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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:85
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 2

Capítulo 2 — El precio de una vida

No me dieron tiempo de contestar. En ese mundo, según fui aprendiendo, las preguntas de los poderosos son órdenes con signos de interrogación de adorno.

Me sacaron del cobertizo cuando ya caía el sol y el cielo de Almanegra se ponía del color de una herida. El Sapo estaba afuera, sudando, retorciéndose las manos frente al Cuervo. Los oí discutir un precio. Discutían por mí.

—Trato hecho —dijo al final el flaco, sin levantar la voz—. La médica se va con el Señor. Y agradece que hoy solo te llevas dinero.

Así supe cuánto valía. Me habían comprado como quien compra una vaca en el tianguis. El Sapo, que dos horas antes me había revisado los dientes, ahora ni me miraba: le tenía más miedo al comprador que asco a la mercancía.

El Cuervo se me acercó otra vez. Ya sabía yo que se llamaba Saúl; alguien lo había nombrado al pasar.

—A partir de ahora tú eres su médica de cabecera —dijo, como quien lee una sentencia—. Y algo más. —Hizo una pausa mínima—. Tienes un tipo de sangre raro. AB, Rh negativo. El Señor también. Eso, en un sitio como este, vale más que el oro.

Reserva de sangre. Ni siquiera me molesté en fingir sorpresa. Encajé la información donde encajaba: no me querían por mí, me querían por lo que mi cuerpo podía dar. Un par de manos que cosían y una vena que servía de repuesto.

Y sin embargo, en medio del asco, una parte fría de mi cabeza —la parte que mi Nana Nazaria llamaba "la que te va a salvar cuando la otra se ponga a llorar"— tomó nota y hasta se alegró un poco. Porque una mercancía que solo sirve para vender de una vez, se vende de una vez. Pero una que cura y da sangre rara sirve estando viva, y estando viva por mucho tiempo. Mi utilidad era mi cadena, sí, pero también era mi correa de vida. Mientras yo valiera más entera que en partes, tenía tiempo. Y con tiempo, todo se puede.

Y ahí, entre el olor a diésel y el zumbido de un helicóptero que empezaba a girar sus aspas al fondo del campamento, tomé la primera decisión cuerda desde que crucé la frontera.

"Bien, Ana", pensé. "Si te quieren viva, viva te quedas. Vas a hacerte la mansa. Vas a servir, vas a sonreír, vas a esperar. Y a la primera rendija, corres."

No era resignación. Era estrategia. Lo único que me quedaba.

Antes de subirme, alcancé a mirar hacia atrás una última vez. El campamento quedaba atrás con sus jaulas de hierro, sus cobertizos de lámina, sus otros bultos humanos que yo no había alcanzado a contar y que esa noche seguirían el camino que a mí, por pura casualidad y una bala, me habían perdonado. En algún lugar, más allá, iba Yesi. No supe si viva, no supe si cerca. Me tragué el nudo. "Después la buscas, Ana", me prometí, aunque no tuviera con qué cumplirlo. "Primero sales tú."

Me subieron al helicóptero junto a Dante, que iba tendido en una camilla, entrando y saliendo de la conciencia. Volvía a sangrar un poco por el vendaje; se lo habían apretado mal, con esa prisa torpe de los que no saben. Le pedí a Saúl suero y gasas, y me las dieron sin chistar, cosa que me sorprendió. Le puse la vía en el dorso de la mano con cuidado, le busqué la vena a la primera —tantas veces le había clavado la aguja a Chato para sus vacunas que ya tenía el pulso hecho—, le limpié la herida y le ajusté la presión del apósito. Solo eso. Manos de enfermera, nada más; me cuidé de que cada gesto fuera clínico, seco, sin un roce de más, porque intuía que en ese hombre cualquier cosa se podía malinterpretar. También, para qué negarlo, porque tocarlo me daba un no sé qué. Aun tendido, aun herido, tenía algo de fiera dormida: uno le cura la pata al león, pero no se olvida de que es león.

