Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 17
Marel permanecía sentada en el borde del sofá, con la mirada perdida en algún punto de la pared, como si aún no hubiera terminado de procesar lo que había ocurrido.
El silencio entre ambas era denso, interrumpido solo por su respiración irregular.
—No lo sé… —dijo finalmente, con la voz quebrada apenas en un hilo—. Verlo fue impactante… como si no hubiera pasado el tiempo.
Sus manos se entrelazaron con fuerza.
—Todo volvió de golpe, Zaira. Todo.
Tragó saliva.
—¿Qué voy a hacer? ¿Y si descubre a Brian…? ¿Y si quiere quitármelo?
Las palabras salieron más rápido de lo que pretendía, como si llevaran años atrapadas.
Zaira la observó con calma, sin interrumpirla de inmediato.
Sabía que Marel no estaba exagerando su miedo… pero tampoco estaba viendo con claridad.
—Marel —dijo al fin, acercándose un poco—. No te pongas en lo peor.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No entiendes… Rainer no sabe que tuvimos un hijo. Y si lo descubre, todo se va a salir de control.
El aire en la habitación pareció hacerse más pesado.
Zaira suspiró, suavizando el tono.
—Escúchame.
Se sentó a su lado.
—No te adelantes. Y no vas a enfrentar nada esta noche.
Marel cerró los ojos un segundo, como si las palabras le dolieran y al mismo tiempo la sostuvieran.
—No debí ocultarlo… —susurró—. Pero no quería que se sintiera obligado a estar con nosotros.
Zaira bajó la mirada un instante, entendiendo más de lo que decía, le tomó las manos con firmeza.
—Ahora lo que necesitas es calmarte.
Marel abrió los ojos lentamente.
—¿Cómo?
Zaira le dedicó una pequeña sonrisa tranquila.
—Te vas a dar una ducha caliente.
Pausa.
—Y cuando salgas, aquí te voy a estar esperando con un té.
Marel la miró, aún con el caos en el pecho.
—Zaira…
—Sin peros —la interrumpió suavemente—. Hoy ya fue suficiente.
Hubo un silencio breve.
Más liviano.
Marel asintió despacio, como si apenas pudiera confiar en ese pequeño respiro.
Se levantó del sofá con movimientos lentos y se dirigió hacia el pasillo.
Antes de desaparecer, se detuvo un segundo.
Y aunque no dijo nada, el miedo seguía ahí.
Porque por más que intentara calmarse…
Rainer ya había vuelto.
Y eso significaba que el pasado no se había quedado en la distancia.
Solo estaba esperando el momento correcto para acercarse otra vez.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Rainer entró al penthouse sin encender demasiadas luces. El silencio del lugar contrastaba con el ruido que llevaba dentro desde el encuentro de esa noche.
Mar...
Ese nombre seguía rebotando en su cabeza como una interferencia constante.
Ni siquiera había terminado de quitarse la tensión del encuentro cuando la vio.
Alessia.
Lo estaba esperando en la sala, apoyada con una seguridad estudiada, vestida con una lencería provocadora, claramente preparada para recibirlo.
—Por fin llegas —dijo ella con una sonrisa seductora—. Te extrañé.
Rainer se quedó quieto un segundo en la entrada.
Pero no respondió como antes.
No reaccionó como ella esperaba.
Ni su mirada cambió.
Ni su cuerpo mostró interés alguno.
Era como si su mente estuviera en otro lugar completamente inaccesible.
Alessia se acercó, intentando recuperar el control de la situación, rozándolo con intención clara, buscando la respuesta habitual.
Pero no obtuvo nada.
Rainer permaneció frío, distante, sin ningún tipo de reacción física o emocional visible, completamente desconectado de cualquier intento de seducción.
El gesto de ella comenzó a tensarse.
—¿Rainer…?
Él exhaló despacio, pasando una mano por su rostro.
—Estoy cansado.
Alessia lo miró incrédula, como si no entendiera lo que estaba pasando.
—¿Me vas a dejar así?
Rainer evitó cualquier contacto visual prolongado.
—Iré a tomar un baño e iré a descansar.
Sin decir nada más, se apartó y caminó hacia el pasillo.
Alessia se quedó inmóvil en el centro del salón, con la expresión endurecida.
Su sonrisa había desaparecido por completo.
En su mente, la frustración se transformó en ira contenida.
“¿Cómo se atreve a rechazarme ese estúpido…?”
Rainer, por su parte, cerró la puerta del baño detrás de él y apoyó las manos en el lavamanos.
El agua aún no corría.
Y en su reflejo, solo había una cosa clara.
No era Alessia lo que ocupaba su mente.
Era ella.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
En la casa de Marel, la luz era tenue y cálida, como si el ambiente intentara suavizar lo que aún pesaba en el aire.
Marel estaba sentada en el sofá, con una taza de té entre las manos. El vapor subía lentamente, pero ella apenas lo notaba. A su lado, Zaira también sostenía su taza, observándola en silencio, sin presionarla.
El sonido de la casa era mínimo. Solo el leve roce de la porcelana y el murmullo lejano de la ciudad.
—Respira —dijo Zaira finalmente, con voz suave.
Marel bajó la mirada a la taza.
—Lo estoy intentando.
Pero su mente no estaba ahí.
Seguía en esa calle.
En ese instante.
En esa mirada.
Cinco años habían pasado, pero el cuerpo no había olvidado lo que el corazón nunca terminó de soltar.
Zaira dio un pequeño sorbo a su té.
—No tienes que resolver todo hoy.
Marel apretó ligeramente la taza entre sus manos.
—Es que no es solo él, Zaira.
Silencio.
Zaira la miró con más atención.
Marel dudó un segundo… pero la verdad ya estaba demasiado cerca de la superficie.
—Es Brian.
El nombre cayó suave, pero con un peso enorme.
Zaira no dijo nada de inmediato. Solo bajó un poco la mirada, entendiendo la profundidad de lo que implicaba.
Marel tragó saliva.
—Si Rainer empieza a acercarse… si sospecha algo… todo puede cambiar.
Sus dedos se tensaron alrededor de la taza.
—Y yo no sé si estoy lista para eso.
El silencio volvió a llenar la sala, más denso que antes.
Zaira dejó su taza sobre la mesa y se inclinó apenas hacia ella.
—Pero ya volvió, Marel... no quiero mortificarte más pero en algún momento Brian querrá saber de su padre.
Ella cerró los ojos un segundo.
Porque esa era la parte que más le dolía aceptar.
No era un “si”.
Era un “ya”.
Y eso significaba que el pasado no estaba tocando la puerta.
Ya había entrado.