con el ángulo exacto.
Desde que perdió la vista a los quince años, el mundo se había reconfigurado completamente para él. Ya no existían los colores, las formas, las caras. O mejor dicho, existían de una manera diferente. El mundo ahora era una sinfonía de sonidos, una cartografía de texturas, una narrativa tejida con aromas y temperaturas. Sus manos se habían convertido en sus ojos, y ese piano era el lugar donde mejor podía ver.
Comenzó a tocar. No necesitaba partituras; la música fluía de su memoria como el agua de un manantial. Aquella tarde había elegido una pieza de Debussy, «Clair de Lune», porque la lluvia le recordaba el carácter impresionista de esas notas que parecían dibujar paisajes en el aire. Sus dedos acariciaron las teclas con la ternura de quien toca algo sagrado, y la melodía se elevó por encima del murmullo de las conversaciones y el repiqueteo de la lluvia, envolviéndolo todo en un manto de melancolía dulce.
Max suspiró a sus pies y apoyó el hocico sobre sus patas delanteras, habituado a esos momentos en que su dueño se perdía en su propio universo sonoro. El perro guía llevaba seis años junto a Diego, y conocía mejor que nadie los estados de ánimo del joven pianista. Sabía cuándo tocaba por alegría, cuándo por nostalgia y cuándo, como esa tarde, tocaba para ahuyentar una soledad que se le enroscaba en el pecho como una hiedra persistente.
Diego pensaba en eso mientras interpretaba los últimos compases. En la soledad. No esa soledad física de estar sin compañía —tenía a su hermana Elena, a sus amigos del conservatorio, a Laura y a los clientes habituales del café—, sino esa otra, más honda, la que se instalaba en el estómago cuando pensaba en el amor. Tenía veinticuatro años y nunca había besado a nadie. Nunca había sentido el cosquilleo de unas manos ajenas recorriendo su rostro con deseo, ni el peso confortable de otro cuerpo durmiendo a su lado. Y aunque intentaba convencerse de que no era importante, de que su vida estaba completa con la música y sus pocos pero buenos amigos, había noches en que la cama se le antojaba demasiado grande y demasiado vacía.
—¿Quién me va a querer así? —le había preguntado una vez a Elena, en uno de esos escasos momentos de vulnerabilidad que se permitía.
Su hermana le había apretado la mano con fuerza.
—Alguien que sepa mirar de verdad, Diego. Alguien que entienda que los ojos no son la única forma de ver.
Él había asentido, más por no preocuparla que por convicción real. Porque la verdad, su verdad, era que el mundo estaba lleno de miradas superficiales. Lo sabía por las conversaciones que escuchaba sin querer en el metro, en la calle, en el propio café. La gente se fijaba primero en el aspecto físico, en la ropa, en el peinado, en la simetría de un rostro. Y él ni siquiera podía saber si la persona que tenía delante le estaba sonriendo o le miraba con compasión.
Terminó la pieza y el café estalló en un aplauso cálido, de esos que no son de compromiso sino de auténtico agradecimiento. Diego inclinó ligeramente la cabeza, sintiendo el calor en las mejillas. Siempre se sonrojaba, aunque no pudiera ver las caras de quienes le aplaudían.
—Bravo, chico —la voz de Laura se acercó, y él sintió cómo le ponía una taza humeante en las manos—. Tu chocolate caliente favorito, con canela y un toque de vainilla. Te lo has ganado.
—Gracias, Laura. Eres un sol.
—Y tú un ángel con los dedos. No sé qué haríamos sin tu música.
Diego sonrió y dio un sorbo al chocolate, dejando que el líquido dulce y espeso le calentara la garganta. Max emitió un pequeño gemido de protesta, como recordándole que él también existía, y Diego dejó escapar una risa baja mientras buscaba a tientas la cabeza del perro para acariciarle las orejas sedosas.
—Tú también te has portado bien, tranquilo.
