Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.
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Capítulo 12
Capítulo 12: Nico y lo que quedó atrás
—Han pasado muchos años —repitió ella, y le tembló apenas la voz—. Sí. Muchos.
No supo qué más decir. Él tampoco pareció necesitar más. Se quedaron un momento así, bajo los foquitos, con quince años de cosas no dichas flotando entre los dos, hasta que Fer llegó del brazo de una excompañera arrastrando a Estela a la pista, y el momento se cerró como se cierra una puerta que uno deja apenas entornada, para volver.
Estela se despidió de Maximiliano con una inclinación de cabeza. Pero se llevó su mirada puesta en la espalda todo el camino a la salida, y esa noche, en la cama, no pensó en Adrián ni en abogados. Pensó en una caja de madera junto a una barda, que alguien ponía ahí para ella cada mañana, y que ella nunca se preguntó de dónde salía.
El lunes, sin embargo, la vida la regresó al presente de un jalón.
Nébula Media hervía. Mónica la interceptó apenas cruzó el vestíbulo, con esa manera suya de caminar y hablar al mismo tiempo, sin frenar.
—Estela, ven. Te tengo algo. —La metió al elevador—. ¿Te suena Nicolás Prado?
—¿Nico Prado, el cantante? —Estela parpadeó—. Íbamos en la misma facultad un tiempo. Antes de que él pegara. ¿Por qué?
—Porque acaba de firmar con nosotros y trae encima el peor escándalo de su carrera. —Mónica le puso una carpeta en las manos—. Unos audios viejos, sacados de contexto, lo pintan de patán. Los patrocinadores se le cayeron. Nadie lo quiere tocar. —Se abrieron las puertas—. Yo digo que es rescatable. Y tú tienes ojo, niña. Te lo encargo a ti.
Estela sintió el peso de la carpeta y algo que hacía años no sentía en el pecho: que confiaban en ella para algo difícil.
—Lo saco —dijo, y no fue promesa vacía. Ya la cabeza le iba armando la estrategia.
Nico la esperaba en la sala de juntas, encorvado, con una gorra calada y esa cara de perro apaleado del famoso que de golpe descubre lo sola que es la fama. Cuando la vio entrar, se enderezó de un salto.
—¿Estela? ¿Estela Ríos? —Se le iluminó la cara y se le apagó a la vez—. No manches. La vida sí que da vueltas. Yo aquí, hasta el fondo del pozo, y llegas tú.
—Hola, Nico. —Ella se sentó, abrió la carpeta, puso el bolígrafo sobre la mesa—. Sí, la vida da vueltas. Y te voy a sacar del pozo. Pero vamos a trabajar en serio, ¿va?
Trabajaron en serio. Durante dos semanas Estela reordenó todo: los audios completos con contexto, una disculpa que sonara a persona y no a comunicado, una gira chica en provincia para reencontrarlo con la banca real, entrevistas escogidas con lupa. No inventó una historia falsa; buscó la verdadera y la contó bien. Eso, había aprendido, valía más que cualquier mentira bonita.
En el estudio de grabación, con Denisse tomando notas a su lado, Estela dirigía la operación como una general tranquila. Sabía a quién llamar, qué titular soltar primero, cuál guardar. Denisse la miraba trabajar con los ojos muy abiertos, apuntando todo, como quien aprende de alguien que nació para esto sin saberlo. Poco a poco la marea empezó a girar. Volvió un patrocinador. Después otro.
Fue una noche en ese estudio, tarde, cuando Denisse ya se había ido, que Nico dejó la guitarra sobre las piernas y la miró distinto.
—Estela. —Se rascó la nuca—. ¿Te puedo decir algo y no te enojas?
—Depende.
—En la facultad yo andaba tras de ti. Bien tras de ti. —Sonrió, apenado—. Nunca me pelaste. Y ahora... no sé. Estás separándote, según supe. Yo estoy... solo, la neta. Y me acuerdo del que fui contigo. —Dejó la frase colgando, con esperanza—. A lo mejor la vida nos está dando otra.
Estela lo escuchó completo, sin cortarlo. Después le sonrió, y fue una sonrisa amable, pero clara como el agua.
—Nico. Me caes increíble. Y te agradezco de verdad lo que me estás diciendo. —Cerró la carpeta con suavidad—. Pero yo no vine a que me rescates ni a rescatarte del corazón. Vine a hacer bien mi trabajo. Tú y yo somos amigos. De los buenos, de los que se quedan. No te quiero perder a eso por confundir las cosas.
Nico la miró un segundo largo. Después soltó una risa corta, resignada y sincera a la vez.
—Neta que cambiaste, Ríos. —Volvió a tomar la guitarra—. La de la facultad no se habría atrevido a decírmelo así, tan de frente.
—La de la facultad ya no existe —dijo Estela, y pensó, sin querer, en un cuaderno hecho ceniza—. La quemé hace poco.
Nico no entendió el chiste, pero se rio igual, y algo entre ellos quedó limpio, puesto en su lugar. Amigos. Nada más y nada menos. Un mes después su carrera había vuelto a flote y él se lo debía a ella, y lo decía en cada entrevista.
Mónica lo notó todo. Un viernes, ya de salida, la llamó a su oficina, cerró la puerta, y puso sobre el escritorio una carpeta mucho más delgada.
—Sacaste a Nico en tiempo récord y sin perder el estilo —dijo—. Estás lista para algo tuyo. Algo que dirijas de arriba a abajo. —Empujó la carpeta hacia ella—. Nadie en esta empresa quiere tocarlo. Dicen que es basura, que es para pobres, que no da prestigio. —Los ojos le brillaron con esa malicia de quien huele el oro donde otros ven tierra—. Yo creo que es una mina. Y creo que tú eres la única aquí con el ojo para verlo.
—¿Un microdrama? —Estela alzó la vista—. ¿Esos cortitos verticales que ve todo el mundo en el teléfono? ¿Los que dicen que son para gente sin gusto?
—Esos mismos. —Mónica sonrió más ancho—. Los que ve todo el mundo. Piénsalo, niña: todo el mundo. Millones de teléfonos. Y nadie en el medio elegante se ha dignado a hacerlos bien. —Se recargó en el escritorio—. El que llegue primero con calidad se lleva un mercado que ni te imaginas. Yo apuesto a ti. ¿Le entras?
Estela bajó la mirada a la carpeta. En la primera hoja, una sola palabra escrita con plumón:
Microdrama.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió el cosquilleo eléctrico de algo que era enteramente suyo por empezar.