Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 20
Capítulo 20: Yo no le hice nada
Max no volvió a mencionar la golpiza en los días siguientes. Tampoco volvió a acercarse. Yo tampoco lo busqué, ocupada en sanar los moretones y en fingir, delante de la prensa, que todo en Grupo Linares seguía en orden.
Su mensaje llegó un martes, corto y profesional: Reunión a las seis. Club Dorado. Es sobre el contrato de distribución. Firmaba con su nombre completo, como si fuéramos dos socios cualquiera.
No lo pensé dos veces. Un contrato era un contrato, y llevaba semanas esperando cerrar esa alianza para Grupo Linares. Me arreglé con el mismo cuidado profesional de siempre: traje sobrio, carpeta con los números revisados dos veces, el cabello recogido como me gustaba llevarlo a las juntas importantes. Llegué puntual, sin sospechar nada, con la carpeta bajo el brazo como si de verdad hubiera un contrato esperándome sobre alguna mesa.
Ortega me había advertido, semanas atrás, que desconfiara de cualquier invitación de Max que llegara sin previo aviso de sus abogados. No le hice caso. Después de la pulsera, después del rescate en la bodega, algo en mí había bajado la guardia sin que yo misma me diera cuenta del todo.
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El salón principal estaba más lleno de lo normal para esa hora: mesas de juego ocupadas, clientela de traje circulando entre meseros con charolas, y ni rastro de ningún contrato sobre ninguna mesa. Busqué con la mirada alguna sala privada, algún letrero que indicara la reunión que se suponía debía tener, pero no encontré nada de eso. Solo encontré, de pie junto a la barra, a Max, con Bianca a su lado, tomada de su brazo con una naturalidad que me heló la sangre antes de que entendiera del todo lo que estaba pasando.
Doña Lucía, la gerente del club, me vio entrar desde el otro extremo del salón y desvió la mirada rápido, incómoda, como quien ya sabe lo que va a pasar y prefiere no ser parte de eso.
—Renata —dijo Max, en voz alta, lo suficiente para que varias cabezas se voltearan—. Qué bueno que viniste. Necesitaba que esto quedara claro de una vez, frente a testigos.
—¿Qué cosa? —pregunté, ya con el estómago apretado, entendiendo tarde que había caído en una trampa.
—Que sigues obsesionada con el supuesto aborto de Bianca —dijo con aquella voz fría y cortante que yo creía que ya no volvería a usar conmigo—. Yo nunca le hice daño a Bianca. Nunca. Y ya es hora de que dejes de usar esa mentira para justificar tu resentimiento.
El salón entero pareció detenerse un segundo. Bianca, a su lado, bajó la mirada con una modestia perfectamente calculada, la viva imagen de la víctima paciente.
—Max, ¿de qué está hablando? —le pregunté, sin entender todavía cómo el hombre que me había cargado fuera de una bodega hacía apenas unos días era el mismo que ahora, delante de todos, me llamaba mentirosa.
—Sabe exactamente de qué hablo.
—Max, hace unos días me sacó de una bodega en sus brazos —dije, con la voz temblándome de rabia más que de miedo—. ¿Y ahora esto? ¿Qué es esto, una prueba? ¿Un castigo?
—Es la verdad —dijo él, sin un solo cambio en la expresión—. Bianca nunca perdió nada por tu culpa. Eso es lo único que necesitas entender.
Bianca soltó un sollozo perfectamente cronometrado, llevándose una mano al vientre en un gesto que a cualquier otra persona en ese salón le hubiera partido el corazón.
—No hace falta que sigas con esto, Max —dijo ella, con la voz quebrada—. Ya se lo dijiste. Vámonos.
No tuve tiempo de contestar nada más. Un grupo de mujeres, con el mismo tipo de ropa discreta y la misma expresión vacía que ya había aprendido a reconocer, se acercaron por detrás y me empujaron con fuerza. Caí al piso, entre las mesas de juego, delante de toda esa gente que solo atinó a apartarse, incómoda, sin intervenir.
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Me quedé ahí, en el piso del mismo salón donde había empezado mi calvario meses atrás, con la falda arrugada y las manos raspadas contra la duela pulida. Busqué a Max con la mirada, esperando, contra toda lógica, que hiciera algo, que dijera algo, que al menos me tendiera la mano como aquella primera noche en ese mismo lugar.
No hizo nada. Se quedó de pie, con Bianca todavía colgada de su brazo, observándome desde arriba con una expresión que no lograba descifrar del todo: no era la crueldad limpia de antes, ni tampoco arrepentimiento. Era algo más parecido al vacío, a un hombre que se ha vaciado a propósito para poder hacer lo que está haciendo.
Entendí, con una claridad helada que me dolió más que cualquier golpe físico, que el hombre que me había rescatado dos veces era el mismo que ahora ordenaba, con su silencio, que me lastimaran otra vez. No tenía ningún sentido. Y sin embargo era real, tan real como el piso frío bajo mis manos.
—Vámonos, Max —dijo Bianca, tirando suavemente de su brazo, con esa voz de niña consentida que reservaba para cuando ya había conseguido lo que quería.
Max se dio la vuelta sin decir una palabra más. No me miró al salir. Caminó hacia la puerta del Club Dorado con el mismo paso seguro de siempre, dejándome tirada exactamente donde todo había empezado, mientras la clientela, poco a poco, volvía a sus mesas y a sus copas como si nada hubiera pasado.
Nadie se acercó a ayudarme a levantar. Los meseros seguían circulando entre las mesas con sus charolas, la clientela volvía, poco a poco, a sus copas y a sus apuestas, como si una mujer tirada en el piso del Club Dorado no fuera nada distinto del resto del espectáculo de esa noche. Me quedé ahí un momento más de lo necesario, no porque no pudiera levantarme, sino porque necesitaba ese segundo exacto para jurarme, en silencio, que la próxima vez que Max Bracamonte creyera que podía humillarme sin consecuencias, iba a descubrir exactamente cuánto se equivocaba.
Me levanté sola. Nadie me tendió la mano, y por primera vez en mucho tiempo, no la esperé de nadie.
no va con el nombre d la novela