En una de esas idas y venidas de la conciencia, Dante abrió los ojos. Me miró trabajar. Luego movió apenas la cabeza hacia Saúl y dijo, con un hilo de voz que sin embargo cortó el ruido de las aspas:

—Con la muchacha… no seas tan bruto. De ahora en adelante.

Saúl se quedó tieso. Yo también. No por la orden en sí, sino por la cara del Cuervo: era la cara de un hombre que lleva años sirviendo a alguien y nunca lo ha oído decir algo así. Me di cuenta de que acababa de presenciar una rareza, aunque todavía no supiera de qué tamaño.

Aparté los ojos y volví al suero. "No te confundas, Ana", me dije. "Que a un caballo le den avena mejor no lo hace libre. Sigue siendo del dueño."

El helicóptero se elevó. Por la ventanilla vi cómo el campamento se encogía hasta ser una mancha de lámina en medio de una nada verde. Y esa nada seguía y seguía. Selva, después montaña, después más selva. Ni una carretera de verdad. Ni un pueblo con nombre. Ni una torre, ni una antena, ni la luz de una gasolinera perdida.

Se me apretó el estómago con un miedo distinto al del cobertizo, un miedo más lento y más hondo.

"¿Y a dónde piensas correr, Ana?", me preguntó por dentro una voz que se parecía a la de mi madre cuando yo hacía tonterías. "¿Hacia qué lado? El consulado más cercano de tu país está del otro lado de este mundo. Aquí no hay a quién gritarle."

Por primera vez desde la jaula no fue el hambre ni la sed lo que me dio ganas de llorar. Fue la geografía. La distancia pura. Entendí que podía escaparme mil veces y que la selva me devolvería, cansada y descalza, al mismo punto de partida.

Guardé el llanto. Llorar gastaba agua y yo no tenía de sobra.

En vez de llorar, hice cuentas. Repasé lo poco que sabía. Sabía que estaba en un lugar llamado Almanegra, del que jamás había oído hablar en clase de geografía. Sabía que aquí las leyes eran las que dijera un hombre con un león pintado en las camionetas. Sabía que ni la policía ni un consulado ni un teléfono me servirían de nada, porque para llegar a cualquiera de esas cosas primero había que salir de esta selva, y de esta selva no se salía caminando. Sabía, en fin, que estaba más sola de lo que había estado nunca. Y aun así, terca como mi madre, apunté por dentro la única regla que pensaba seguir: no morirme. Todo lo demás venía después de no morirme.

Volamos mucho rato. Empezó a oscurecer del todo. Y entonces, al doblar una cordillera, apareció.

Primero fue un resplandor, como si alguien hubiera prendido una ciudad entera en la falda de un cerro. Después, muros. Muros altísimos, de piedra clara, coronados de reflectores, con torres que subían al cielo negro y una que se alzaba sobre todas las demás. El helicóptero pasó rasante sobre la muralla y la luz me dio de lleno en la cara, un oro cegador que no tenía nada que envidiarle a los palacios de las películas.

No era una casa. No era un cuartel. Era otra cosa, una cosa para la que yo no tenía palabra en ningún idioma.

Saúl, a mi lado, notó cómo se me abría la boca.

—La Fortaleza del Sol —dijo, y por una vez hubo en su voz algo parecido al orgullo—. El Solar. Bienvenida.

Miré aquellos muros que brillaban como si tuvieran fuego adentro, los reflectores barriendo el patio, los hombres armados en las almenas, y sentí que el estómago se me caía hasta los pies. Detrás de mí, en la camilla, Dante dormía con la respiración cada vez más fuerte, cada vez más sana, recuperándose a una velocidad que ningún herido de bala tenía derecho a tener.

Se me escapó la pregunta antes de poder tragármela, en voz alta, para nadie y para todos:

—¿Esto… es una fortaleza?

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