Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 8
# Capítulo 8: Elotes
El viernes de su cuarta semana, Alegra cometió un error de cálculo que cambiaría el curso de varias cosas.
Todo empezó por un elote, no por un error administrativo ni una junta mal agendada.
O más bien, dos elotes preparados con todo: mayonesa, queso rallado, chile en polvo, limón, y esa salsa valentina que el señor del carrito de abajo ponía como si quisiera vengarse de alguien.
A la una de la tarde, mientras todo el piso bajaba al comedor o salía a buscar algo en los alrededores de Santa Fe, Alegra se quedó en su escritorio. No tenía ganas de bajar. No tenía ganas de hablar con nadie. Y el señor del carrito de elotes le había guiñado un ojo al pasar y le había dicho "le guardé los más gordos, señorita", con esa generosidad que solo existe en los vendedores ambulantes de la Ciudad de México.
Así que ahí estaba. Sola en la antesala de la dirección general. Con dos elotes en un plato de unicel. Y un apetito que no conocía la vergüenza.
Cinco minutos. Me los como en cinco minutos y nadie se entera.
Mordió el primero.
El queso se le pegó en la barbilla. La mayonesa le escurrió por los dedos. El chile en polvo le tiñó las yemas de rojo y las comisuras de la boca le ardieron con esa dulzura picante que era mejor que cualquier postre.
Dios mío. Estos están increíbles. El señor del carrito merece un aumento. Merece una estatua. Merece el Premio Nacional de Gastronomía.
Cerró los ojos. Masticó con devoción. Se chupó el pulgar con un sonido que en cualquier otro contexto habría sido indecente.
Lo que Alegra no calculó fue el olor.
El aroma de un elote preparado no es discreto. No es una nota sutil que se disuelve en el aire como el perfume de una ejecutiva o el café de la mañana. Es una declaración de guerra olfativa: mantequilla derretida, maíz caliente, chile tostado, limón. Un olor que se expande como gas lacrimógeno, que se mete por debajo de las puertas, que atraviesa paredes de cristal, que llega hasta la oficina del director general de una empresa multimillonaria y le dice: alguien está comiendo algo delicioso y tú no estás invitado.
Alejandro Montero estaba revisando las cifras del tercer trimestre cuando lo sintió.
Antes del olor llegó un sonido amortiguado por el cristal: un suspiro satisfecho, seguido de un "mmm" tan sincero que podría haber sido un gemido.
Levantó la vista de la pantalla.
A través del cristal, Alegra Vega estaba sentada en su escritorio con un elote en cada mano, los dedos brillantes de mayonesa, una mancha de chile en la nariz, y una expresión de felicidad tan completa que parecía indecente.
No estaba comiendo. Estaba celebrando.
Mordía el maíz con los ojos cerrados. Se lamía los labios después de cada bocado. Se limpiaba la barbilla con el dorso de la mano y luego se chupaba el dorso de la mano. Todo su cuerpo participaba en el acto: los hombros relajados, la cabeza inclinada, los labios brillantes de grasa y limón.
Alejandro dejó el bolígrafo sobre el escritorio. No se dio cuenta de que lo había dejado.
Se quedó mirándola a través del cristal como quien mira un incendio: sabiendo que debería hacer algo, sin poder moverse.
Es solo una empleada comiendo. No tiene nada de especial. Es un elote. Las personas comen elotes todos los días.
El problema era que las personas no comían elotes así. No con esa entrega. No con ese abandono. No con esa capacidad absoluta de olvidarse de todo lo que no fuera el sabor en su boca.
Alegra mordió un grano especialmente rebelde. El jugo le salpicó la mejilla. Se rio sola —una risa corta, con la boca llena— y se limpió con una servilleta que ya estaba más roja que blanca.
Alejandro se levantó de su silla. No supo por qué. No había una razón profesional para levantarse. No había un documento que entregar, una pregunta que hacer, una instrucción que dar. Pero sus piernas lo llevaron a la puerta de cristal y su mano la abrió.
Alegra levantó la vista.
Lo vio de pie en el umbral, con el saco puesto, la corbata perfecta, la expresión de siempre. Pero algo en sus ojos —algo que ella todavía no sabía leer pero que empezaba a reconocer— no estaba en su lugar habitual.
Él la miró.
Ella lo miró a él.
Tenía un elote en la mano derecha y otro a medio terminar en el plato. Mayonesa en tres dedos. Chile en la nariz. Un grano de maíz pegado en la comisura del labio.
Dios mío. Dios mío. Me está viendo comer elotes con las manos como si fuera una feria de pueblo. Tierra, trágame. No, espera. Trágame DESPUÉS de terminarme el segundo elote.
—Señor Montero —dijo, con la voz estrangulada de alguien que intenta tragar y hablar al mismo tiempo—. Disculpe, yo... no sabía que iba a salir... ya casi termino...
Él no dijo nada.
La miró tres segundos más. Esos tres segundos que ella ya empezaba a coleccionar, como las servilletas con su letra y los post-its con sus preferencias de galletas.
Luego bajó la vista al elote. Al plato de unicel. A sus dedos manchados. A la gota de limón que le bajaba por la muñeca.
—Huele —dijo.
Alegra parpadeó. —¿Perdón?
—Huele fuerte.
—Sí, señor. Perdón. Ya lo recojo. Es que el señor del carrito...
—No estoy quejándome.
Silencio. Alegra no supo qué hacer con una frase que no ordenaba, reprochaba ni elogiaba; se limitaba a colgar en el aire como el olor del elote, imposible de ignorar.
