Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 23 — Mi pequeño Matías
Narra Daniela
Nueve meses habían pasado.
Mi barriga estaba enorme y ya casi no podía hacer muchas de las cosas que hacía antes. Caminar por la casa me cansaba, dormir era complicado y hasta ponerme los zapatos se había vuelto toda una odisea.
Pero, a pesar de todo, estaba feliz.
Desde el principio sabía que estaba embarazada. Había tenido nueve meses para acostumbrarme a la idea de convertirme en mamá, y aunque muchas veces había sentido miedo, también había aprendido a amar a ese pequeño que crecía dentro de mí.
Además, ya sabía que era un niño.
—Es un varoncito —me había dicho el médico durante una de las ecografías.
Yo había sonreído inmediatamente.
—¿Un niño?
—Sí, mami. Todo se ve muy bien.
Desde ese día tuve clarísimo cómo se iba a llamar.
—Matías —dije mientras acariciaba mi barriga—. Mi bebé se va a llamar Matías.
Me encantaba ese nombre.
Mi mamá también había estado pendiente de mí durante todo el embarazo. Finalmente no me mandó a España y pude quedarme en Medellín para continuar estudiando.
No había sido fácil estudiar mientras estaba embarazada, pero yo quería terminar mi carrera.
—Mamá, estoy cansada —le decía algunas veces.
—Pues descanse un ratico, mija. Después sigue estudiando.
—Es que este muchacho no me deja quieta.
Mi mamá se reía.
—Ese niño salió igualito de inquieto que usted.
Yo sonreía y miraba mi barriga.
—Matías, deje estudiar a su mamá, pues.
Aquella mañana estaba sentada en mi habitación con los apuntes sobre las piernas. Intentaba concentrarme, pero el bebé llevaba rato moviéndose muchísimo.
—¿Qué le pasa hoy a usted? —pregunté acariciándome la barriga—. Está como desesperado.
Me levanté para ir por un vaso de agua.
En ese momento sentí una presión fuerte en la parte baja del abdomen.
Me quedé quieta.
—Ay...
Esperé unos segundos.
El dolor comenzó a desaparecer.
Respiré tranquila.
—Seguro fue una contracción de esas de práctica.
Volví a sentarme.
Pero aproximadamente diez minutos después sentí nuevamente el dolor.
Esta vez fue un poquito más fuerte.
—Ay, no...
Me llevé las manos a la barriga y respiré despacio.
Cuando pasó, miré el reloj.
Algo me decía que debía comenzar a prestar atención al tiempo.
Unos minutos después volvió.
Esta vez tuve que levantarme.
Caminé lentamente hasta la sala.
—Mamá...
Ella salió de la cocina.
—¿Qué pasó, mija?
—Me está doliendo la barriga.
Mi mamá me miró inmediatamente.
—¿Cómo así?
—Me han dado varios dolores. Se me quitan y después vuelven.
—¿Cada cuánto?
—No sé.
Ella miró el reloj y comenzó a medir las contracciones.
Pasaron unos minutos.
Volvió el dolor.
Me agarré del brazo de mi mamá.
—Ay, mamá, esta sí dolió.
—Tranquila, respire despacio.
—Creo que Matías ya quiere salir.
Mi mamá abrió los ojos.
—¿Usted cree?
—No sé, pero cada vez me duele más.
Otra contracción llegó y tuve que apoyarme sobre la mesa.
—¡Ay, juepucha!
—Mija, tranquila.
—¡No puedo estar tranquila!
Mi mamá soltó una pequeña risa nerviosa.
—Bueno, pues tiene razón. Ya vamos para la clínica.
Yo asentí.
Ella comenzó a preparar las cosas que habíamos dejado listas desde hacía días.
La maleta de Matías estaba preparada.
Su ropita.
Sus pañales.
Una mantita.
Todo.
Mientras mi mamá organizaba lo último, yo acariciaba mi barriga.
—Ya casi, mi amor.
Sentí otra contracción.
Cerré los ojos y respiré.
—Matías, usted sí me salió con afán.
Mi mamá me ayudó a caminar hasta el carro.
Durante el camino, las contracciones comenzaron a hacerse más frecuentes.
Yo trataba de mantenerme tranquila, pero el dolor era cada vez más intenso.
—Mamá...
—Aquí estoy.
—Tengo miedo.
Ella me tomó la mano.
—No tenga miedo, mija. Todo va a salir bien.
Miré por la ventana mientras las calles de Medellín pasaban frente a mis ojos.
Pensé en todo lo que había vivido durante esos nueve meses.
Había llorado.
Había tenido miedo.
Había estudiado.
Había preparado la llegada de mi bebé.
Y ahora finalmente iba a conocerlo.
Puse una mano sobre mi barriga.
—Matías, mi amor, ya casi nos conocemos.
Sentí una última contracción antes de llegar a la clínica.
—¡Ay, mamá!
—Ya llegamos, respire.
Cuando entramos, una enfermera se acercó rápidamente.
—¿Cuántos meses tiene?
—Nueve —respondió mi mamá.
—¿Contracciones?
—Sí, cada vez más seguidas.
Me llevaron para revisarme.
Yo respiré profundamente mientras acariciaba mi barriga.
Ya no faltaba mucho.
Mi pequeño Matías estaba a punto de llegar.
Y yo estaba lista para conocer al amor más grande de mi vida.