Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.
Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.
Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.
Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.
Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:
amarlo no era destino.
Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Sebastián me miró como si la frase le hubiera molestado más que todo lo anterior.
—Sofía es una buena persona —dijo—. No la insultes.
Una buena persona.
La buena persona que entraba del brazo de un hombre casado, ocupaba su tiempo, su dinero, su apellido en los rumores y ahora también su hospital.
—Claro —respondí—. Ahora resulta que las amantes también tienen derecho a ponerse celosas.
Su mandíbula se tensó.
Antes de que pudiera contestar, el jefe de personal apareció con un portafolio bajo el brazo.
—¿Qué hacen todos en la puerta? Pasen, tengo un anuncio.
Entramos.
Yo sabía, incluso antes de escucharlo, que aquello no iba a gustarme.
El jefe habló de un lugar nuevo en el programa de formación avanzada. Un lugar que normalmente exigía años de experiencia, cartas, evaluaciones, guardias, méritos. Un lugar por el que Clara llevaba meses compitiendo.
Después le sonrió a Sofía.
—Doctora Castañeda, preséntese.
Sofía se levantó con las manos juntas frente al cuerpo, toda timidez.
—Hola. Soy Sofía Castañeda. Estoy en el último año de medicina y espero aprender mucho de ustedes.
El silencio duró poco.
—¿Último año? —murmuró alguien.
—¿Y ya entra al programa?
—¿Desde cuándo el hospital regala plazas?
Sofía bajó la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de que nadie la tocara.
Sebastián caminó hacia ella y le tomó la mano.
No la escondió.
No fingió.
La sostuvo frente a todos, como si quisiera que el hospital entero entendiera quién la respaldaba.
—El programa no solo admite por trayectoria académica —dijo—. También hay vías por contribución institucional.
Hablaba con calma. Esa calma de hombre acostumbrado a que el dinero le abra puertas y la gente le llame mérito.
—Sofía donó cuatro equipos importados al hospital, con valor de varios millones. Si alguien aquí puede hacer una contribución igual, puede tomar la misma vía.
Nadie dijo nada.
¿Qué se podía decir?
El dinero acababa de comprarle a Sofía un futuro limpio, una entrada bonita, un lugar que otros habían sudado durante años.
Y yo, su esposa legal, intentaba calcular si podía pagar el medicamento de mi madre la siguiente semana.
Sebastián rodeó los hombros de Sofía.
—Es su primer día. Les pido que la apoyen. Esta noche invito la cena para el equipo. Habrá transporte para todos.
Sofía lo miró como si acabara de salvarle la vida.
Yo aparté la vista.
No por dignidad.
Porque si seguía mirando, se me iba a notar en la cara cuánto dolía.
La invitación hizo el resto. Un restaurante caro, cuenta pagada, transporte listo. La indignación del equipo se fue enfriando en murmullos. Nadie quería pelearse con Sebastián Alcázar. Nadie quería perder una cena que jamás pagaría por sí mismo.
Sofía sonrió otra vez.
—Es de parte de mi novio. Ojalá todos puedan ir.
Mi novio.
La palabra rebotó en las paredes como si no hubiera una esposa parada a tres metros.
Luego pidió una oficina.
—Me siento un poco cansada últimamente —dijo, tocándose el vientre—. ¿Podría usar la oficina de al lado? Pensé que estaba vacía.
Todas las miradas fueron hacia mí.
La oficina no estaba vacía.
Era mía.
Yo casi nunca cerraba la puerta. Trabajaba con el equipo, salía a urgencias, revisaba expedientes en cualquier mesa libre. Eso no significaba que mi lugar estuviera disponible para que alguien lo tomara con una sonrisa.
Clara habló antes que yo.
—Esa es la oficina de la doctora Rivas.
Sofía abrió mucho los ojos.
—Ay, no sabía. Perdón, doctora. De verdad pensé que nadie la usaba.
