Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 19
Capítulo 19
Le conté a Elisa lo que recordaba. Me hizo volver dos veces al momento del tirón, preguntó dónde estaba Gael y anotó que había ido a devolver una transferencia. Antes de dejarnos ir, pidió los mensajes de Tadeo y los comprobantes. No prometió que con eso bastara; dijo que no hablara del asunto con sus padres sin consultarla.
Volvimos a Villa Serena después de medianoche.
Meche había dejado la cena tapada. La bolsa de comida del hospital seguía casi intacta en el coche; entre preguntas y discusiones se me había pasado hasta la sed. Damián destapó los platos y me acercó uno.
Esperó a que tomara el tenedor para empezar a comer.
—Usted me dejó sola con sus tíos —dije.
Levantó la vista.
—Fui por comida.
—Los oyó antes de volver. Lo dijo en el pasillo. Pudo entrar antes.
Masticó despacio, dejó el tenedor y aceptó:
—Sí.
Yo había esperado una explicación que me permitiera pensar que estaba siendo injusta. Su respuesta me dejó más enojada.
—¿Por qué?
—Quería que te escucharan. Si hablo yo desde el principio, nunca van a oír una palabra tuya. Para ellos vas a ser la mujer a la que le arreglo los problemas.
—No me estaban escuchando. Estaban amenazando a mi papá.
—Por eso entré.
—Después de dejarlos llegar hasta ahí.
Me miró sin contestar. Aparté el plato un poco; la muñeca me dolía al apoyar la mano sobre la mesa.
—A mi familia no le importa tanto quién tiene razón como quién está dispuesto a aguantarles —dijo al fin—. Te prueban una vez. Si cedes, lo vuelven a hacer en Navidad, en un bautizo, en cualquier comida. Yo no voy a estar siempre a un metro.
—Eso no hace que esta noche fuera una prueba que usted podía ponerme.
Se reclinó en la silla. Parecía enfadado también, aunque no supe si conmigo o con la dificultad de explicarse sin quedar peor.
Me contó que, de niños, Tadeo le quitaba cosas y corría con los adultos cuando él intentaba recuperarlas. Un día se le fue encima delante de todos. Lo castigaron un mes, pero su primo dejó de hacerlo.
—Tenía ocho años —dijo—. Fue lo único que entendió.
Lo imaginé de niño esperando que un adulto le devolviera algo que era suyo y aprendiendo, en cambio, a ganarlo por la fuerza. Entendía de dónde salía su razonamiento. No por eso quería vivir de acuerdo con él.
—Yo no soy Tadeo. Ni tengo ocho años.
—Ya lo sé.
—Entonces no decida cuánto tengo que aguantar para que me respeten.
Se quedó callado. Esta vez no llené el silencio por él.
Después le pregunté cuándo había llamado a su primo en el club. Me explicó que lo hizo mientras yo entraba; Tadeo había presumido que esperaba a una muchacha, sin decir su nombre. Damián lo reconoció por la descripción y fue hacia el reservado. El encargado lo detuvo un momento en el pasillo. Cuando oyó los gritos, entró con él.
—Pensé que iba a intentar hacerse el gracioso —dijo—. No que fuera a agarrarte.
Miré la marca de mi brazo. No me gustaba pensar en lo poco que separaba una cosa de la otra para Tadeo.
—No vuelva a esperar si alguien me está amenazando.
Damián bajó los ojos a mi muñeca.
—No —dijo.
Volví a acercarme el plato. No habíamos arreglado su familia ni todo lo ocurrido, pero al menos había dejado de explicarme la noche como si yo debiera agradecer cada parte.
Meche había preparado pescado. Encontré una espina larga y la dejé en el borde del plato de Damián, más lejos de mi mano.
Él la miró, alzó una ceja y tomó un trozo limpio de la fuente para ponerlo en mi plato.
—Come antes de encontrar otra cosa que reclamarme.
—Puedo hacer las dos cosas.
Sonrió apenas. Me comí el pescado; tenía hambre y ya estaba demasiado cansada para negarlo.
—Quiero dormir sola unos días —añadí.
La sonrisa se le fue.
—¿Por lo de hoy?
—Porque necesito pensar. Una semana.
—El convenio dice separación de bienes, Nájera. No separación de camas.
—Y no dice que tenga que pedirle permiso para dormir.
Me sostuvo la mirada. Yo también podía bromear con las cláusulas hasta que la broma pretendiera decidir algo por mí.
—El cuarto de enfrente sigue vacío —dijo al final.
Subimos sin resolver dónde dormiría esa noche. Él se metió a bañar y yo fui por mi ropa. Al abrir el cajón del buró encontré la caja de preservativos de la noche anterior.
La saqué y comprobé la fecha. Separé varios para guardarlos en mi bolsa; el resto volvió al cajón. Ya había decisiones suficientes que estaba tomando con el ánimo revuelto. No quería que un descuido añadiera un embarazo a un matrimonio del que todavía no sabía cómo iba a salir.
Un hijo no tendría por qué cargar con nuestro acuerdo de un año.
—¿Qué haces?
Me sobresalté. Damián estaba junto a la puerta del baño, secándose el pelo. Levanté el pie por reflejo para que no se acercara al cajón; él lo detuvo antes de que lo tocara.
—¿Ahora me toca a mí? —preguntó.
—Me asustó. Suélteme.
Me soltó. Vio la caja sobre la cama y después los sobres que yo estaba guardando.
—Hay más en el otro cajón.
—Quiero tener los míos.
Asintió y se sentó a cierta distancia, sin seguir burlándose. Terminé de cerrar la bolsa. Su naturalidad me quitó parte de la vergüenza que yo misma había puesto en algo tan sencillo como cuidarme.
Miré hacia el pasillo. Había pedido una semana sola porque temía acostumbrarme demasiado a él, pero esa noche estaba agotada y no quería entrar en otra habitación desconocida con el ruido de la botella todavía en la cabeza.
Me acosté de mi lado.
—Hoy me quedo aquí. Pero quiero dormir, Damián.
—Está bien.
Apagó la lámpara. Al cabo de un rato apoyó la mano en mi cintura y esperó. Me acomodé más cerca; sentí que me rodeaba sin apretarme el brazo lastimado.
No intentó besarme ni volver a hablar del club. Esa fue la ayuda que pude aceptar antes de dormirme.