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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:289
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 23

Capítulo 23: El lobo junto al estante

Doña Meche entró con atole de vainilla y una taza de canela que olía a mi casa desde la puerta. El sol ya estaba alto y el vientre, en paz. Casi: quedaba un tirón sordo, de fondo, como el recuerdo de un dolor más que el dolor.

Dejó la charola en la cama y se quedó parada, con las manos en el delantal.

—Dijo el patrón que si te aburres, vayas a la biblioteca. —Hizo una pausa que no supe leer—. Que así no andas de vaga.

Sé que había algo más en la frase original. Doña Meche tenía una manera de cortar las palabras del patrón por el lado que no hería.

Me tomé el atole en cuatro tragos. Con la taza de canela a medias, me acordé de lo que había decidido la noche anterior, y me salió sin pensar:

—Doña Meche… ¿el señor Salvatierra, de chico…?

—Eso no se pregunta en esta casa, niña. —Ni me miró; recogió la charola—. Come.

Me puse el vestido de lino azul y fui descalza por el pasillo hasta el fondo.

La puerta de la biblioteca estaba abierta. Y la biblioteca ya no era la biblioteca.

La pared de la derecha, la que antes tenía los libros de lomo café hasta el techo, estaba vacía de libros y llena de mí. Un estante de madera clara de piso a techo, nuevo, oliendo todavía a barniz, y en cada tabla, ordenadas por color como en un anaquel de farmacia, todas mis porquerías del mercado: las papas, las galletas de animalitos, los chicles de bolita, los cacahuates enchilados, los chocolates que se derretían nomás de verlos. Lo que yo había comprado con la idea infantil de arruinarlo a punta de basura estaba ahí, exhibido, como si valiera algo.

En el centro del cuarto, donde antes había un sillón de lectura, una mesa larga de trabajo.

Me acerqué despacio, como se acerca uno a un animal que no sabe si es manso.

Sobre la mesa, un tapete de corte verde, cuadriculado. Un caballete de pie, de madera, con el tornillo de bronce. Y en fila, con la precisión de alguien que alinea pantuflas: un juego de tiralíneas, un compás de precisión, estilógrafos de cuatro grosores, plumillas, frasquitos de pigmento mineral con la etiqueta en francés, hojas de papel japonés, tres pliegos de pergamino de cabra enrollados con listón, y un estuche de piel que abrí con dos dedos y me hizo tragar saliva: bisturí, espátulas, pinzas de punta fina, brochas de pelo de marta, una lupa de relojero. El estuche entero de un taller de conservación. Igual al de la facultad. Mejor.

En esa tierra, yo ya lo sabía, era más fácil conseguir balas que una pinza de relojero.

Se me calentaron los ojos, y me enojé conmigo por eso. No entendía nada. No sabía si quería que le dibujara algo, que le arreglara algo, que le pagara algo. Lo único que sabía, y me lo repetí con la mano sobre el pergamino, era lo de ayer: dijo que no me mata.

Puse una hoja de papel japonés en el caballete. Tomé un estilógrafo. Y me fui.

Dibujé el estante. Era lo que tenía enfrente. Las tablas, la luz cayendo de lado desde la ventana, las bolsas de colores convertidas en manchas. Trabajé una hora, dos, sin sentarme, y cuando me alejé para verlo el estante estaba bien, la luz estaba bien, y la esquina inferior izquierda se caía. Un vacío que jalaba todo el dibujo hacia abajo, como un barco que se hunde por la proa.

Necesitaba un peso ahí.

No pensé qué. La mano lo pensó. Trazos cortos, negros, cerrados. Una masa echada sobre el piso, junto a la pata del estante, con la cabeza sobre las patas delanteras.

—No está mal.

La voz me llegó de atrás, baja, a un paso. No lo había oído entrar. Nunca lo oía.

—Pero ¿por qué hay un lobo junto al estante?

Miré el papel. Era eso. Un lobo negro, dormido, con los ojos cerrados, y aun dormido pesaba sobre la hoja más que el estante entero.

Él dio la vuelta y se paró a mi lado, mirando el caballete. Camisa de seda gris oscuro, con las mangas dobladas, olor a afuera, a gasolina y a sol. Esperaba.

Pensé: se acabó, ahora hasta lo que dibujo se lee. Y dije lo primero que se me ocurrió, que fue lo peor:

—Porque… los lobos son… guapos.

No se rio. Se quedó mirando el dibujo un rato largo.

—La gente cree que el lobo es avaro —dijo—. Que se come todo. No es cierto. —Puso un dedo sobre la hoja, sin tocar la tinta, siguiendo la curva del lomo—. El lobo no abandona a su manada. No mata a sus crías. Caza en grupo y cada uno sabe su lugar. No hay mejor manual de táctica que una manada de lobos. Mi gente aprendió de ahí. No de los libros.

Yo no me movía. Nunca lo había oído decir tantas frases seguidas.

