Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 3: La mascara en el espejo
—¿Puedo... puedo retirarme? —preguntó con voz queda, llevándose el pañuelo a los ojos—. Necesito estar sola un momento.
Doña Carmen, asintió sin mirarla. Seguía con los ojos clavados en la alfombra.
Fernanda salió de la sala con pasos lentos, arrastrando un poco los pies, manteniendo la actuación hasta el último segundo. Subió las escaleras con la cabeza gacha, pasó frente a la habitación de Ana sin detenerse y entró en la suya, cerrando la puerta con llave.
Entonces, solo entonces, se permitió sonreír.
Se miró en el espejo de su tocador y lo que vio le gustó. Una mujer joven, hermosa, ambiciosa. Una mujer que por fin había entendido cómo funcionaba el mundo. No ganaba la más buena, ni la más trabajadora, ni la que seguía las reglas. Ganaba la que estaba dispuesta a hacer lo que las demás no se atrevían.
—Adiós, hermanita —murmuró, pasándose los dedos por el pelo—. Siempre fuiste un estorbo. Gracias por quitarte de en medio tú solita. O bueno, no tan solita.
Pero eso era un detalle que nadie más sabía y nadie más sabra jamás.
Se sentó en el borde de la cama y cruzó las piernas con elegancia. Por fin podía pensar con claridad. Por fin podía planear sin tener que mirar por encima del hombro para asegurarse de que su hermana no la estaba observando.
Porque Ana siempre observaba. Siempre estaba ahí, en un rincón, con sus ojos grandes y su silencio incómodo. Era demasiado astuta, había logrado descubrir algo que no debía.
Fernanda apretó los puños al recordarlo.
Hacía apenas unas semanas, Ana había entrado a su habitación sin llamar, como siempre hacía, y la había encontrado revisando unos documentos. No eran documentos cualquiera. Eran informes financieros que Fernanda había conseguido gracias a sus contactos en el círculo de Alexander. En ellos se detallaba la delicada situación por la que estaba pasando la empresa de su prometido. Una crisis. Una deuda enorme. Un imperio construido sobre arena que comenzaba a resquebrajarse.
Alexander no lo sabía. O mejor dicho, Alexander no quería saberlo. Él vivía en su burbuja de poder y dinero, convencido de que todo estaba bajo control. Pero Fernanda, que siempre había sido más astuta, había olfateado el peligro mucho antes que él.
Y Ana lo había visto.
—¿Qué es esto? —había preguntado su hermana, con el papel tembloroso entre las manos—. Fernanda, esto es grave. ¿Por qué tienes esto? ¿Alexander sabe?
Fernanda había reaccionado con rapidez, arrebatándole el documento y escondiéndolo en el cajón.
—No es asunto tuyo. Sal de mi habitación.
—Pero si su empresa está en crisis... ¿por qué no le dices? —insistió ella, con esa voz tranquila y preocupada que siempre ponía a Fernanda de los nervios—. Él merece saber la verdad. Y tú... tú estás a punto de casarte con él. ¿No te importa?
—Claro que me importa —mintió Fernanda, con una sonrisa forzada—. Pero Alexander es un hombre inteligente. Sabe cómo manejar sus problemas. Yo solo estoy ayudándolo. Ahora, lárgate.
Ana la miró durante unos segundos eternos, con sus ojos grandes y profundos, como si pudiera ver a través de ella. Y en ese momento, Fernanda supo que su hermana no se había tragado la mentira.
—No confías en él —dijo Aitana, en voz baja—. No confías en Alexander para sacar adelante su empresa. Por eso tienes esos documentos. Porque estás planeando algo.
—No digas tonterías.
No podía arriesgarse.
Ana era una amenaza. Siempre lo había sido, aunque ella no lo supiera. Su silencio, su bondad, su forma de mirar a los demás como si pudiera ver lo que escondían... todo eso la convertía en un peligro.
