Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 5
Sebastián Arismendi
La perra de Camila se había largado.
Así, sin más. Como si fuera la más digna, como si no hubiera vivido a mi sombra durante años. Se fue con la frente en alto, creyéndose superior, cuando todos sabían que sin mí no era nadie. Las mujeres como ella siempre creen que pueden irse y que el mundo las va a esperar con los brazos abiertos.
Ridículo.
Marina, en cambio, era distinta. Mucho más hermosa. Más joven. Y, sobre todo, más útil. Tenía el conocimiento fresco, recién salido de la academia, ideas nuevas que podía moldear a mi conveniencia. No fue difícil convencerla. Nunca lo es cuando saben que uno tiene poder… o cuando creen que lo va a tener.
—Tú siempre mereciste más que Camila —le dije una noche, mientras se acomodaba el vestido frente al espejo—. Ella estaba estancada.
Marina sonrió. Le gustaba sentirse elegida. Especial.
Mi secretaria, Lina, también cumplía su función. Ambiciosa, discreta cuando le convenía, y con acceso a información clave. Podía conseguir las pruebas internas, los reportes confidenciales, cualquier cosa que necesitara para fortalecer mi candidatura. Tenía que mantenerlas felices, motivadas. Y eso era fácil.
Siempre lo ha sido.
Soy un hombre con futuro. Lo he demostrado. He ascendido rápido en la empresa, más rápido que muchos que llevan años esperando oportunidades que nunca llegarán. Gano bien, tengo una casa hermosa en un sector exclusivo, un carro que llama la atención y una vida que muchos envidian. Soy hijo único, el orgullo de mis padres, el ejemplo de éxito en reuniones familiares.
Yo no pierdo.
Por eso la salida de Camila no me preocupó demasiado al inicio. Al contrario, pensé que me había hecho un favor. Ya no tendría que cargar con sus miradas analíticas ni con sus silencios incómodos. Ella siempre creyó que era más inteligente que yo, pero si realmente lo fuera, no habría terminado empacando maletas como una derrotada.
Hoy, sin embargo, el ambiente en la empresa estaba raro.
Los rumores corrían de escritorio en escritorio como pólvora. Susurros, llamadas en voz baja, reuniones improvisadas. Algo grande se estaba moviendo, y yo siempre me entero de todo.
—Dicen que la empresa fue vendida —comentó uno de mis colegas en la cafetería.
—¿Vendida? —pregunté, fingiendo sorpresa.
—A una firma alemana. Al parecer, enorme. En los próximos días llegará el nuevo jefe para revisar personal, estrategias, todo.
Me mantuve tranquilo por fuera, pero por dentro analicé cada posibilidad. Un nuevo jefe significaba cambios, sí, pero también oportunidades. Y yo estaba más que preparado.
Mi hoja de vida era impecable. Proyectos exitosos, resultados medibles, liderazgo probado. Nadie podía negar que yo era de lo mejor que tenía Nueva York. Además, ya había perdido un puesto antes por culpa de un jefe demasiado conservador, uno que no supo ver mi potencial. Esta vez no ocurriría lo mismo.
—No tienes de qué preocuparte —me dijo Lina más tarde, entrando a mi oficina sin tocar—. Tu perfil es justo lo que buscan.
—Lo sé —respondí, acomodándome en la silla—. Pero quiero estar un paso adelante. Necesito saber quién es ese alemán.
—Estoy en eso.
Sonreí. Todo estaba bajo control.
Marina pasó a verme al final del día. Se sentó frente a mí, cruzando las piernas con seguridad.
—He estado revisando los últimos informes —dijo—. Hay puntos que podríamos mejorar para impresionar al nuevo jefe.
—Eso me gusta —respondí—. Iniciativa.
Ella se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz.
—Camila no se presentó para el cargo, ¿verdad?
Negué con la cabeza, conteniendo una sonrisa.
—No. Se fue de viaje. Supongo que no soportó la presión.
Marina sonrió, satisfecha.
Claro que Camila no se presentaría. Siempre fue demasiado sentimental. Demasiado correcta. En el mundo real, eso no sirve.
Mientras cerraba la oficina esa noche, pensé en el futuro. En el cargo que estaba a punto de ser mío. En el despacho más grande, en el aumento salarial, en el respeto que finalmente todos tendrían que darme.
Un jefe alemán no me intimidaba. Al contrario. Los hombres como yo sabemos adaptarnos, decir lo correcto, mostrar solo lo que conviene. He tratado con personas más difíciles.
Camila había sido solo un obstáculo temporal. Un recuerdo incómodo.
Sebastian Arismendi, 30 años