—Y el lobo es monógamo. —Bajó el dedo—. Una sola pareja. Toda la vida.

Se quedó callado. Y algo le pasó por los ojos, un frío que venía de otra parte, de muy atrás, y que no tenía que ver conmigo ni con el dibujo.

—Aquel hombre —dijo, muy bajo—, con todo su poder, ni a un lobo llegaba. Por eso tenía que morir.

No entendí. ¿Qué hombre? ¿Cuál? Me quedé con el estilógrafo en la mano y la boca entreabierta, y supongo que la cara se me puso como se me pone cuando el profesor pregunta algo que no estudié.

Él me miró. El frío se le fue, y en su lugar volvió lo de siempre, lo que usaba conmigo.

—¿Pareja? —Me estudió como a un caballo que no se va a comprar—. Tal vez demasiado tonta.

Doña Meche apareció en la puerta con una charola que no era para mí, y él ni volteó.

—¿Ya comió?

—Es que desayunó tarde, señor —dijo doña Meche, rápido—. Como a las once. Por eso no…

—¿Ya comió?

—…No, señor.

Miró el reloj de la pared. Dos menos cuarto.

—No comer es violar las Reglas. —Se cruzó de brazos—. Las firmaste. Las sabes.

—Es que estaba… —Señalé el caballete, como si el lobo pudiera hablar por mí—. ¿No puede ser… violar un poquito menos? Es que fue sin querer.

—¿Y tú por qué no violas un poquito menos?

No tuve respuesta. Nunca la tenía.

—Escoge —dijo—. Ahora. O el fin de semana, con lo de anoche y lo de hoy, junto. Con intereses.

Ahora era ahora, y lo de ayer todavía me ardía, y adentro todavía tenía el tirón de fondo. El fin de semana era lejos. Era el sábado. Era otro día, otra persona, otra yo que se preocupara.

—¡El fin de semana!

Algo se le movió en la boca. No fue una sonrisa. Fue el lugar donde va una.

—Tú lo elegiste.

—¡Primo! —Bruno entró sin tocar, con una camisa de flores moradas abierta hasta el tercer botón, y se paró en seco a dos pasos, olfateando el aire como un perro que entra a una cocina donde algo se quemó—. Ay, no. Aquí huele a sótano. Yo mejor…

—Bruno.

Bruno se detuvo con la mano en el marco.

—La Fénix aterriza a las tres.

—Ya me puse el traje en la cabeza. —Se dio la vuelta, y me vio, y le cambió la cara a la de vendedor—. Cuñadita. Mañana voy al Babilonia a cuadrar cuentas. Sábado, ambiente, gente de todos lados. ¿No quieres ver mundo? Ese casino tiene una fuente de oro macizo. De oro. Nomás para que la vean.

Lucio giró la cabeza hacia él con una lentitud que en cualquier otro hubiera sido nada.

Bruno levantó las dos manos.

Pero a mí ya se me habían ido los ojos. Salir. Un carro, un camino, gente que no fuera de esa casa, un casino de película. Se me debió notar en la cara, porque cuando Lucio volvió a mirarme, la voz le salió de otra manera, más baja, casi suave:

—¿Quieres ir?

Asentí. Dos veces, rápido, antes de que se arrepintiera.

—Va. —Y a Bruno, sin subir el tono—: Cuídala. Nada de lugares raros.

—¡No manches, primo! ¿Qué lugares raros? Es un casino. Tuyo.

—Bruno.

—Ya. Ya. —Bruno se llevó la mano al pecho—. Como a la niña de mis ojos.

Lucio se volvió hacia mí y señaló la puerta con la barbilla.

—Ahora vas a comer. Y no dejes de comer por tonterías.

Di dos pasos y me regresé.

—¿Y después de comer… puedo volver? —Señalé el caballete—. A dibujar.

Me miró. Y se le fue la boca hacia un lado, apenas, lo mismo de hace un rato, y no dijo nada, y salió, y Bruno salió detrás guiñándome un ojo, y yo me quedé en medio de la biblioteca sin saber si eso había sido un sí o un no o un "ya veremos", que en esa casa era la peor de las tres.

Antes de irme a comer pasé la vista por lo que quedaba de la pared de libros, la de la izquierda. Abajo, en la tabla más ancha, había un volumen grueso, forrado en tela verde, con el lomo agrietado. Un atlas. Viejo. Lo miré un segundo de más y me fui.

Comí en la cocina, con doña Meche vigilándome los tragos, y todavía no acababa la sopa cuando el aire cambió.

Primero fue un temblor en el agua del vaso. Luego el sonido, un golpeteo grave que venía del cielo y se acercaba, y se acercaba, hasta que los vidrios de la cocina lo repitieron.

Doña Meche fue a la ventana, movió la cortina un dedo y la soltó.

—Ya llegó la Fénix —dijo, muy bajo—. Hoy no salgas del cuarto.

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