Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 20
Sebastián
Tenía las preguntas de la prueba.
Y eso era todo lo que necesitaba.
Las resolví con calma, una por una, y luego las memoricé. No hacía falta entenderlas a profundidad cuando se tenía el camino trazado. Siempre lo había sabido: no hay que ser el más brillante cuando se es el más astuto. El sistema estaba hecho para quienes sabíamos jugarlo.
Ese día, además, nos habían permitido ir vestidos de forma cómoda. Nada de trajes rígidos ni corbatas asfixiantes. Una oportunidad perfecta para marcar diferencias. Elegí mis mejores prendas casuales: camisa de diseñador, reloj caro bien visible, zapatos limpios. La gente debía notar, incluso antes de hablar conmigo, que yo estaba un nivel por encima.
Al llegar a la oficina, la vi.
Camila.
Vestía unos vaqueros que le marcaban demasiado bien el trasero —siempre lo había tenido así, provocador, imposible de ignorar— y una camisa que delineaba su figura con una naturalidad peligrosa. Estaba más delgada. La separación, el estrés… la ruptura. Todo eso le estaba pasando factura, aunque ella se empeñara en fingir fortaleza.
Volverá, pensé con seguridad. Siempre vuelven.
—¿Por qué no entramos? —pregunté, fingiendo impaciencia.
—Están terminando de organizar el auditorio —respondió Lina.
Entonces llegó Brandt.
Con su caminata arrogante. Con ese exceso de seguridad que hacía que las mujeres de la oficina se enderezaran sin darse cuenta. Alto. Frío. Alemán hasta en la forma de respirar. Intercambió unas palabras con la nueva líder de Talento Humano y comenzaron a llamarnos por grupos, como si estuviéramos en el colegio.
Cuando me entregaron la prueba, leí la primera pregunta y casi sonreí.
Era exactamente la misma del cuestionario que Lina me había conseguido.
Esto va a ser pan comido.
Camila se sentó frente a mí. Su perfume llegó antes que ella, embriagador. El cabello castaño cayendo por su espalda, los hombros finos, la postura concentrada. Alcancé a ver lo que escribía y negué para mis adentros.
—Qué boba —murmuré—. Esas respuestas están mal.
Respondí con rapidez, con la seguridad de quien sabe que está ganando. Fui el tercero en entregar la prueba. Al salir, no pude evitar comentar, en voz suficientemente alta:
—Estaba fácil.
—¿Te parece? —dijo uno de mis colegas.
—Sí —respondí—. La copia que nos pasaron estaba clarísima.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Qué? —pregunté, frunciendo el ceño.
—No leíste bien —dijo otro—. La prueba era diferente. Había preguntas que sí estaban en lo que nos dieron… pero no todas. Había cosas cambiadas.
Sentí un leve pinchazo en el estómago, pero lo ignoré. Seguro exageraban.
En ese momento salió Camila.
Caminaba con seguridad, como si el mundo le perteneciera. Se colocó los lentes de sol y Raúl la interceptó.
—Oye, Cami, ¿cómo te fue?
Ella se detuvo, sonrió con calma.
—Bien. ¿Y a ti?
—Creo que bien… igual la prueba estaba difícil. ¿Quién la haría?
—Por lo que escuché —respondió ella—, el señor Brandt la hizo personalmente. Creo que eran varias pruebas distintas… pero no era la que se filtró, supuestamente.
Raúl abrió los ojos.
—¿Cómo así? ¿No se filtró?
—Ah… no lo sabía —dijo ella, con una falsa inocencia impecable—. Los dejo.
Y se alejó.
La seguí sin pensarlo. El murmullo de la gente quedó atrás. La rabia me subía por la garganta. La tomé del brazo, obligándola a detenerse.
—Camila —dije, bajando la voz—. Vuelve conmigo.
Ella se giró lentamente. Me miró como si yo fuera un extraño. Como si no me conociera.
—¿Estás bien? —preguntó—. Creo que la prueba te dejó un poco alterado.
—No juegues conmigo —respondí—. Esto no termina así. Tú y yo sabemos lo que teníamos.
Apreté los dientes. Dentro de mí, algo empezaba a encajar. Demasiadas coincidencias. Demasiada calma de su parte. Demasiada seguridad.
No fue suerte, pensé.
Esto fue un plan.
Y si Camila Reinhart creía que podía humillarme, burlarse de mí y salirse con la suya… estaba muy equivocada.