Iba a tomar otro sorbo cuando el tintineo de la campanilla de la puerta le llegó nítido entre el bullicio. Entró una ráfaga de aire húmedo y frío, y con ella un perfume que a Diego le golpeó como una revelación. No era un perfume artificial, de esos que anunciaban en las revistas. Era algo más sutil y a la vez más intenso: una mezcla de jazmín, tierra mojada, pintura al óleo y algo indescriptiblemente fresco que le recordó a los bosques después de la tormenta.
Unos pasos ligeros, el roce de unas suelas de goma contra el suelo de madera, el crujido de un impermeable al ser retirado. Y luego una voz femenina, cristalina como el tintineo de una campana diminuta.
—Perdón, ¿queda alguna mesa libre? Es que con esta lluvia...
—Sí, claro, ahí al fondo hay una —respondió Laura—. Siéntate donde quieras, ahora mismo te atiendo.
Diego se quedó inmóvil, con la taza suspendida a medio camino de sus labios. Algo en esa voz le había atravesado como una aguja finísima, dejándole un reguero de electricidad por la columna vertebral. Era ridículo, se dijo. No sabía nada de esa chica. Ni su nombre, ni su aspecto, ni si quiera si volvería a escuchar esa voz alguna vez. Pero ahí estaba, con el corazón latiéndole un poco más deprisa, como si el universo le hubiera enviado una señal encriptada que él aún no sabía descifrar.
—Vaya —dijo Laura en voz baja, acercándose de nuevo a él con una bandeja vacía—. Esa chica es nueva. No la había visto nunca por aquí. Es muy guapa, ¿sabes? Tiene el pelo castaño claro, muy largo, y unos ojos verdes enormes. Lleva un cuaderno de dibujo debajo del brazo.
—Laura... —la reconvino él con suavidad.
—Ay, perdón, perdón. Ya sé que no te gusta que te describa a la gente. Pero es que me ha llamado la atención. Tiene pinta de artista.
Diego no dijo nada, pero su mente ya estaba dibujando su propia imagen de la desconocida. Pelo suave como la seda, ojos que seguramente brillaban con la luz de la lluvia, manos manchadas de carboncillo. Una artista. Alguien que, como él, necesitaba crear para sentirse viva. El perfume a pintura lo delataba.
Se llevó la taza a los labios para disimular su agitación y trató de concentrarse en los sonidos del café. Pero sus oídos, entrenados para distinguir el más mínimo matiz, se negaban a abandonar la pista de la recién llegada. El roce del lápiz contra el papel. El leve suspiro. El tintineo de la taza que Laura acababa de servirle. El ruido sordo del cuaderno al ser colocado sobre la mesa de madera.
—¿Siempre toca aquí? —oyó que preguntaba la desconocida, y su corazón dio un vuelco al saberse mencionado.
—Todos los martes y jueves por la tarde, y los sábados por la noche. Es muy bueno, ¿verdad? Se llama Diego.
—Mucho. La forma en que toca... es como si hablara con las teclas.
Diego sintió que la sangre le subía a las mejillas. No estaba acostumbrado a los elogios directos, y menos de voces tan hermosas como aquella. Por un momento deseó no ser ciego, solo para poder ver el rostro de la chica que acababa de comparar su música con una conversación. ¿Cómo sería? ¿Tendría las comisuras de los labios ligeramente levantadas en una sonrisa? ¿Se habría recogido el pelo detrás de la oreja al hablar? ¿Sus ojos verdes —según Laura— estarían fijos en él en ese preciso instante?
Max le lamió la mano, sacándolo de su ensimismamiento. Diego acarició al perro una vez más y tomó aire. Estaba siendo ridículo. La chica solo había hecho un comentario amable. No significaba nada. Probablemente ni siquiera volvería a verla.
Pero entonces, mientras se preparaba para tocar la siguiente pieza —algo de Chopin, quizás, para acompañar la persistente lluvia—, ocurrió algo que cambiaría el curso de aquella tarde y, aunque Diego aún no lo sabía, el curso de su vida entera.
