A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 15
Guerra fría y guardia secreta
A la mañana siguiente, Leo no tocó mi puerta.
Ni esa mañana, ni la siguiente, ni la otra. Se acabaron los desayunos, la miel que le sobraba, las cajas absurdas, los pretextos. Cuando coincidíamos en el elevador me saludaba con un "buenos días" tan cortés y tan frío que cortaba, la vista clavada en los números que subían, la mandíbula tiesa. Se bajaba en su piso sin voltear. Un muchacho de veintitantos haciéndome la ley del hielo con toda la solemnidad de un tratado internacional, y yo sin entender del todo qué había hecho, salvo devolverle un collar y darle un consejo sensato.
—Está en su edad —le dije a Lorena en el gimnasio, encogiéndome de hombros—. Los jóvenes se ofenden por nada.
Pero me quedaba una espinita. Porque el mismo muchacho que no me dirigía la palabra seguía, no sé cómo, pendiente. Un día la portería me subió una despensa "que dejaron pagada, sin nombre". Otro, el conserje don Beto me juró que "el señor de enfrente" había preguntado si yo había llegado bien de noche. Frío por delante, pendiente por detrás. Ni modo. Allá él con su berrinche.
Yo tenía cosas mejores que hacer que descifrar a mi vecino.
Vacié el clóset entero, por segunda vez en mi vida, pero distinto. La primera había sido para sacar los vestidos que Gustavo no me dejaba estrenar. Esta vez saqué lo que ya no me representaba: la ropa holgada, apagada, de esconderme, de "una señora casada no llama la atención". La doné toda. Y me fui de compras conmigo misma, sin pedir permiso ni opinión, y elegí por primera vez pensando en mi cuerpo real —este, el de cuarenta, el que el gimnasio me estaba devolviendo firme— y no en el cuerpo disculpándose que arrastré media vida. Colores. Cortes que marcaban. Una gabardina roja que me quedaba de miedo. Me probé cada cosa frente al espejo y me gusté, otra vez, sin culpa.
—¡Esa eres tú! —Lorena aplaudió cuando salí del probador con la gabardina—. Regina, te lo juro, pareces otra. No más joven, ¿eh? Más tú.
—Más yo —repetí, y me quedé con la frase.
Fue Lorena, también, la que me metió en la siguiente aventura.
—Oye, la cadena del gimnasio arma un viaje a Guadalajara la semana que entra. Una semana. Clases, entrenamiento, spa, y de noche a conocer. Anímate. —Me tomó de las manos, con una chispa medio triste en los ojos—. Yo necesito salir de mi casa, comadre. Necesito acordarme de quién era antes de ser "la señora de la casa". Ven conmigo. Por favor.
—Voy —dije, sin pensarlo. Y qué bien se sintió decir "voy" a algo, sola, por gusto—. Compramos los boletos hoy.
Los compramos esa tarde. Dos lugares a Guadalajara, salida el lunes. Empecé a hacer una lista de lo que iba a llevar y me descubrí ilusionada como niña en vísperas, doblando ropa nueva en una maleta, con la ventana abierta y la ciudad zumbando abajo.
—
Del frente enemigo, como siempre, me enteré por Jimena.
—Comadre, esto está mejor que novela —arrancó una noche—. ¿Te acuerdas de que Náyra fabrica media línea con una maquila de Grupo Mendívil? Pues fíjate que, de un día para otro, "por fallas en la maquinaria", Grupo Mendívil les paró la producción. Toda. Sin fecha de reanudación. Náyra tiene los pedidos encima, la bodega vacía, y el IPO colgando de un hilo. Gustavo anda como perro, tocando puertas, y del lado Mendívil no le contestan más que "estamos evaluando". Evaluando. —Se rió con ganas—. Alguien allá arriba les agarró el cuello y aprieta despacito, para que duela más.
—Qué casualidad —dije, y algo se me movió en el pecho que preferí no mirar.
