A los veinte años, Wren Ashford tiene una vida perfecta sobre el papel: un apellido poderoso, un novio encantador y una familia que solo exige una cosa: que no arruine nada. Lo que nadie sabe es cuánto desea ella justo lo que no debería tener.
Una foto enviada por error lo cambia todo. En vez de llegar a su novio, aterriza en el teléfono de Weston Sinclair: el hombre más frío e intocable que conoce, dueño de un imperio tecnológico… y prometido de su hermana mayor.
Él podría destruirla con un solo mensaje. En cambio, le propone un trato.
Lo que empieza como un secreto para sobrevivir se convierte en un juego peligroso de miradas robadas, encuentros a puerta cerrada y una atracción que ninguno de los dos puede apagar. Cada regla que rompen los acerca más al abismo: si los descubren, no pierden solo un romance, pierden a sus familias, sus planes y la vida cuidadosamente construida de Wren.
Pero cuanto más finge que puede parar, más claro le queda la verdad: lo prohibido no fue un accidente. Lo eligió a propósito.
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Capítulo 6: No una obra de caridad
—No soy una obra de caridad, Wren.
Weston se puso de pie y tomó la carpeta que estaba junto a su tablet.
—Borrar algo que nunca debiste recibir no es caridad.
—Tú lo enviaste.
—Por accidente.
—Tu famoso accidente.
Wren puso la palma sobre la carpeta.
—Quiero confirmar que ya no está.
—Quieres registrar mi teléfono. Ni siquiera Rosalind pide hacer eso.
—Rosalind nunca te ha enviado por accidente una fotografía privada.
—No. —Esperó a que ella levantara la mano y luego tomó la carpeta.
Más allá de la puerta cerrada, sonó un teléfono de oficina. La señorita Reed seguiría en su escritorio. Wren podía salir, agradecerle por haber arreglado la entrevista y marcharse.
En cambio, probó con el nombre de Bowen.
—A Bowen no le gustaría esto.
Weston dejó de girar la carpeta entre las manos.
—¿Qué es exactamente lo que no le gustaría a mi hermano?
Ella sabía que estaba siendo tonta. Respondió de todas formas.
—Que tengas algo que era para él.
—¿Bowen sabe que la enviaste?
—Él sabe lo que le mando.
—Esa no fue mi pregunta.
Wren tragó saliva.
—Si le dijera que te niegas a borrarla…
—Primero tendrías que decirle que me la enviaste a mí. Y luego explicarle por qué has pasado cuatro días tratando de agarrarme a solas. —Weston dejó la carpeta—. ¿Quieres que esté presente para esa conversación?
A ella le ardió la cara.
—Te crees intocable porque eres su hermano.
—No. —Volvió a sentarse, sin prisa—. Creo que estás faroleando porque él es tu secreto.
Wren había pensado que él podría sospecharlo. Oírlo decirlo era distinto.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace un buen rato.
—¿Te lo dijo Bowen?
—Bowen le cuenta a todo el mundo más de lo que pretende.
—Confía en ti.
Los ojos de Weston se enfriaron.
—Mi hermano y yo no hablamos de confianza.
Ella notó el cambio en su voz. Bowen se quejaba de su hermano con bastante frecuencia. Quizá se había equivocado al suponer que el sentimiento iba en una sola dirección.
Weston tocó el botón del intercomunicador de su escritorio.
—Dígale a la junta que llegaré tarde, señorita Reed.
Luego abrió un cajón y sacó su teléfono. Lo puso sobre el escritorio, entre los dos.
Wren extendió la mano. La de él cubrió el aparato antes de que sus dedos tocaran el vidrio.
—Dije que no soy una obra de caridad.
Ella miró fijamente la mano sobre el teléfono. Él no iba a apartarla hasta que ella respondiera.
—Dime tu precio.
Solo después de decirlo oyó cómo sonaba.
Los ojos de Weston se alzaron a los de ella. Se tomó su tiempo para mirarla. Wren empezó a arrepentirse de haber preguntado.
Su mirada pasó del rostro a la garganta, y luego más abajo, por la blusa de seda que había elegido para parecer competente e inofensiva, por la línea donde la falda se encontraba con sus muslos.
Las rodillas de Wren se apretaron. Los ojos de él volvieron a los suyos. También lo había visto.
—¿Y después? —preguntó él.
—Después olvidamos que esto pasó.
—Dudo que lo logres.
Weston se recostó en su silla.
—¿Qué hacías antes de tomar la foto?
El aire abandonó sus pulmones.
—¿Perdón?
—Me oíste.
—Eso no es asunto tuyo.
—Y mi teléfono no es asunto tuyo.
—Eres repugnante.
—Entonces vete.
Bajó los ojos al documento que tenía al lado y tomó su bolígrafo. Empezó a leer. Al parecer, ella podía quedarse ahí parada todo el tiempo que quisiera.
—Estás disfrutando esto.
—Todavía no.
Wren lo miró fijamente. Él dejó el documento y le devolvió la mirada.
—Pediste un precio —dijo—. ¿Quieres oírlo?
Ella pensó en la foto llegando a su padre. En las preguntas de su madre. En Jean siendo amable al respecto delante de los invitados, para que Wren no pudiera protestar sin quedar peor.
Y Bowen sabría que la primera cosa íntima que Wren había intentado darle había terminado en manos de su hermano.
—Dilo con claridad —susurró.
Weston deslizó el teléfono al centro del escritorio.
—Tres minutos con él. Fotos. Carpeta de eliminados. Mensajes. Búsqueda. Después este tema se cierra.
Tres minutos bastarían para revisar. Wren esperó el resto.
La mirada de él descendió al borde de su falda.
—A cambio, harás lo que hacías antes de tomar esa foto.
Se le secó la boca.
—¿Aquí?
—Aquí.
—Contigo mirando.
—Sí.
Wren miró el teléfono, luego la puerta. Él había respondido con la misma calma que si aún estuvieran hablando de la entrevista.
—Estás loco.
—Es posible. —Weston hizo girar el bolígrafo una vez entre los dedos—. Si la respuesta es no, señorita Ashford, la entrevista terminó.
Su bolso estaba junto a la silla. Solo tenía que recogerlo e irse.
Se quedó donde estaba.