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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cap 14: La cámara no miente

Genaro me echó cuando se cansó de preguntar por el dinero.

Me quedé sentada junto a la puerta, con la mochila a los pies. Tenía que decidir adónde ir. Cada vez que respiraba hondo me ardía un costado.

Dentro seguían discutiendo. Oí a Ulises decir que podían pedirle a mi abuela, que ella nunca dejaba que yo pasara necesidad. Herminia le contestó algo que no entendí. No sabía dónde estaba el dinero, pero ya estaban buscando cómo conseguir más a través de mí.

Saqué el número de Marta. El papel se había ablandado de tanto doblarlo.

Antes de llegar al teléfono de la esquina hice algo que después me costaría admitir: me lastimé de nuevo. Creí que las marcas que llevaba no bastarían, que alguna explicación de mi papá volvería a pesar más. No me detuve a pensar qué podía estropear con eso. Solo quería que esta vez me creyeran.

Marta contestó después de varios tonos.

—Soy Daniela.

Al decir mi nombre se me quebró la voz. Tuve que esperar antes de explicarle dónde estaba.

Llegó con Aurelio. Me hicieron subir al coche y me preguntaron si necesitaba ir a urgencias. Me revisaron en la clínica antes de seguir a la Fiscalía; la doctora dejó indicaciones y pidió que no pasara la noche en la misma casa.

Beatriz nos alcanzó para acompañarme. En la agencia, Marta empezó a explicar y la mujer que tomaba los datos le pidió escucharme primero a mí.

Le conté lo del cinturón. Después lo del dinero y la clínica a la que me habían llevado por los golpes de Ulises. Ella anotó fechas, nombres y dónde podían pedir los registros.

—Si demuestro que no robé, ¿puedo irme con mi abuela?

La agente dejó el bolígrafo.

—Aunque hubieras tomado algo, no tenían derecho a hacerte esto. Esta noche no vas a volver ahí. Lo de vivir con tu abuela hay que solicitarlo y revisarlo.

Me quedé mirándola. Había gastado todo el camino preparando cómo demostrar mi inocencia, como si ese fuera el requisito para que dejaran de pegarme.

Le dije que Susana podía confirmar dónde había estado. Y que había una cámara frente a la puerta de Santiago: la había visto una tarde al llevarle sus cuadernos.

—Ulises dice que me dio el dinero ahí. Con Bianca. Ayer, a las siete.

La agente pidió que quedaran anotados el lugar y la hora antes de que hablaran con ellos.

Hubo llamadas, declaraciones que tuvieron que repetir y un buen rato esperando mientras yo intentaba encontrar una posición que no doliera.

Genaro y Herminia llegaron con los dos. Ulises mantuvo la misma historia. Cuando les propusieron comprobar el lugar, aceptó como si eso fuera a darle la razón.

Fuimos acompañados hasta la casa de los Ríos. Me quedé junto a Marta, mirando la cámara sobre la cochera. Temí que no funcionara o que ya no guardara lo de la víspera. Recordar que existía no era lo mismo que saber que iba a ayudarme.

Santiago llegó con Mateo y el Oso mientras hablaban con la persona que estaba en casa.

Me vio la boca, las vendas, la forma en que sostenía un brazo contra el cuerpo.

—¿Fue Genaro?

Asentí. Él miró hacia la calle y luego volvió a mí.

—Voy a buscar lo de la cámara.

Con permiso de la familia revisaron el archivo. Comprobaron la fecha y la hora del equipo, ampliaron el intervalo que Ulises había dado y recorrieron el paso completo frente a la puerta.

Se veía entrar un coche y salir a una mujer con un perro. A mí no me vieron. Tampoco a Ulises ni a Bianca. La agente pidió una copia y dejó anotado de dónde salía.

—¿Está seguro de que fue aquí? —le preguntó a Ulises.

Él empezó a cambiar la hora. Después dijo que quizá había sido antes de llegar a la puerta.

—Dijiste que fue aquí mismo —intervino Herminia.

Por primera vez lo estaba escuchando como me escuchaba a mí.

Ulises buscó a Bianca. Ella se puso a llorar.

—Yo no sé la hora. Él me dijo…

—Dijiste que lo viste —le recordó la agente.

Herminia le soltó una cachetada a Ulises antes de que nadie la detuviera. Un policía se puso entre los dos. Mi madrastra gritaba por su dinero; la agente le ordenó calmarse y dejó claro que también iba a registrar aquello.

Yo no sabía si Ulises conservaba todo o ya lo había gastado. El video no podía decirme eso. Sí mostraba que el relato con el que me habían castigado no se sostenía. Susana, además, había confirmado que yo estaba en Praga.

Genaro dejó de mirarme.

Marta habló con la agente para que me quedara en su casa. Había que continuar el procedimiento, obtener la valoración de las lesiones y pedir una medida de cuidado. Nadie me prometió que al día siguiente despertaría con mi abuela.

Antes de irnos, Santiago me llevó al estudio a esperar sentada. Marta se quedó cerca, hablando por teléfono con Beatriz.

Él me alcanzó agua. Yo tenía una venda despegada y quise acomodármela sin mostrarle el brazo.

—¿Todo eso te lo hizo él?

No contesté.

Santiago dejó el vaso sobre la mesa y esperó. Habría sido más fácil mentir si seguía preguntando; aquel silencio me dejó a solas con lo que acababa de hacer.

—Unas me las hice yo.

Apartó la mirada un momento.

—¿Antes de llamar?

Asentí. Me quedé mirando las manos, buscando cómo hacer que sonara menos terrible de lo que había sido.

—Pensé que iban a decir que no era para tanto. Otra vez.

Santiago se sentó enfrente.

—Ya era para tanto, Daniela.

Me salió el llanto cuando dijo eso. Intenté detenerlo y solo conseguí que me doliera más la boca. Él acercó los pañuelos y no me pidió que me calmara.

Cuando pude hablar le dije que no sabía cómo hacer que se quedaran de mi lado después de irse de la casa. Todos veían algo, prometían ayudar y yo tenía que volver al mismo colchón.

—Entonces lo dices —respondió—. A Marta, al maestro, a mí. No tienes que demostrarlo haciéndote más daño.

—Tú tampoco puedes estar siempre.

—No. Por eso no vamos a dejarlo solo en que yo le grite a tu hermano.

Me señaló los papeles que Marta había dejado junto a su bolsa. Me habló de guardar copias, de pedir ayuda antes de quedarme aislada, de recordar que Genaro tenía miedo de que lo que ocurría en casa llegara afuera.

—A Bianca le importa la escuela. A Ulises, que lo dejen volver. Si tu papá quiere fingir que todo está bien, ya no puede hacerlo solo con que tú te calles.

Lo escuché sin sentir que aquello resolviera todo. Me ayudaba que tampoco él fingiera tener una solución completa.

Marta entró a buscarnos. Antes de salir, Santiago me pidió que le contara a la doctora lo que acababa de decirle. Miré la venda y asentí.

Aquella noche iba a dormir en otra casa. Quería llegar a la cama y descansar sin tener que hacer nada más para merecerlo.

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