Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 19
El despacho de Sebastián, normalmente espacioso, se sentía como un calabozo asfixiante. La lámpara del escritorio, con su luz mortecina, proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, como dedos fantasmales que apretaban.
Sobre el escritorio de caoba, una carpeta negra yacía abierta de par en par, revelando un contenido más afilado que un puñal: la colección de fotografías del detective Hugo.
Sebastián estaba paralizado. Las manos que firmaban contratos millonarios con soltura ahora le temblaban violentamente al sostener una foto tamaño postal.
En la imagen, Valentina estaba de pie frente a un local sencillo y cuidado. Llevaba una bata de casa limpia, el pelo que antes siempre se arreglaba en el salón ahora recogido sin ceremonia, pero el rostro... ese rostro resplandecía.
Valentina cargaba a un bebé envuelto en una manta azul que se reía. Y lo que más devastó a Sebastián fue la sonrisa de ella.
Una sonrisa abierta que dejaba ver los dientes parejos, una sonrisa cargada de alivio, de orgullo y de amor puro.
La sonrisa que hacía años había desaparecido de la casa de ambos, desde que la ambición de Sebastián empezó a sepultar su conciencia.
—Ya dio a luz... —la voz de Sebastián salió como un susurro roto.
Sebastián tocó la superficie de la foto, justo sobre el rostro diminuto del bebé. El niño tenía la línea de la mandíbula idéntica a la suya, pero con los ojos serenos de la madre.
—¿Cuánto tiempo tiene, Hugo? —preguntó Sebastián sin voltear.
Hugo, de pie en la penumbra del rincón, carraspeó.
—El bebé tiene aproximadamente tres meses, señor. Se llama Santiago. El expediente del centro de salud local registra que la señora Valentina dio a luz por parto natural en la clínica de una partera del pueblo, a medianoche... sola.
La palabra sola le cayó a Sebastián como un mazo. Recordó esa noche, la noche en que su celular vibró en el club nocturno y Clarissa lo obligó a ignorarlo.
O sea que, mientras él brindaba con champán caro, Valentina se jugaba la vida en la cama de una clínica rural para traer al mundo a su propia sangre.
—¿Por qué sonríe así de feliz? —gruñó Sebastián, y la rabia empezó a tapar la culpa—. ¿Por qué se ve como si su vida fuera perfecta sin mí? ¡Debería estar sufriendo! ¡Debería arrastrarse de vuelta a mis pies!
—Señor Montero —intervino Hugo con tono plano pero punzante—, la señora Valentina no tiene aspecto de estar arrastrándose. Más bien parece alguien que acaba de salir de la cárcel.
Sebastián estrelló la foto contra el escritorio.
—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada!
Al otro lado de la puerta, Clarissa estaba con la oreja pegada a la madera gruesa. Lo había escuchado todo.
La furia le incendió el pecho. No imaginó que Sebastián siguiera obsesionado con rastrear a la "pueblerina".
Clarissa abrió la puerta de un empujón, haciendo que Sebastián se sobresaltara y cerrara la carpeta por reflejo.
—¡Así que por esto no quisiste salir a cenar conmigo! —chilló Clarissa—. ¡Todavía piensas en ese niño! ¡En un hijo que ni siquiera te quiere como padre!
—¡Clarissa, sal de aquí! ¡Esto es asunto de la oficina! —gritó Sebastián.
—¿Asunto de la oficina? ¿Pagarle a un detective carísimo para ver fotos de tu exmujer amamantando? ¡Estás enfermo, Sebastián! —Clarissa se acercó con los ojos centelleantes de odio—. Acuérdate bien, Sebastián. Tu negocio está al borde del precipicio. Los inversionistas empiezan a preguntar por qué el jefe del Grupo Montero no se concentra. Si sigues así, no solo Valentina desaparece, ¡toda tu fortuna se esfuma!
Clarissa agarró una de las fotos que había caído al suelo: la foto de Santiago. Con un movimiento rápido y lleno de rencor, la desgarró en dos mitades frente a los ojos de Sebastián.
—¡Para con este ridículo o yo me encargo personalmente de que Valentina y su hijo no vuelvan a tener paz en ese pueblo! —amenazó Clarissa en un tono bajo, cargado de veneno.
Sebastián miró los pedazos de la foto en el piso. Por un instante, quiso abofetear a Clarissa. Pero el miedo a perder el respaldo social y el capital que venía de las conexiones de ella volvió a amordazarlo. Era prisionero de sus propias elecciones.
—Vete, Clar. Ya salgo —dijo Sebastián con una voz profundamente agotada.
Cuando Clarissa se fue dando otro portazo, Sebastián se arrodilló. Recogió las dos mitades de la foto e intentó unirlas. Vio el rostro de Santiago, partido exactamente por la mitad.
Esa era la imagen de su vida ahora: partida en dos. Entre un mundo de oropel que le devoraba la fortuna, y un local pequeño en Villa Esperanza que guardaba el corazón que dejó atrás.
Mientras tanto, en Villa Esperanza, el contraste no podía ser más marcado. Valentina acababa de terminar un pedido de pasteles para la oficina municipal.
Estaba sentada en el portal de su local, bajo la luz amarilla y cálida, amamantando a Santiago, que ya empezaba a quedarse dormido.
El bebé soltó el pecho y la miró con esos ojos redondos y cristalinos, y luego le regaló una sonrisa sin dientes absolutamente irresistible.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Ya quieres dormir? —susurró Valentina, besándole la frente que olía a leche y talco.
En eso, el doctor Adrián llegó en su moto vieja. Traía un paquete pequeño con vitaminas para Valentina.
—Buenas noches, Valentina. ¿Aún despierta? —preguntó Adrián mientras se quitaba el casco.
—Todavía, doctor. Santi parece que quiere seguir jugando. ¿Usted apenas sale del centro de salud?
Adrián se sentó en una silla de bambú en el portal, guardando una distancia respetuosa, aunque su mirada no podía disimular la admiración.
—Sí. Fue un día pesado, pero verlos a los dos aquí me quita la mitad del cansancio.
Valentina sonrió, una sonrisa que se le tiñó de rubor.
—Doctor, usted leyó demasiados libros cursis.
Se rieron juntos. En Villa Esperanza, Valentina no necesitaba diamantes ni fiestas millonarias. Solo necesitaba a alguien que la valorara como ser humano, no como accesorio para lucir estatus.
Lo que Valentina no sabía era que al final de la calle oscura, un auto con vidrios polarizados estaba estacionado. Era el asistente de Hugo, que seguía vigilándola.
Grabó la risa de Valentina y Adrián. Una grabación que le enviaría a Sebastián esa misma noche.
Sebastián, al recibir el video en la capital, sintió que su mundo se derrumbaba. Vio a su exesposa riendo con otro hombre, en el lugar que él consideraba indigno.
Pero ante sus ojos, Valentina lucía más hermosa que cualquier modelo con la que se hubiera cruzado.
—Se está riendo... —Sebastián apretó el celular hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Le regala esa risa a un doctorcito de pueblo, no a mí.
La obsesión de Sebastián había mutado. Ya no quería exhibir la pobreza de Valentina; ahora era un deseo posesivo y peligroso. Sentía que Valentina seguía siendo suya. Que Santiago era suyo.