—Casualidad las narices. Pero oye, a mí que se hundan. —Bajó el tono, saboreando—. Y agárrate la mejor parte. Gustavo llegó de la comisaría a Altavista y se encontró la entrada tapiada de cajas: todo lo que le mandaste de Las Lomas. Su ropa, sus premios, y las fotos de la boda, que con el traqueteo llegaron dobladas, chuecas, con el vidrio estrellado justo sobre su cara. Un poema. Yésica hizo un escándalo de espanto, que "qué es esta mudanza", que "de aquí sacas a la otra o me voy". Y él, entre eso, la casa vendida a sus espaldas, la maquila parada y el dinero apretándose, se les vino abajo. Dicen que se sentó en el piso, entre las cajas, con la cabeza entre las manos. Y que Yésica, muy digna, dejó de gritar de repente y se le pegó melosa. Ya entendió que del barco que se hunde solo se salva la que se casa con el capitán. Ahora quiere ser la señora Rendón. Pobre. Se pelea por el timón de un barco con un agujero del tamaño de tu divorcio.
Colgué sin una gota de rencor. Que se quedaran con su naufragio. Yo tenía una maleta abierta sobre la cama y un boleto a Guadalajara.
—
El domingo, la víspera del viaje, bajé al súper y subí con las bolsas pensando en tocarle a Leo. No sé por qué. Se me ocurrió que, guerra fría o no, no estaba bien irme una semana sin avisarle al vecino, por si algo. O quizá solo quería una tregua antes de irme. Toqué la puerta de enfrente.
Me abrió un desconocido.
Un hombre grande, de hombros anchos, con cara de pocos amigos suavizada a la fuerza en una media sonrisa educada. Lo había visto antes, caí de golpe: era uno de los inquilinos "nuevos" del cuarto piso, el que apareció la noche del asalto, el que se agachó a preguntarme si estaba bien.
—El señor no se encuentra —dijo, cortés, ocupando el marco con el cuerpo—. Yo le echo un ojo al departamento estos días. ¿Le doy un recado?
—¿Usted vive aquí ahora? —Me quedé con las bolsas colgando, confundida—. Creí que rentaba en el cuarto.
—Ando entre los dos. —Ni se inmutó—. Cosas de la renta. ¿El recado?
—No, ninguno. —Retrocedí un paso, con una incomodidad que no supe nombrar—. Dígale que... nada. Que me fui de viaje. Gracias, eh...
—Solís. —Inclinó apenas la cabeza—. Que tenga buen viaje, señora Ávalos.
Buen viaje. Yo no le había dicho que me iba de viaje. Se lo dije en ese instante, sí, pero él lo remató con una naturalidad de quien ya lo sabía, como quien confirma un dato, no como quien lo escucha por primera vez.
Cerré mi puerta con una sensación rara trepándome por la espalda. Los mismos inquilinos que caminaban siempre a mi rumbo. El que llegó justo a tiempo la noche del asalto. Y ahora cuidando el departamento de Leo, sabiendo mi apellido, sabiendo que me iba. Piezas. Otra vez piezas que mi cabeza se empeñaba en juntar y que yo, por costumbre, separaba.
Terminé de hacer la maleta ya de noche. La cerré, la puse junto a la puerta, dejé el boleto encima. Antes de apagar la luz me asomé a la ventana, no sé buscando qué.
Abajo, en la penumbra de la acera de enfrente, en el mismo sitio de siempre, estaba el Bentley plateado. Quieto. El motor encendido, un hilo de humo saliéndole del escape en el aire frío. Y nadie bajaba. Nadie subía. Solo esperaba ahí, como llevaba esperando yo no sabía cuánto, mirando hacia mi ventana.
Debía sentir miedo, pensé. Una mujer sola, un coche que vigila, un vecino que manda desconocidos a cuidar su puerta y sabe mis viajes antes que yo los diga. Todas las alarmas que la ciudad me había enseñado a encender. Y sin embargo, igual que la noche del asalto con aquella pareja atenta a mis espaldas, esa sombra quieta no me daba miedo. Me daba, contra toda razón, la rara sensación de estar cuidada. Y no saber por quién.
Corrí la cortina despacio y apagué la luz.
Del otro lado del pasillo, muy tenue, se colaba todavía una raya de claridad bajo la puerta de enfrente. El vecino que no me hablaba seguía despierto. Me quedé un segundo mirando esa línea de luz en el suelo, con la maleta lista y el boleto encima, y una pregunta tonta rondándome ya medio dormida: por qué, si estaba tan enojado, no se apagaba esa luz.
Mañana, Guadalajara, me dije. Mañana empieza otra cosa.
No tenía idea de cuánto.