Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 9
El silencio en el pasillo se volvió denso, casi irrespirable. La única respiración que se escuchaba era la agitada del pequeño Lucas, quien seguía de pie junto al emperador, completamente ajeno a la tormenta que acababa de desatarse.
Vinicius no se movió. Permaneció estático, con el bastón de marfil apoyado firmemente contra el suelo, mientras su poderosa presencia envolvía por completo el espacio. Su mirada desigual —el ojo ámbar afilado como una cuchilla y el ojo azul brumoso evaluando cada detalle— se posó sobre la figura encogida de Elizabeth, quien mantenía la frente pegada al frío mármol.
Para los hiperdesarrollados sentidos de un alfa puro, la proximidad lo revelaba todo: el ligero temblor en los músculos de la muchacha, el ritmo acelerado de su pulso contra la garganta, y, sobre todo, ese extraño y desconcertante vacío en su esencia que desafiaba cualquier lógica imperial. No había rastro del aroma característico de una loba de manada; solo el silencio absoluto de una presencia que intentaba borrarse a sí misma.
—Levántate —ordenó el emperador. Su voz resonó baja, profunda y magnética, con una autoridad tan implacable que no admitía réplica.
Elizabeth tragó saliva, sintiendo que el peso de los siglos caía sobre sus hombros. Con extremada cautela, conteniendo el temblor de sus manos, obedeció y se incorporó despacio, manteniendo la vista fija en el suelo y una postura respetuosamente sumisa, sin atreverse a cruzar su mirada con la de él.
Vinicius dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos. Desde su imponente altura, el emperador la examinó en silencio durante unos segundos eternos, midiendo cada reacción, buscando el más mínimo desliz que delatara una mentira.
—Así que tú eres la nueva niñera —comenzó Vinicius, deslizando las palabras con una lentitud calculada, mientras inclinaba ligeramente el rostro para intentar percibirla mejor con su visión fragmentada—. La que logró en un solo día lo que decenas de mujeres competentes no pudieron en semanas.
—Su majestad... —murmuró Elizabeth con la voz controlada, esforzándose por mantener la calma y evitar que el temblor de su interior se filtrara en sus palabras—. Solo cumplí con mi deber hacia el príncipe heredero. No era mi intención faltar al protocolo ni provocar un altercado en los pasillos reales.
A su lado, Lucas dio un pasito al frente, sintiendo de repente la tensión en el ambiente y tratando de interponerse con la inocencia de sus siete años.
—Ella no hizo nada malo, papá. Estábamos jugando a las escondidas... fui yo quien se lo pidió —defendió el niño, estirando levemente la manga de la túnica del emperador.
Vinicius bajó la vista hacia su hijo por un instante, y la rigidez de su mandíbula pareció suavizarse imperceptiblemente, reflejando el profundo afecto y la protección que sentía por el heredero. Luego, devolvió sus ojos desiguales hacia Elizabeth, evaluando la escena con la mente fría de un estratega.
—Las normas de este palacio son estrictas, niñera —sentenció el emperador, con un tono glacial que volvió a helar el aire a su al rededor—. Aquí el caos y los juegos imprudentes no tienen cabida, y menos aún cuando se trata de la seguridad del heredero.
Vinicius hizo una pausa, dejando que la amenaza implícita flotara en el ambiente antes de dar el veredicto que decidiría su destino inmediato:
—Has demostrado ser útil para calmar a Lucas, y eso te ha salvado de una expulsión inmediata. Pero a partir de ahora, cada uno de tus pasos estará bajo mi directa vigilancia. No toleraré errores. ¿Ha quedado claro?
Elizabeth sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas, pero apretó los dientes y mantuvo la fachada de absoluta obediencia, sabiendo que acababa de entrar voluntariamente en la boca del lobo.
—Comprendo perfectamente, su majestad —respondió ella en un susurro firme, haciendo una nueva reverencia—. No le decepcionaré.
El emperador Vinicius la observó en silencio un último instante, como si intentara descifrar cada capa de su fachada con sus agudos sentidos de alfa, antes de desviar la mirada.
—Retírate a los aposentos del heredero —ordenó el soberano con sequedad, girando ligeramente su cuerpo apoyado en el bastón de marfil—. La hora de la cena está próxima. Que no se repitan estas distracciones.
—Sí, su majestad —respondió Elizabeth en un susurro respetuoso, manteniendo la cabeza baja mientras veía las pesadas botas de la túnica imperial alejarse por el pasillo.
Lucas, aún un poco desconcertado por la severidad del ambiente, se quedó mirando cómo su padre se marchaba antes de girarse hacia ella. Con la inocencia intacta, estiró la mano y tiró suavemente del borde de su vestido, como si quisiera comprobar que ella seguía allí.
—¿Estás bien, Nana? —preguntó el niño con preocupación en su vocecita.
Elizabeth exhaló un suspiro lento, dejando que el alivio de haber sobrevivido a ese primer y catastrófico encuentro con el emperador la recorriera por dentro. Se arrodilló a su altura, le regaló una sonrisa tranquilizadora y le acomodó el cuello de la casaca.
—Estoy bien, alteza. No se preocupe por mí —dijo con voz suave, recuperando la compostura—. Pero tiene razón en algo: debemos prepararnos para la cena. Vamos.
De la mano, ambos regresaron a la seguridad de los aposentos reales. Sin embargo, mientras cumplía con el estricto protocolo de servir la comida y probar cada bocado bajo la atenta mirada de los criados de guardia, Elizabeth sabía que el margen de error se había reducido a nada.
El emperador Vinicius ya la tenía en la mira. Cada movimiento, cada palabra y cada respiro suya estarían bajo la lupa de un alfa que no confiaba en las casualidades. Y lo peor de todo era que, a pesar del peligro mortal que significaba estar tan cerca del hombre más poderoso e intuitivo del imperio, una peligrosa chispa de desafío había comenzado a encenderse en su interior.