Además, estaba su obsesión con Dante.
Fernanda sonrió al recordarlo. Dante Moretti. El magnate más codiciado, el único que podía competir con Alexander en influencia y dinero. Las revistas lo llamaban "el rey de la noche" por sus espectaculares ascensos en el mercado. Los periódicos hablaban de él como el hombre del año.
Y lo más importante: estaba casado. Pero eso, para Fernanda, no era un obstáculo. Si lo tuvo una vez, podía tenerlo otra vez. Solo necesitaba acercarse.
Dante era un secreto que Fernanda guardó bajo llave, convencida de que no valía la pena arriesgar su estatus por un hombre sin futuro. Pero ahora... ahora el futuro de Dante era más brillante que el de cualquier otro.
—Pobrecita hermana —murmuró, abriendo el cajón de su mesita de noche y sacando una fotografía—. Si supieras que el hombre al que admirabas, al que soñabas con conocer y trabajar junto a él... ese hombre ya fue mío. Y lo será de nuevo.
La foto mostraba a Dante Moretti en una gala benéfica, con un esmoquin negro y una copa de champán en la mano. Tenía la misma expresión aburrida de siempre, como si todo aquello le importara un comino. Pero Fernanda conocía el fuego que se escondía detrás de esa mirada fría.
—Ahora que Ana no está —dijo en voz baja, acariciando la imagen con la yema del dedo—, ya no hay nadie que pueda contar lo que descubrió.
Recordó aquella noche en la azotea. Ana, temblando, con lágrimas en los ojos, preguntándole por qué. Solo la había empujado. Y mientras caía, Fernanda sonrió porque sabía que se llevaba a la tumba el único secreto que podía destruirla.
—Adiós, hermanita —susurró, guardando la foto de nuevo—. Gracias por llevarte mi secreto al infierno.
—Necesito un plan B —murmuró, levantándose del borde de la cama y caminando hacia la ventana—. Y ese plan B tiene nombre y apellido.
Primero, asegurarse de que la crisis de Alexander no la salpicara. Luego, encontrar la manera de coincidir con Dante en algún evento, alguna gala, algún lugar donde pudiera hablar con él a solas.
Pero tenía un problema. Dante estaba casado.
Fernanda frunció el ceño al recordar las revistas de sociales. Había visto fotos de la boda: una mujer llamada Alessandra, elegante y hermosa, de pie junto a él con una sonrisa radiante. La envidia le había retorcido el estómago en ese momento, y ahora volvía a sentirla.
—¿Qué tendrá ella que no tenga yo? —se preguntó, con amargura—. ¿Será más lista? ¿Más hermosa? ¿Más interesante?
No importaba. Fernanda no era de las que se rinden.
—Es solo cuestión de tiempo —dijo, mirando su reflejo en el cristal—. Si logré acercarme a él una vez, puedo hacerlo de nuevo. Solo necesito el momento adecuado.
Además, ¿qué hombre poderoso no tenía amantes? Solo era cuestión de encontrar el momento, el lugar y la forma.
—Te tendré, Dante Moretti —susurró, con una sonrisa de depredador—. Como sea, cuando sea, te tendré.
Ana ya no estaba para acusarla. Su secreto y sus verdaderas intenciones, se había ido con ella a la tumba.
El camino estaba libre.
—Paciencia —se dijo a sí misma, acariciando el marco de la ventana—. Todo llega para quien sabe esperar.
Y mientras el sol se ponía tras los árboles del jardín, Fernanda Fernández sonrió. Tenía un plan. Tenía tiempo. Y tenía la certeza de que, tarde o temprano, conseguiría lo que quería
por que dejó así de rápido dieran con ella la descubrirán que ella es la dueña de esa agencia
será que ése viejo sabe que Fernanda mato a Ana y por eso no quiso investigaciónes.!!?? 😱
Alessandra mal interpretó todo o no puede que el todavía sienta algo por la zorra esa