Donatella lo dio todo por su matrimonio. Veinte años dedicada a un hombre que dejó de verla, a una vida que dejó de ser suya. Hasta que un día decidió que ya era suficiente.
A los cuarenta, la mayoría del mundo le dice que su mejor momento ya pasó. Pero Donatella está a punto de descubrir que la mujer más poderosa de su vida siempre estuvo ahí, esperando ser liberada.
Nueva ciudad. Nuevo cuerpo. Nueva actitud. Y un hombre que aparece en el momento exacto para recordarle que el deseo no tiene fecha de caducidad.
Porque después de los cuarenta no se termina la historia. Se empieza la mejor parte.
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Yendo a la fiesta...
Leonardo
Estoy listo para ir a la fiesta que el consejo insistió en hacer. Todavía tengo esa sensación extraña.
—Leo, ¿estás bien? —preguntó Renata.
—Sí —dijo Leonardo.
—Discúlpame, muchacho, pero necesito decirte algo, tengo una sensación extraña, ten cuidado en esa fiesta y lleva esto —dijo Renata, que le puso un crucifijo en el bolsillo del traje.
—Ok, yo también siento que algo anda mal —dijo Leonardo, y salió.
Renata
Mi Jesús, protege a este muchacho, ya pasó por tantas cosas... Ángel, ve con él.
Leonardo
Llegué a la fiesta, Ítalo y Aurélio ya me esperaban en la entrada y con las cabezas de los desgraciados. Después de mostrárselas a todos y hablar brevemente sobre lo que les pasa a los traidores, mando a uno de mis hombres a llevar las cabezas de vuelta al edificio de la mafia y la fiesta comienza.
Como saben que pronto tendré que elegir esposa, muchos que tienen hijas se acercan con intentos y no, eso no les incumbe a ellos.
Hay algunas que prestan servicios para mafias y hasta podrían interesarme, pero hoy no es el momento de pensar en ese asunto. Cuanto más tiempo pueda ganar, mejor.
Esa sensación extraña todavía permanece, las horas van pasando, Ítalo y Aurélio desaparecieron, no me está gustando esto.
Vienen algunos miembros del consejo, algunas mujeres y se quedan conversando, se arma medio tumulto. ¡Lo detesto! Y lo saben bien, hago señal a mis guardias y pronto todos van saliendo.
Llega Alessia, es una mujer muy bonita de cuerpo, conozco sus intenciones y le dejo claro que quiero quedarme solo, pronto me voy, ya es casi medianoche.
Ella se va, pareciendo molesta y me importa un carjo.*
Tomo mi whisky, buscando a Ítalo y Aurélio, esto está muy extraño. Cuando tomo otro trago, siento algo raro.
¡Hijos de pta, pusieron algo en mi bebida!*
Agarro mi celular y llamo a Adelaide, ya que Ítalo y Aurélio desaparecieron, no atienden el teléfono y ni pensar en confiar en nadie, ni chofer, ni guardia... ya vi a personas venderse jurando fidelidad eterna.
—Hola, señor Leonardo —dijo Adelaide, con voz baja.
—Adelaide, necesito que venga a buscarme —dijo Leonardo.
—Discúlpeme, señor Leonardo, pero me caí hoy por la tarde, cuando salía del salón de fiestas, y me fisuré el hueso del pie, no puedo manejar, tengo el pie inmovilizado. Llame a Donatella, ella va, puede confiar en ella, le doy mi palabra de que no hay peligro, es responsable y de confianza. Le voy a mandar una foto de ella para que sepa quién es —dijo Adelaide.
—Ok —Leonardo colgó.
Leonardo
¿Se cayó? Esto me huele a sabotaje, ok, no tengo opción ni tiempo, no tomé mucho, tal vez la mitad, estoy tomando agua, pero sé que dentro de poco el efecto va a empezar y es cuestión de minutos...
Voy a tener que llamar a la empleada que ni conozco todavía, no puedo confiar en nadie... si Renata y Adelaide dicen que es confiable, entonces lo es.
Donatella
Ay, qué sueño tan rico, ¿qué ruido es ese? ¡No! No quiero despertarme, pongo la almohada en la cabeza y nada de que pare esa música que me irrita. ¡Ups, es mi celular, debería haberlo apagado! Ahí me acuerdo de que tengo un jefe y ¡merda! Es él.*
Atiendo con tanta prisa para que no deje de sonar y se me cae el celular, yo, la almohada, creí que la mesita de noche estaba más cerca de la cama... dio un estruendo.
Leonardo
Una mujer atiende y hace un estruendo, ¿será que se mató?
—Aló, señor Leonardo, ¿qué necesita? —dijo Donatella, sentándose en el piso.
—Venga ahora a buscarme, me estoy sintiendo mal y ¡tiene que ser ya! Le estoy mandando la dirección y esperando —dijo Leonardo, colgando.
Donatella
Ay, qué tierno, ganas de darle un puñetazo en la cara. Si no tuviera un salario tan bueno, yo misma lo mataría, estaba en un sueño tan bueno y mira, ni puedo recordar qué estaba soñando... ¡qué rabia!
¡Y tiene que ser ahora! ¡Pesado! Me pongo un abrigo largo encima del pijama, me lavo los dientes y salgo, solo llevarlo a su casa y vuelvo.
Ups, pero ¿quién es él? Ok, sé quién es, pero ¿su cara? Ay, Dios mío, ¿cómo lo voy a encontrar? ¡No conozco al ogro de mi jefe! O digo loco, paranoico tal vez, para llamarme a medianoche y pedirme que lo busque. El hombre tiene seguridad hasta para los dientes, no me extrañaría, y yo soy quien tiene que ir a buscarlo...
Ok, agarro el celular y tiene un mensaje de Adelaide con la foto de él, ese es el señor Leonardo.
Uf, qué guapo, ¡cielos! Es un grosero, eso sí. Voy pensando, ¿será que Adelaide es vidente?... mañana le pregunto, ahora tengo que encontrar al guapo grosero y malvadón de mi jefe.