Un tropiezo. Un traspié inesperado al levantarse para ajustar el taburete. Su mano, buscando apoyo, golpeó la taza de chocolate aún a medio llenar, que volcó su contenido caliente y espeso justo en la dirección en la que, segundos antes, había escuchado pasar a alguien.
Una exclamación ahogada. El ruido de un cuaderno cayendo al suelo. El olor a chocolate mezclándose con el jazmín y la pintura.
—¡Ay, no! —la voz cristalina, ahora teñida de sorpresa, sonó mucho más cerca de lo que Diego esperaba—. Mi cuaderno...
—¡Lo siento! —Diego se puso de pie tan bruscamente que Max se levantó también, alerta—. Lo siento muchísimo, no te he visto... quiero decir, yo no... yo soy...
—Ciego. Sí, me he dado cuenta.
La respuesta no tenía el tono de compasión al que Diego estaba tan acostumbrado. Tenía un deje de curiosidad genuina, casi divertida, como si la situación le pareciera más interesante que catastrófica. Y ese matiz, ese pequeño detalle, hizo que algo dentro de Diego se desbloqueara.
—De verdad, no sé cómo disculparme. ¿Está muy estropeado el cuaderno? ¿Era importante?
—Bueno, tiene chocolate por toda la portada y algunas páginas se han pegado. Pero creo que sobrevivirá. Además, huele mucho mejor ahora.
Una risa. Clara, limpia, contagiosa. Diego sintió que él también sonreía, a pesar de la vergüenza.
—Me llamo Alicia —dijo ella, y él oyó cómo se agachaba a recoger el cuaderno, el roce de sus dedos contra las páginas mojadas—. Y tú eres Diego, ¿no? El pianista.
—Sí. Diego. Y él es Max —añadió señalando hacia abajo, donde el perro movía la cola con incertidumbre.
—Hola, Max. Hola, Diego. —El sonido de su nombre en aquella voz le provocó un estremecimiento nuevo—. ¿Sabes qué? Creo que el universo quería que habláramos. No todos los días un pianista ciego te derrama chocolate caliente sobre el cuaderno de dibujo.
—¿Dibujas? —preguntó él, agarrándose a ese dato como a un salvavidas.
—Intento ser ilustradora. Vengo aquí a veces a dibujar a la gente sin que se den cuenta. Aunque tú serías un reto interesante. Dibujar a alguien que no puede ver lo que estás haciendo... Tendría que concentrarme mucho en capturar tu esencia, no solo tu aspecto.
Diego se quedó callado. Nadie le había hablado así nunca. Como si su ceguera no fuera una barrera, sino simplemente una característica más, un matiz interesante en la paleta de colores que componían una persona.
—¿Te gustaría...? —empezó a decir, y se detuvo, sintiéndose estúpido.
—¿Que si me gustaría qué?
—Tomar algo. Otro día. Para compensarte lo del cuaderno. Quiero decir, si quieres. Si no tienes planes. O aunque los tengas, bueno, no, si los tienes...
Alicia volvió a reír, y Diego deseó poder embotellar ese sonido y escucharlo cada noche antes de dormir.
—Me encantaría, Diego pianista. El jueves, ¿aquí mismo? Así de paso te escucho tocar otra vez.
—El jueves —repitió él, sintiendo que la palabra sabía a promesa y a miedo y a esperanza, todo mezclado.
Ella se despidió poco después, diciendo que tenía que secar bien el cuaderno y que el chocolate estaba empezando a traspasar demasiadas páginas. Diego se quedó en el escenario, con el corazón galopando y los dedos temblorosos sobre el marfil del piano. Max emitió un pequeño ladrido, como preguntándole si todo estaba bien.
—No lo sé, amigo —susurró Diego—. No lo sé.
Pero mientras sus dedos encontraban las primeras notas de un nocturno de Chopin, más dulce y esperanzado que de costumbre, supo que aquella noche no dormiría pensando en voces de cristal, ojos verdes que no podía ver y un perfume a jazmín, lluvia y pintura que se le había quedado grabado en el alma como una melodía nueva.