Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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La Furia del Deseo
Jessica no respondió con palabras. La visión de Jack sano y salvo, erguido e imponente en medio de la penumbra de su cuarto, provocó un colapso de alivio tan profundo que las lágrimas brotaron de sus ojos. Dio tres pasos apresurados hacia él, cruzando la distancia que los separaba, y se arrojó contra su pecho, rodeándole el cuello con los brazos con una fuerza desesperada.
Jack soltó el paño de lino. Sorprendido por el impacto y el temblor violento del cuerpo de la joven contra el suyo, sus brazos rodearon instintivamente la cintura de Jessica, pegándola contra su torso con un agarre posesivo e inquebrantable.
—Dijeron que estabas herido... dijeron que venías cubierto de sangre —sollozó ella contra la piel tibia de su cuello, inhalando compulsivamente su aroma—. Creí que te perdía, Jack. No podía quedarme esperando.
El príncipe cerró los ojos y dejó escapar un largo y atormentado suspiro de rendición. Sentir el calor dulce de Jessica, escuchar su llanto de devoción y saber que había arriesgado su reputación y su honor solo para correr a su lado, destruyó de un solo golpe la última barrera de contención que le quedaba.
—Estoy bien, mi tesoro... no me pasó nada —murmuró él con infinita ternura, hundiendo las manos en el cabello de Jessica y besando su frente, sus mejillas y el rastro de sus lágrimas con una desesperación contenida durante días—. Eran unos miserables en el camino. Estoy intacto.
Jessica alzó el rostro, encontrándose con los ojos grises de Jack. Ya no había rastro del general de hielo ni de la distancia calculada del cortejo noble. Las pupilas de Jack estaban oscurecidas por una tormenta de amor, deseo y posesividad absoluta. Podía sentir el latido salvaje e incontrolable del corazón del príncipe contra sus propios pechos.
—Jack... no te vuelvas a ir —susurró ella, alzándose sobre las puntas de sus pies y rozando sus labios febriles contra los de él—. No puedo soportar la distancia. Te necesito.
El autocontrol del Príncipe Frío se hizo añicos definitivos.
—Tú lo pediste, Jessica... —gruñó Jack contra su boca en una mezcla de súplica y reclamo salvaje—. No me pidas piedad esta noche, porque ya no tengo fuerzas para ser un caballero.
Jack la tomó por la nuca y devoró su boca en un beso hambriento, profundo y abrasador que hizo gemir a Jessica de pura entrega. La arrastró suavemente hacia el gran lecho de madera de dosel, cubierto con mantas de piel y terciopelo.
Sin romper el contacto de sus labios, las manos firmes y grandes de Jack desabrocharon el nudo de la bata de seda de Jessica, dejando al descubierto la suavidad de su piel bajo la luz dorada del fuego. Cada roce de las manos del príncipe era un fuego devorador; la torpeza inicial de los meses de contención dio paso a una pasión desenfrenada donde la vulnerabilidad y la fuerza bruta se mezclaron en perfecta armonía.
Jessica arqueó la espalda ante el contacto de la boca de Jack bajando por su cuello hasta la curva de sus pechos, enredando los dedos en la espalda ancha del príncipe mientras la ropa terminaba de caer a los pies de la cama. Ya no había diarios robados, ni celos disimulados, ni miradas frías en los salones de la corte. Solo existían ellos dos, desnudados de títulos, armaduras y máscaras.
Esa noche, en medio del silencio del Palacio Imperial y bajo el calor ardiente de las brasas de la chimenea, Jack y Jessica consumaron su amor en un primer encuentro lleno de una devoción salvaje, una entrega absoluta y una falta total de autocontrol que selló sus destinos para siempre.