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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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8. Esto va a doler (+18)
Valentín se inclinó sobre Monica otra vez. El peso de su torso la aplastó contra el colchón, y la masculinidad caliente le presionó el vientre, y Monica sintió la cicatriz del costado izquierdo contra su cadera, la piel rosada y tensa que se arrugaba con cada movimiento. Él se agarró la masculinidad con la mano derecha y lo bajó hasta que la punta rozó la entrada de la feminidad de Monica.
Se detuvo un segundo talvez dos. Monica abrió los ojos y lo encontró mirándola desde arriba, y en esa cara que siempre era de piedra, vio algo que se parecía a la duda. No duda sobre qué hacer, sino duda sobre si podría mantener la frialdad una vez que empezara. Porque la mano que le sujetaba la masculinidad temblaba, y la mandíbula estaba tan apretada que Monica pudo ver el tendón del cuello tenso como una cuerda de violín.
- “Esto va a doler”, dijo Valentín, y por primera vez, la voz le sonó humana.
Empujó y la punta de su masculinidad entró en Monica con una presión que se abrió paso como una cuña, y Monica soltó un sonido que no pudo controlar, algo gutural, algo que le salió del fondo de la garganta y que no era un gemido ni un grito sino algo entre los dos, algo primitivo y sin forma. La sensación era de ser abierta, de ser partida por la mitad desde dentro, y el dolor le recorrió el bajo vientre como una descarga eléctrica que le llegó hasta las rodillas.
Valentín no se detuvo. Empujó más, y Monica sintió cómo su intimidad se abría alrededor de él, cómo las paredes internas cedían con una resistencia que ardía, y cómo algo dentro de Monica se rompió con un pinchazo agudo que le arrancó una lágrima del ojo izquierdo. La lágrima le cayó por la sien y se perdió en el pelo extendido sobre la almohada.
Él se detuvo cuando estuvo dentro hasta la base. Los huesos de las caderas de ambos se pegaron, y Mónica sintió el vello de él contra su piel depilada, y el peso del cuerpo de Valentín sobre el suyo, y la masculinidad latiéndole dentro como un segundo corazón que le habían implantado sin permiso.
Valentín cerró los ojos. Un segundo. Solo un segundo. Y Mónica lo vio, el pectoral izquierdo le tembló, la barbilla se le cayó medio centímetro, y el aire le salió por la boca con un sonido que intentó ser una exhalación neutral y terminó siendo un jadeo.
Abrió los ojos y la miró. Mónica tenía la cara mojada, los labios abiertos, y su intimidad le ardía alrededor de la masculinidad de él con un dolor que no era solo dolor, porque debajo de la quemazón había algo más, algo caliente y líquido que se estaba formando contra su voluntad, algo que hacía que los músculos internos se le contrajeran alrededor de la erección de Valentín en pequeños espasmos involuntarios.
Él notó los espasmos. Monica lo supo porque los músculos de la mandíbula de Valentín se apretaron aún más, y porque la mano que le sujetaba la cadera se le cerró con más fuerza, y porque la masculinidad le palpitó dentro de Monica con un latido más fuerte y empezó a moverse.
El primer movimiento fue lento. Sacó su miembro hasta la mitad y lo empujó de vuelta. El segundo movimiento fue más rápido, y el tercero más, y pronto Valentín la estaba follando con una cadencia regular que hacía que la cama crujiera bajo ambos y que la cabecera golpeara la pared con un ritmo sordo.
Monica cerró los ojos. La cara de Lucas se le apareció detrás de los párpados sin haberla convocado, y la vergüenza le quemó las mejillas con más fuerza que el dolor entre las piernas. La apartó. La empujó hacia algún rincón oscuro de su cabeza y la reemplazó con la oscuridad, con el sonido de la respiración de Valentín, con el golpe de los cuerpos, con el crujido del colchón.
- “Mírame”, dijo Valentín, y esta vez la voz le salió más grave, con algo que no era control.
Mónica abrió los ojos. La cara de Valentín estaba a centímetros de la suya, y el sudor le caía por la sien, y el mechón de pelo suelto le golpeaba la frente con cada embestida, y Monica vio en esos ojos oscuros algo que él nunca le habría dejado ver si pudiera elegirlo, la clase de sensación que te hace apretar los dientes y perder el ritmo durante medio segundo antes de recuperarlo.