Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 24
Capítulo 24
En el jardín, Tina y Ciro salieron más lento que de costumbre.
Tina miró hacia la calle.
Luz no estaba.
—Madera, mamá debe haberse demorado —dijo, bajando la voz—. La esperamos acá, ¿sí?
Ciro asintió.
Tenía los hombros caídos y la libreta apretada contra el pecho.
Tina le palmeó la espalda con seriedad de adulta chiquita.
—No te enojes. No tenemos papi, pero tenemos a la mejor mamá del mundo.
Ciro la miró y escribió:
No le digas a mamá.
—No le voy a decir —prometió Tina—. Pero no me digas gracias. Soy tu hermana. Mamá dice que en la familia no se agradece por quererse.
Ciro escribió igual:
Gracias, Tina.
Ella frunció la nariz y lo abrazó.
La nube sobre Ciro aflojó un poco.
—¡Tina! ¡Ciro! Perdón, perdón, llegué tarde.
Luz apareció casi corriendo.
Había perdido la noción del tiempo por la foto de Elena, por Silvana, por todas esas mentiras que no terminaban de cerrar.
Tina levantó un dedo.
—Hoy te perdonamos, mami. Pero si otro día no podés venir, nos llamás antes. Podemos avisarle a la seño y esperarte adentro.
Luz se agachó y le tocó la nariz.
—Tenés razón. La próxima aviso.
Ciro le sonrió.
Esa sonrisa le alivió algo que traía clavado desde la mansión Acosta.
Esa noche, cuando los chicos se durmieron, Luz volvió a su cuarto y abrió la computadora.
Buscó a Elena Luján.
Lo que encontró coincidía con lo que Silvana había contado.
Segunda hija de la familia Luján. Estudió en la Universidad de Buenos Aires. Durante la carrera se alojó un tiempo en la mansión Acosta. Después de graduarse, desapareció del círculo social.
Un año más tarde, la Clínica R.T informó su muerte.
Suicidio por depresión.
Poco más.
Nada sobre ese año perdido.
Nada sobre el embarazo.
Nada sobre por qué terminó en una institución vinculada al Grupo R.T.
Luz se quedó mirando esas tres letras.
R.T.
—Papi... papi...
La voz de Ciro la cortó en seco.
Luz salió corriendo.
Encontró a su hijo con los ojos cerrados, la frente empapada, los dedos crispados sobre la sábana.
—Papi...
—Ciro.
El chico se incorporó de golpe, como si lo hubieran arrancado de un pozo.
Luz lo abrazó enseguida.
—Estoy acá. Mami está acá.
Ciro temblaba.
No hablaba. No lloraba. Solo se aferraba a ella con una fuerza que le rompía el pecho.
—¿Fue una pesadilla?
Él no contestó.
Luz le acarició la espalda hasta que la respiración se le fue calmando.
—No pasa nada. Estoy con vos.
Tardó mucho en volver a dormir.
Cuando al fin lo acostó otra vez, Ciro seguía con el ceño fruncido.
Luz se quedó mirándolo.
Cada herida de él le dolía como si se la hubieran hecho a ella.
A la mañana siguiente preparó el desayuno temprano.
Tina llegó despeinada, de buen humor.
Ciro apareció detrás y levantó la mano para saludar.
Luz lo observó con atención.
No parecía cerrado. No parecía más hundido.
Respiró un poco mejor.
Después de desayunar, los llevó al jardín.
Ciro no se resistió a entrar.
Luz lo soltó aunque le costara.
No podía esconderlo del mundo cada vez que alguien lo lastimara. Ciro necesitaba fuerza, no una jaula hecha de miedo.
Cuando los chicos entraron, Sissi apareció frente a ella.
—Luz.
Luz ni intentó disimular el fastidio.
—¿Qué querés?
Sissi miró hacia el jardín.
—Qué sorpresa. Los hijos de aquella noche sí nacieron.
La sangre de Luz se heló.
—Cuidá la boca.
—¿Por qué? ¿No son eso? Hijos sin padre.
Luz dio un paso.
Sissi retrocedió sin querer.
—Sissi, si volvés a decir algo así delante de mí, no te prometo que salgas con la boca entera.
Sissi tragó.
Pero la rabia pudo más.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme en la puerta de un jardín? Ahora te hacés la fina porque curaste a Don César y porque Bruno Ferrer te mira dos segundos. No te olvides de dónde saliste. Tengo el video de aquella noche. Si se lo mando a Bruno, se termina tu show.
Luz la miró sin moverse.