Miró alrededor y encontró el único escritorio libre: junto al baño, donde pasaba todo el mundo, con corriente de aire y olor a desinfectante.
Hizo un gesto pequeño, casi imperceptible, pero Sebastián lo vio.
Porque a ella sí la veía.
—Me puedo sentar ahí —dijo Sofía, con voz de sacrificio.
Sebastián la detuvo.
—No. Estás embarazada. Ese lugar está junto al baño y le pega el aire.
Después miró al jefe de personal.
—Mueva a la doctora Rivas a ese escritorio.
No fue una petición.
Clara se tensó.
—Pero es la oficina de la jefa del área.
El jefe de personal sonrió con incomodidad, como si la injusticia pudiera resolverse con tono amable.
—Jimena, apóyanos con esto. Tú casi siempre trabajas afuera con el equipo. Y Sofía necesita cuidados especiales.
Cuidados especiales.
También yo estaba embarazada.
También yo tenía náuseas, cansancio, miedo.
Pero mi embarazo era un secreto que, si Sebastián descubría, se volvería una orden de quirófano.
—No faltaba más —dije—. Sebastián es muy generoso con su novia. Yo nada más ayudo a que la generosidad tenga espacio.
Sofía se acercó, toda pena.
—Doctora Rivas, de verdad lo siento. Esta noche tiene que venir a la cena. Pida lo que quiera, yo le digo a Sebastián que le sirva una copa para agradecerle.
Cada palabra sonaba a disculpa.
Cada palabra marcaba territorio.
Me fui a recoger mis cosas.
Mi bata, mis libros, mis expedientes, una foto pequeña de mi madre que guardaba en un cajón. Todo cupo en una caja. Eso también dolió. Cinco años de trabajo y mi lugar podía desmontarse en diez minutos.
Faltaban quince minutos para la salida cuando Sebastián regresó.
Ya tenía coches esperando en el estacionamiento.
Sofía venía tomada de su brazo, radiante por la atención de todos.
—Doctora Rivas —me llamó—. Usted puede venir con nosotros.
—No voy. Tengo cosas que hacer.
Su sonrisa bajó.
—¿Sigue enojada por la oficina?
Qué manera tan limpia de ponerme el papel de resentida.
La miré.
—¿En serio cree que soy tan pequeña?
Sofía se puso roja.
—No quise decir eso.
Los ojos se le humedecieron.
Sebastián ya estaba molesto.
—Vas a ir.
—No estoy en horario.
—Eres su doctora. La vigilas durante la cena.
—Llévala a urgencias si se siente mal.
—Te pago.
Solté una risa seca.
—Qué considerado.
—Veinte mil por hora.
Sofía tiró de su manga.
—Sebastián, es demasiado.
Él le acarició la cabeza.
—Tu salud y la del bebé valen más.
Sentí el golpe en el estómago.
Cuando yo estaba en prácticas, una vez le pedí dos mil para sobrevivir hasta el pago siguiente. Me dijo que si no podía mantenerme, dejara el hospital y me quedara en casa.
Ahora pagaba veinte mil por hora para que yo cuidara a su amante durante una cena.
Quise decir que no.
Quise tener el lujo de rechazarlo.
Pero mi madre estaba en un sanatorio y el medicamento especial ya corría por su vena gracias a dinero prestado.
—Está bien —dije.
No sonó como rendición.
Pero lo fue.
Bajamos al estacionamiento.
Por costumbre, abrí la puerta del copiloto.
La voz de Sofía llegó detrás de mí, suave y rápida:
—Jimena, ese es mi lugar.
Mi mano se quedó sobre la manija.
Ese era su lugar.
La oficina era su lugar.
El brazo de Sebastián era su lugar.
La cena, la atención, el futuro, el bebé.
Todo parecía ser su lugar.
Todo, excepto el acta de matrimonio que todavía tenía mi nombre.
Rico conocer el final