Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 4. PAGINAS COMPARTIDAS Y NUEVOS LATIDOS
El instituto dejó de ser una tortura diaria para convertirse en el único lugar del mundo donde sentía que podía respirar. Tras aquella tarde bajo la lluvia, Marcus y su grupo no volvieron a acercarse a mí. La sola presencia de Óscar en los pasillos, buscándome con la mirada por encima de las cabezas de los demás estudiantes, funcionaba como un escudo invisible. Cumplió su promesa: ya no tuve que esconderme más.
Nuestro punto de encuentro oficial pasó a ser la biblioteca del instituto, un espacio amplio, con olor a papel viejo y grandes ventanales que daban a los jardines traseros. Al ser dos años mayor que yo, Óscar estaba en un curso superior y nuestros horarios de clase no coincidían, pero el destino —o nuestro empeño— siempre nos hacía coincidir en las horas libres y durante los descansos.
Óscar siempre ocupaba la misma mesa al fondo, la más alejada del mostrador de la bibliotecaria. Allí se sentaba rodeado de montañas de libros de historia, novelas de misterio y manuales de informática. Cuando yo llegaba, él levantaba la vista por encima de sus gafas de montura gruesa, apartaba sus enormes sudaderas para hacerme sitio y me dedicaba esa sonrisa tímida que ya se había vuelto mi rincón favorito del día.
Pasamos meses compartiendo silencios cómodos, apuntes y auriculares para escuchar música a escondidas. Descubrí que Óscar no solo era un chico noble, sino también sumamente inteligente. Me ayudaba a comprender las materias más difíciles y escuchaba con absoluta atención mis opiniones sobre los libros que leía. Por primera vez en mi vida, a alguien le importaba lo que yo pensaba, no el apellido que llevaba grabado en mi expediente.
A medida que el tiempo avanzaba, mi situación en casa se volvía más asfixiante. Mi padre se mostraba cada vez más distante y severo, y las conversaciones en la mesa giraban exclusivamente en torno a los negocios y a la futura fusión familiar mediante mi boda. Mi madre continuaba con su sumisión feliz, intentando enseñarme a ser la perfecta esposa de la alta sociedad, mientras que mi hermano Thomas, consumido por sus estudios universitarios, hacía lo imposible por mantener mi ánimo arriba en nuestros breves encuentros nocturnos.
En mitad de ese desierto emocional, Óscar se convirtió en mi balsa de salvamento. Él era el único que sabía lo que realmente ocurría detrás de los muros de mi mansión. Una tarde, me derrumbé en la mesa de la biblioteca tras una fuerte discusión con mi padre sobre el protocolo que debía seguir en una cena de gala.
—No quiero esa vida, Óscar —le confesé en un susurro ahogado, escondiendo el rostro entre mis manos para que la bibliotecaria no nos viera—. Siento que soy una mercancía con fecha de caducidad. Me da rabia no poder decidir nada.
Óscar dejó su bolígrafo a un lado, se quitó las gafas despacio y se inclinó hacia mí a través de la mesa. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que me obligó a calmarme.
—Ellos pueden controlar tu horario, Natalia, y pueden obligarte a ir a sus cenas —dijo con esa madurez tan suya, estirando su mano de dedos largos hasta rozar suavemente mis dedos vendados por los viejos raspones—. Pero no pueden controlar lo que hay aquí dentro —añadió, señalando su propia frente—. Hazte fuerte. Estudia. Aprende todo lo que puedas. El conocimiento es la única libertad que nadie te puede arrebatar. Yo estaré aquí para recordártelo cada día.
Aquellas palabras se grabaron a fuego en mi mente. A partir de ese día, mi motivación para estudiar Derecho no fue solo una vaga idea de rebelión; se convirtió en una meta real. Quería ser abogada para defenderme a mí misma y a cualquier mujer que se viera atrapada en las garras de un matrimonio forzado. Óscar se convirtió en mi cómplice de estudios, poniéndome retos y consiguiéndome libros sobre leyes e historia constitucional que ni siquiera estaban en el catálogo del instituto.
Los meses siguieron su curso y, casi sin darnos cuenta, el calendario nos llevó a una nueva etapa. Yo cumplí los quince años y Óscar cumplió los diecisiete, entrando en su último año de instituto. Y fue en ese año cuando la atmósfera entre nosotros empezó a transformarse de una manera sutil pero arrolladora.
El cambio no ocurrió de golpe. Fue una acumulación de pequeños detalles. De pronto, los silencios en la biblioteca ya no eran solo cómodos; a veces se volvían densos, cargados de una timidez nueva que nos hacía apartar la mirada rápidamente cuando nuestros ojos se encontraban por más de tres segundos. Mis latidos ya no se aceleraban solo por el miedo a mi padre, sino cada vez que escuchaba los pasos de Óscar acercándose a nuestra mesa.
Él seguía siendo el mismo chico alto y desgarbado que vestía sudaderas tres tallas más grandes, pero yo ya no lo veía como al chaval que me había salvado de Marcus. Ahora, cuando se quitaba las gafas para limpiarlas y me miraba de frente, sentía un vuelco extraño en el estómago. Me fijaba en el tono de su voz, que se había vuelto más profundo, y en cómo sus manos, aunque torpes para algunas cosas, se movían con una delicadeza extrema cuando me pasaba un libro o me recogía un mechón de pelo que me caía sobre los ojos.
Un viernes de primavera, nos quedamos en la biblioteca hasta la hora del cierre. El sol se estaba ocultando, tiñendo el espacio de tonos dorados y anaranjados. Estábamos guardando los libros en nuestras mochilas cuando nuestras manos se rozaron por accidente al coger el mismo manual de derecho civil.
Normalmente habríamos pedido disculpas con una risa floja, pero esa vez ninguno de los dos retiró la mano de inmediato. Sentí el calor de sus dedos contra los míos y una corriente eléctrica me recorrió la columna vertebral. Levanté la vista y me encontré con sus ojos oscuros mirándome fijamente detrás de los cristales. Óscar tragó saliva, y por primera vez vi un rastro de vulnerabilidad absoluta en su rostro.
—Natalia... —murmuró mi nombre con una suavidad que me erizó la piel.
—¿Sí? —respondí en un hilo de voz, con el corazón martilleándome el pecho tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—El próximo año me voy a la universidad —dijo, y su voz tembló ligeramente—. No estaré aquí en el instituto. Y... la idea de pasar un solo día sin verte en esta mesa me asusta más que cualquier examen o cualquier futuro.
Mis ojos se llenaron de una emoción repentina. El miedo a perderlo me golpeó de frente, pero al mismo tiempo, una certeza maravillosa se instaló en mi pecho. Lo que sentíamos ya no era solo la amistad de dos adolescentes marginados. Habíamos crecido juntos, habíamos sanado las heridas del otro en esa mesa de madera, y ahora, sin poder evitarlo, estábamos cayendo irremediablemente en el amor más puro y profundo que jamás volvería a sentir.
—No vas a perderme, Óscar —le prometí, dando un paso hacia él, acortando la distancia física y rompiendo todas mis barreras—. Aunque no estés en este edificio, búscame. Yo siempre voy a estar esperándote.
Él sonrió, y esa sonrisa ya no fue tímida; fue una promesa silenciosa de lealtad. Nos quedamos allí, con las manos entrelazadas sobre el libro viejo, ignorando que el tiempo corría en nuestra contra y que los ojos de mi padre, siempre vigilantes desde las sombras de su imperio, estaban a punto de descubrir el único secreto que me mantenía con vida.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️