Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Segunda jugada: Pieza sorpresa
Dilan
La vida siempre me pareció un bucle aburrido. Todo a mi alrededor era predecible, monótono, una coreografía de gente que seguía el camino marcado sin cuestionar nada.
Hasta que apareció ella. Una chica que tuvo la audacia de darme un puñetazo en el rostro solo porque me atreví a decirle que me parecía linda.
Una sonrisa oscura se dibujó en mi rostro al recordarlo. Mi "tigresa".
—¿De qué te ríes? —preguntó Brandon, interrumpiendo mis pensamientos.
Aparté el recuerdo, ignorando la fiesta ruidosa que lo rodeaba. Mujeres por montón, todas con el mismo molde, todas igual de prescindibles. Nada diferente.
—De nada —respondí, vaciando mi vaso.
—No sonríes así desde la universidad.
—Tengo mis motivos —atajé, cortante. No tolero las conversaciones triviales sobre mi vida personal. Si no es trabajo o estrategia, para mí no existe.
Mis padres, en su infinita miopía, creyeron que podían encadenarme con un matrimonio por conveniencia. Llevo tres años rescatando la empresa familiar del abismo en el que la hundieron; deudas, hipotecas, una gestión desastrosa. Lo que ellos ignoran es que yo no solo estoy salvando el barco, estoy comprando el océano. Para lograrlo, tuve que sacrificar mi propia empresa, dejando a Tylor al mando y a una secretaria personal para que me reportara todo. Emma.
Es eficiente, incisiva, letalmente inteligente y tiene un cuerpo que me distrae más de lo que debería. Pero lo mejor de todo es que es el único ser humano que ha osado ponerme límites. Después de aquel puñetazo, decidimos mantener la distancia. Pero la cercanía me permitió estudiar cada una de sus reacciones, cada movimiento, cada gesto.
—Brat quiere que vayas a casa esta noche —dijo Brandon—. Tiene algo importante que decir.
—Tengo una cena. Mi padre insiste en presentarme a mi "prometida".
—Lo bueno de esto es que no tienes que buscarla tú.
Eso era precisamente lo que me enfermaba. Mi padre buscaba un títere, una mujer que fuera una extensión de sus ojos en mi vida privada. Yo necesitaba a alguien discreto, inteligente y, sobre todo, que supiera jugar su lugar. Y la mujer que mi padre elegiría para mí jamás tendría esas cualidades.
Miré el agua de la piscina y, de repente, la idea se cristalizó. La elegí a ella. Mi secretaria era la pieza que necesitaba.
Me levanté sin despedirme. Al llegar a casa, el ambiente en la sala era denso, lleno de familiares y una rubia llamada Elena que me causaba náuseas con solo mirarla.
—Buenas noches —dije, llamando la atención de todos.
—Hijo, ellos son los familiares de tu prometida —anunció mi padre.
Elena se acercó, irradiando una confianza patética. La miré de arriba abajo, sintiendo un rechazo absoluto.
—Si quieren que este compromiso siga en pie, deben cambiar a la novia —sentencié, sentándome con total indiferencia.
—¿Cómo? —Elena estaba lívida.
—No me casaré con ella. No es el tipo de mujer que busco.
—¡Es la hija mayor de una familia intachable! —gritó mi padre.
—¿Y qué? —Señalé a Emma, que estaba allí con su familia, con los ojos abiertos como platos—. Ella es mucho más práctica.
Emma me miró, confundida, sorprendida por mi elección. Pero yo ya lo tenía claro: un matrimonio por conveniencia con mi secretaria sería el secreto mejor guardado de mi vida.
—¿Quieres casarte conmigo? —le solté, directo al punto.
—La decisión no es solo mía —respondió ella, tensa.
—Pediré tu mano en dos días —dije, poniéndome en pie—. Si la boda no es con ella, no habrá boda.
No esperé respuestas. Mi celular ardió en llamadas de mis padres durante horas. Solo contesté para sentenciar:
—Solo aceptaré a Emma. De lo contrario, no hay trato.
Tendré a mi secretaria en mis brazos, en mi cama, todas las noches. Si tenía la oportunidad de poseerla bajo la protección de un contrato, no la iba a desperdiciar.
Cuando se casó conmigo, Emma se volvió fría, desafiante. Me dolió ver que, al final, cedió ante las presiones de su madre, comportándose con esa sumisión que tanto aborrezco. Por eso, cuando le lancé ese contrato de "dos años sin contacto", lo aceptó sin dudar. Quería que se sintiera libre, que se sintiera a salvo, mientras yo me encargaba de observarla desde las sombras.
Instalé cámaras. Sí, suena a locura, pero Emma es una anomalía en mi mundo perfecto. Me convertí en un experto en sus rutinas, en sus gustos, en su forma de bailar cuando cree que nadie mira. La observé vivir, la observé odiarme por mis manías con la limpieza —manías que potencié solo para verla reaccionar— y la observé crecer.
Pero todo juego tiene un final.
La noche que ella, creyéndose dormida, me besó y me buscó, fue el disparo de salida. Ella no lo sabe, pero durante dos años he estado tallando la piedra de nuestro matrimonio, esperando el momento exacto en que la soga se rompiera.
Ya no habrá más contratos, ni más juegos de jefe y secretaria. Emma cree que se casó con un hombre que no la quería; la verdad es que se casó con el hombre que la lleva observando y deseando desde antes de que ella siquiera supiera que yo existía.
Ya es hora. La "tigresa" finalmente va a aprender que, conmigo, nunca hubo opción de escape.