Alejandro la miró un segundo más. Luego giró sobre sus talones y volvió a su oficina. La puerta de cristal se cerró sin ruido.
Alegra se quedó con el elote en la mano, el corazón latiéndole como si acabara de correr un maratón.
"No estoy quejándome." ¿Qué significa eso? ¿Que no le molesta? ¿Que le gusta? ¿Que le da igual? ¿Por qué salió? ¿Para qué salió? No tenía nada que decirme. Solo... salió. Me miró. Y se fue.
Miró el elote. El elote no tenía respuestas.
Se lo terminó de todos modos. Pero ya no cerró los ojos.
Esa noche, Alegra se fue a las ocho. Antes de salir, pasó frente a la oficina de Alejandro. La puerta del despacho estaba cerrada. La luz encendida.
Y el olor. Ese olor que ella ya conocía mejor que el perfume de su propia madre: pintura, trementina dulce, madera húmeda.
Pero esta noche era más fuerte. Más denso. Como si alguien hubiera abierto todos los tubos de pintura al mismo tiempo y los hubiera vaciado sobre el papel con la urgencia de quien necesita sacar algo del cuerpo antes de que lo destruya.
Está pintando otra vez. Y huele más fuerte que nunca. ¿Qué lo alteró hoy?
No conectó las dos cosas. Todavía no.
Se colgó la bolsa al hombro y caminó hacia el elevador. Su teléfono vibró. Un mensaje de Héctor:
"Acabo de pasar por la oficina a buscar unos papeles. Tu jefe está encerrado en el estudio desde las seis. Le toqué y me dijo 'no estoy'. ¿Tú sabes qué le pasa?"
Alegra respondió mientras esperaba el elevador:
"No tengo idea."
"¿Pasó algo hoy?"
Alegra pensó. Pensó en los elotes. En la mirada de tres segundos. En el "huele fuerte" que no era una queja. En la mayonesa en sus dedos y el grano de maíz en su labio.
"Nada especial. Día normal."
"Mm. Día normal. Claro."
Diez minutos después, otro mensaje de Héctor. Este no era para ella. Era una captura de pantalla de una conversación con alguien cuyo nombre estaba tapado con un emoji de corazón:
"No manches, está perdido. Mi compadre lleva dos horas pintando como si le pagaran por trazo. Algo le pegó fuerte hoy y no me quiere decir qué. Te apuesto lo que quieras a que tiene que ver con la niña de los hoyuelos."
Debajo, la respuesta del contacto misterioso:
"¿Y tú por qué te metes?"
Y Héctor:
"Porque soy el guardaespaldas del amor, mi reina. Es mi deber sagrado."
Alegra miró la captura de pantalla. Luego miró sus propias manos. Todavía tenía un rastro de chile en polvo bajo la uña del pulgar, una línea roja que no se había ido con el jabón.
¿La niña de los hoyuelos?
Las puertas del elevador se abrieron. Alegra entró, con el teléfono apretado contra el pecho y una pregunta que no se atrevía a formular del todo.
En su oficina, Alejandro Montero dejó caer el pincel sobre la mesa. Le dolía la mano. Llevaba dos horas y cuarenta minutos pintando sin parar.
El papel frente a él estaba cubierto de trazos: labios entreabiertos, dedos curvados alrededor de algo redondo, una barbilla manchada, una sonrisa con la boca llena.
Se miró las manos. Azul oscuro y ocre y un rojo que no había usado en semanas. Pintura hasta las muñecas. Una salpicadura en la camisa que ya no iba a salir.
Se pasó la mano por la nuca. Cerró los ojos.
La imagen volvió con una precisión insoportable: ella sentada en su escritorio, con los ojos cerrados y la boca llena, chupándose los dedos uno por uno, ajena al mundo, ajena a él, ajena a todo lo que no fuera el sabor en su lengua.
Un elote. Se alteró por un elote. Un maldito elote con mayonesa y chile en polvo.
Abrió los ojos. Miró el papel. El rostro de ella le devolvió la mirada con esos hoyuelos que él ya podía pintar de memoria.
Se levantó. Fue al lavabo del estudio. Se lavó las manos con movimientos lentos, metódicos, hasta que el agua dejó de salir de colores. Se secó con una toalla. Se miró al espejo.
La misma cara de siempre. La misma mandíbula. Los mismos ojos claros que todo el mundo describía como fríos. Nada en su exterior delataba lo que ocurría por dentro.
Bien. Eso era lo que sabía hacer. Contener. Controlar. Encerrar.
Volvió al estudio. Recogió los papeles. Los apiló boca abajo, como siempre, como quien archiva un expediente que no debería existir.
Apagó la luz. Cerró la puerta con llave.
Y en algún lugar entre Santa Fe y Lomas de Chapultepec, mientras Don Felipe lo llevaba a casa en silencio, Alejandro Montero pensó en convocar una reunión con el equipo administrativo.
Ya tenía una asistente ejecutiva directa. La había puesto demasiado cerca, y ahora no sabía cómo conservar intacta la distancia que él mismo había borrado.
No es por ella, se dijo. Es una decisión operativa. La empresa lo necesita.
Don Felipe lo miró por el retrovisor. No dijo nada. Llevaba catorce años conduciendo para los Montero y sabía que cuando el joven señor apretaba la mandíbula así, no era momento de hablar.
Pero también sabía —con la certeza silenciosa de quien ha visto todo desde el asiento delantero— que esa mandíbula no se apretaba así por cuestiones operativas.