Seis años atrás, esa amenaza le habría arrancado la piel.
Ahora no.
Tina y Ciro habían curado esa herida sin saberlo.
No se avergonzaba de ellos.
Ni de haberlos tenido.
—Hacé lo que quieras.
Sissi se quedó desconcertada.
—No me creés.
—No me importás.
Luz la dejó ahí, hirviendo.
De la puerta del jardín fue directo al Instituto Médico R.T.
Había pedido una carta de presentación al Dr. León la noche anterior. Necesitaba entrar por una vía limpia si quería revisar algo de Elena.
En recepción, apenas dijo su nombre profesional, la hicieron pasar.
El director la recibió con una sonrisa amplia.
—Ynua. Un honor. Soy Víctor Rojas.
—Director Rojas. Gracias por recibirme.
—El Dr. León me habló mucho de usted. No esperaba que fuera tan joven.
Luz ya estaba acostumbrada.
—Espero estar a la altura.
—Bienvenida al Instituto R.T. La vamos a ubicar en el área de desarrollo clínico. Usted pidió no atender consulta externa, solo investigación y formulaciones especiales. Está aprobado.
—Se lo agradezco.
—Venga, le presento el laboratorio.
En el área de medicina integrativa, varios profesionales la miraron con sorpresa.
—¿Ella es Ynua?
—Pensé que iba a ser una médica grande.
—Bueno, se terminó eso de que la medicina integrativa es cosa de viejos.
Luz saludó con educación.
—Voy a aprender de ustedes.
La modestia le ganó algunos gestos de aprobación.
El jefe del área se acercó.
—Soy Tomás Quiroga. Coordino desarrollo de fórmulas y protocolos. Le muestro el laboratorio.
—Gracias, doctor.
Luz había aceptado ese puesto por una sola razón: Elena.
No iba a atender pacientes.
No iba a exponerse más de lo necesario.
Necesitaba acceso.
En el Grupo R.T, Facundo entró al despacho de Bruno con el rostro serio.
—Jefe, acabo de confirmar algo. Luz Acosta empezó a trabajar en el Instituto Médico R.T.
La lapicera de Bruno se detuvo.
—¿En qué área?
—Desarrollo clínico. Como Ynua.
Facundo dudó y siguió:
—El instituto está bajo la órbita de Federico Ferrer. Luz siempre ocultó su identidad, pero vuelve al país, acepta el caso de los César y ahora entra al R.T como Ynua. Si está del lado de su tío...
La mirada de Bruno subió despacio.
Facundo bajó la cabeza.
—Entendido. No dije nada.
Bruno tomó una carpeta del escritorio y se la arrojó.
—El informe del primer semestre. Hacelo de nuevo.
Facundo miró la carpeta.
Ya estaba hecho.
Perfecto.
—Sí, jefe.
Salió sin discutir.
Bruno quedó solo.
Golpeó la mesa con los dedos, una vez, otra vez.
Nadie habría podido decir qué pensaba.
Luz pasó el resto del día conociendo el laboratorio, los protocolos y las líneas de investigación. El nombre Ynua circuló por los pasillos más rápido que ella.
—Dicen que vino al área de desarrollo.
—Dicen que es joven y hermosa.
—¿Pero de verdad es tan buena?
Nadie notó que caminaba a pocos metros.
Cuando salió del instituto, fue directo al jardín.
Llegó justo a tiempo.
—¡Tina! ¡Ciro!
Los dos chicos la vieron.
Pero no corrieron como siempre.
Tina bajó la cabeza. Ciro se puso un poco delante de ella, como queriendo taparla.
Luz sintió que algo no iba bien.
—Tina, mirame.
Tina levantó la cara con una sonrisa falsa.
Tenía un golpe morado en la frente.
—¿Qué te pasó?
—Nada, mami. Me caí y me pegué con una mesa.
Luz la miró fijo.
—¿Sabés cuál es tu problema cuando mentís? No podés mirarme a los ojos.
Tina hizo un puchero.
—Perdón. Es que Simón molestó a Ciro. Dijo que éramos hijos sin papi y que Ciro era raro. Yo le dije que no hablara así. Me empujó. Me golpeé con la mesa.
—¿Y la maestra?
Tina bajó más la voz.
—No sé. No quería que te preocuparas.
Luz tomó aire.
El golpe en la frente de su hija le ardía como si lo tuviera ella.
—Vamos a entrar.
Tina se asustó.
—Mami, ya no me duele.
—A mí sí.
Luz tomó a los dos de la mano y volvió hacia la puerta del jardín.