Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 7: EL REY EN LA JAULA
Mason Salvatore
horas antes...
El zumbido del motor del helicóptero apenas lograbra sofocar la furia que me carcomía las entrañas. A cuatro mil pies de altura, la marea de luces de Manhattan parecía un panal de oro frío, hermoso e insignificante. Aterrizaría en el helipuerto de la Torre Salvatore en diez minutos.
Tenía una reunión a las cuatro de la mañana con los inversores de Singapur para cerrar la absorción de la naviera Chen, un movimiento de cuatro mil millones de dólares que me había llevado dieciocho meses estructurar en la sombra.
Todo estaba en orden. Mi vida era un tablero de ajedrez donde cada pieza se movía bajo mi estricto control.
Hasta que el teléfono satelital que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta comenzó a vibrar.
No era el tono habitual de la oficina. Era la línea privada, el número que solo una persona en este planeta tenía derecho a marcar a cualquier hora del día o de la noche.
Deslicé la pantalla sin alterar la respiración.
—Habla, abuelo.
—Bájate del helicóptero o haz que desvíe el rumbo al penthouse de Brooklyn Heights, Mason —la voz de mi abuelo no sonaba a la de un anciano. Sonaba a la de un general que acababa de mandar a la caballería al matadero sin pestañear—. La reunión con Singapur queda cancelada por hoy.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
—¿De qué demonios estás hablando? Singapur es la transacción del año. Si no estoy en la sala de juntas a las cuatro, la oferta expira. ¿Se volvió a emborrachar Jeremy? Si tu nieto favorito destruyó otro deportivo contra un escaparate en la Quinta Avenida, haz que Thomas lo meta en una celda y deja que pase la noche allí. No voy a detener una fusión multimillonaria por sus estupideces.
Una risa seca, como el crujido de hojas secas bajo una bota, resonó al otro lado de la línea.
—Jeremy ya no es un problema. En este momento está cruzando el Atlántico en el Gulfstream con un cheque de diez millones de dólares en el bolsillo. Renunció a sus acciones, a su apellido y a su puesto en la junta directiva. Firmó la cesión total. Eres el único heredero, Mason. Felicitaciones.
El aire se congeló en mis pulmones. Un silencio tenso se apoderó de la cabina del helicóptero. El piloto mantenía el rumbo, pero mi mente comenzó a procesar las implicaciones con la velocidad de una computadora táctica. Jeremy, el imbécil, el consentido que mi abuelo había protegido durante años, ¿había quedado fuera del juego?
—¿Qué hiciste, abuelo? —pregunté, con la voz descendiendo a un susurro peligroso.
—Hice lo que tú nunca tuviste el valor de hacer para salvar el nombre de esta familia —respondió el anciano, y escuché el chasquido de un cortador de puros al otro lado de la línea—. Jeremy se casó esta tarde. Con la chica de Brooklyn. La pelirroja que montó el espectáculo en el vestíbulo por la mañana.
Un dolor punzante me atravesó las sienes. Recordaba la escena. Había visto las grabaciones de seguridad antes de salir hacia la reunión de mediodía: una chica con la ropa manchada de lluvia, gritando en el atrio sobre un embargo y una madre en el hospital.
Una cazafortunas vulgar intentando sacarle dinero a la corporación aprovechando la presión mediática sobre los escándalos de Jeremy.
—Eres un idiota —espetó mi abuelo antes de que pudiera hablar—. Pensaste que podías ignorar a la prensa. Que podías tapar las orgías y los atropellos de tu hermano con notas de prensa y abogados costosos. La junta estaba a un paso de destituirte por incapacidad de control. Esa chica era una bomba de tiempo con un abogado del sindicato listo para demandarnos por intento de homicidio por negligencia médica. La boda de esta tarde salvó el valor de las acciones. La convertimos en una historia de caridad y redención para los periódicos de mañana.
—Me da igual lo que le hayas pagado a esa muerta de hambre —dije, sintiendo cómo una vena me latía con violencia en la frente—. Si Jeremy se casó con ella y luego huyó a Europa, que los abogados preparen la anulación por abandono de hogar mañana a primera hora. Le das cien mil dólares a la chica para que cierre la boca y asunto concluido. Ahora voy a aterrizar en la torre...
—Ella no se casó con Jeremy en si, Mason —interrumpió Horacio. Su voz perdió todo matiz de ancianidad y se volvió tan dura como el acero desgastado—. ¿Recuerdas la reestructuración del fideicomiso que firmaste cuando tenías veinticinco años? ¿Esa pequeña cláusula sobre la línea de sucesión indivisible que redacté para evitar que la empresa se fragmentara?
El pulso se me aceleró. Un sudor frío, desconocido para mí, me recorrió la nuca.
—¿Qué hiciste? —exigí, casi rugiendo sobre el ruido de las hélices.
—El acta de matrimonio que la chica firmó esta tarde no era un contrato individual con Jeremy. Era un Contrato de Consolidación con él Heredero Principal. Jeremy firmó como representante de la línea directa. Al cedernos sus derechos antes de subir al avión, la responsabilidad de la alianza recayó automáticamente en ti. Legalmente, ante el estado de Nueva York y ante los estatutos de la Corporación Salvatore... la esposa de Jeremy es ahora tu esposa, Mason.
—¡Estás demente! —grité, poniéndome de pie en la cabina del helicóptero, haciendo que el piloto mirara por el retrovisor con la cara pálida—. ¡No me voy a casar con una pobretona! ¡No voy a validar una farsa orquestada por un anciano senil que perdió el juicio! ¡Mañana mismo destruyo ese documento en los tribunales!
—Inténtalo —desafió Horacio con una calma aterradora—. Inténtalo y mira qué pasa a las seis de la mañana.
—¿Qué significa eso?
—Significa que el Contrato de Consolidación tiene una cláusula de ejecución inmediata. Si el matrimonio no se consuma físicamente dentro de las veinticuatro horas posteriores a la firma —es decir, antes de las seis de la mañana en el penthouse de Brooklyn Heights— el fideicomiso principal de la familia se bloquea automáticamente por invalidez de sucesión.
Sentí como si el suelo de la cabina se abriera bajo mis pies. El fideicomiso principal. El vehículo financiero que poseía el cincuenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Salvatore Enterprises. El motor de todo mi poder.
—No puedes bloquear el fideicomiso —dije, intentando mantener la voz firme, pero la rabia me estaba ahogando—. Yo soy el presidente del consejo. Tengo el control operativo.
—Y yo soy el albacea ejecutor hasta el día de mi muerte —recalcó el viejo con crueldad implacable—. Si el contrato queda inhabilitado por falta de consumación, el fideicomiso entra en congelación judicial. Todas tus cuentas corporativas serán intervenidas. La absorción de Singapur caerá en cuestión de horas. La junta directiva te retirará los poderes para nombrar a un administrador concursal antes de mediodía. Perderás la empresa, Mason. Perderás todo por lo que trabajaste como un perro durante los últimos quince años. Todo para lo que te crié.
Me quedé inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja. Las luces de la ciudad afuera parecían girar en una espiral grotesca.
Mi abuelo me tenía atrapado. Había construido una jaula perfecta, de barrotes de oro y leyes corporativas que yo mismo le había ayudado a redactar años atrás. Me había acorralado utilizando mi propio imperio como rehén.
Él sabía que yo vendería mi alma al diablo antes que dejar ir la corporación. Sabía que Salvatore Enterprises no era solo mi trabajo; era mi vida, mi identidad, la única razón por la que respiraba.
Había sacrificado mi juventud, mi salud y mi capacidad de amar a cualquier ser humano para construir ese imperio. No iba a permitir que un anciano demente y una chica de la calle me lo arrebataran en una sola noche.
—Es una trampa —murmuré, con los dientes apretados hasta que me dolieron las mandíbulas—. Usaste a esa chica para atarme.
—Ella no es más que un peón en el tablero, igual que tú esta noche —dijo Horacio—. Ella lo hizo por la vida de su madre. Tú lo harás por tu imperio. Tienen nueve horas antes de que salga el sol. Si a las seis de la mañana no hay constancia de consumación en la propiedad, firmaré la congelación de los activos. La decisión es tuya, grandioso Mason Eliot Salvatore. O te acuestas con esa chica esta noche, o despiertas mañana siendo un Don Nadie sin un solo centavo a tu nombre.
La llamada se cortó. El tono de desconexión retumbó en la cabina como el disparo de un cañón.
Me quedé mirando la pantalla negra del teléfono. Mi pecho subía y bajaba con una respiración pesada, violenta. Sentí una ola de furia pura, negra y sofocante ascender desde mis entrañas hasta inundarme la cabeza.
Me habían chantajeado. A mí. Al hombre que manipulaba a los senadores, al tipo que destruía competidores en Wall Street con una sola llamada telefónica. Mi propio abuelo me había puesto una de mis propias armas en la cabeza y me obligaba a apretar el gatillo.
Y la causa de todo esto... era esa chica.
Harper Jones.
Ese nombre sonaba en mi mente como una maldición. La vi en las imágenes de seguridad de esa mañana: esa melena roja despeinada, esos ojos verdes llenos de un orgullo absurdo para alguien que no tenía dónde caerse muerta, esa boca que gritaba exigiendo justicia en mi vestíbulo.
Ella creía que era la única víctima. Creía que había ganado la lotería vendiendo su miseria por cinco millones de dólares y una suite de lujo. Pensaba que podía meterse en la vida de los Salvatore, chantajear a la familia con la salud de su madre e irse de rositas tras jugar con Jeremy.
No tenía idea de en qué infierno se había metido.
—Señor —la voz del piloto me sacó del trance—. Estamos sobre el helipuerto de la torre principal. ¿Iniciamos la maniobra de descenso?
Miré por la ventanilla. La sala de juntas donde los inversores de Singapur me esperaban estaba ahí abajo, a pocos metros. Podía ver las luces encendidas en el piso ochenta.
Cerré los ojos durante tres segundos. Tres segundos para enterrar cualquier vestigio de duda, cualquier atisbo de debilidad.
Cuando los abrí, la frialdad volvió a mi sangre, pero ya no era la frialdad del hombre de negocios; era la rabia helada de un depredador que ha sido acorralado y que piensa arrancar la garganta de lo primero que se cruce en su camino.
—Cambio de planes —dije, con una voz tan baja y rasposa que el piloto dio un brinco—. Llévame a la residencia de Brooklyn Heights. Ahora.
—¿Señor? La reunión con los accionistas de Singapur...
—¡Llévame a Brooklyn Heights si no quieres que te tire de este helicóptero ahora mismo! —rugí.
El piloto palideció, inclinó los mandos y el aparato dio una vuelta brusca en el aire, alejándose de los rascacielos de Manhattan para dirigirse hacia la silueta oscura de Brooklyn.
Me eché hacia atrás en el asiento de cuero. Saqué mi teléfono personal y redacté un texto corto para la oficina legal de la corporación.
Si tenía que vender mi cuerpo para salvar mi imperio, lo haría. Pero esa chica iba a pagar por cada segundo de esta humillación.
Aceptaría el contrato, le salvaría la vida a su madre, pero convertiría sus próximos dos años en un calvario tan denso que rogaría no haber cruzado jamás las puertas de la Torre Salvatore.
Llegué a la propiedad de Brooklyn Heights veinte minutos después.
El coche negro me dejó frente a la puerta del ascensor privado. Subí en silencio, escuchando el zumbido del motor mientras el indicador de pisos marcaba la subida hacia el penthouse.
Cuando las puertas de bronce se abrieron, la penumbra de la suite me recibió. El aire olía a vainilla barata y al perfume que las sirvientas habían dejado para la "nueva novia".
Avancé por el parquet. Escuché el murmullo de agua corriente en el baño principal.
Se estaba preparando. La gran cazafortunas de Brooklyn se estaba arreglando para su gran noche con el heredero.
Me quité el abrigo largo y lo arrojé sobre una silla. Me aflojé la corbata con los dedos temblando ligeramente por la adrenalina. Cada nervio de mi cuerpo exigía violencia, exigía romper algo, exigía aplastar a la persona que me había arrastrado a esta jaula.
Salí al vestíbulo de la suite.
Y ahí estaba ella.
Salió del baño a paso lento, tambaleándose sobre sus pies descalzos como si caminara hacia el patíbulo. Llevaba una bata de seda negra demasiado grande para su cuerpo delgado, ajustada con desesperación a la cintura.
Su cabello rojo era un caos de rizos húmedos que caían sobre sus hombros, y su piel era de una palidez mortecina bajo la luz de la luna.
Me detuve en el umbral. La miré de arriba abajo.
No había rastro de la mujer que había gritado en mi vestíbulo esta mañana. Lo que tenía enfrente era una criatura aterrorizada, con los ojos verdes dilatados por el pavor y los labios partidos temblando incontrolablemente.
En ese instante, una parte de mí —una parte muy enterrada bajo capas de ambición y cinismo— reconoció el horror en sus ojos. Reconoció que ella también estaba siendo empujada al abismo por el mismo viejo despiadado que me tenía la bota sobre el cuello.
Pero ahogué ese pensamiento antes de que pudiera florecer. No podía darme el lujo de sentir piedad. La piedad me costaría cuatro mil millones de dólares y el trabajo de toda mi vida.
Si ella había decidido vender su dignidad por el dinero de mi familia, yo cobraría hasta el último centavo del precio.
—¿Quién... quién es usted? —logró articular ella, con una voz rota que apenas fue un susurro—. ¿Dónde está Jeremy?
Di un paso lento hacia el interior de la habitación. Escuché el chasquido seco de la puerta cerrándose tras de mí, sellando nuestro encierro en este purgatorio de seda y mármol.
La miré fijamente a los ojos, dejando que toda la furia, la humillación y el desprecio que me quemaban las entrañas se reflejaran en mi mirada.
—Jeremy ya no forma parte de este acuerdo, señorita Jones —dije, y el sonido de mi propia voz me sonó a la de un extraño—. Y a partir de esta noche... tu único dueño soy yo.