El Rey Alfa Kael, conocido como el Lobo Plateado, lleva cargando una maldición ancestral: sin descendencia su poder se desvanecerá y su reino caerá en ruinas. Buscando solo cumplir su deber, pasa una noche desconocida con una chica marginada y sin nombre, a quien todos llaman solo “la huérfana”. Esa noche cambia todo: ella queda embarazada… ¡de seis bebés! Pero antes de que pueda contárselo, su madrastra cruel la vende en una subasta clandestina. Cuando el destino los vuelve a cruzar, Kael descubre que ella no es cualquiera: es su pareja destinada, la única capaz de romper su maldición. Pasará de vivir entre basura y desprecios a sentarse en el trono más alto, demostrando que quien parecía la más débil, es la dueña de su corazón y de todo su reino.
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Capítulo 24: Regreso triunfal… y herido
El aullido retumbó en todo el valle, potente y desgarrador, antes de que nadie viera nada. Valerius y sus hombres se detuvieron en seco, pálidos, y en ese instante una sombra inmensa surgió entre los árboles: el Lobo Plateado, más grande y feroz que nunca, con el pelaje erizado y los ojos encendidos de furia. Se abalanzó sobre los captores con una velocidad devastadora, derribando a dos de ellos de un solo golpe, rugiendo con fuerza que hizo huir a los demás despavoridos.
Valerius intentó sujetar a Elara por el brazo, pero la bestia lo miró con tal intensidad que lo soltó de inmediato, retrocediendo aterrorizado. Kael cambió de forma en un instante, apareciendo entre ella y sus enemigos, sin siquiera cubrirse, con el pecho subiendo y bajando agitado:
—¡Aléjate de ella! —bramó, y su voz no era la de un hombre, sino la de un monarca que no pide, sino que ordena—. Un paso más y mueres.
Valerius, viendo que sus hombres huían y que no tenía ventaja, escupió con rabia:
—Esto no ha terminado. La verdad que ocultamos saldrá a la luz y te destruirá a ti también. —Dio media vuelta y desapareció entre la espesura, dejando atrás a su cómplice y a la anciana.
Kael se giró de inmediato hacia Elara, la tomó entre sus brazos, examinándola con desesperación:
—¿Te hicieron algo? ¿Estás herida? Encontré tu carta… creí que te había perdido.
Ella lo abrazó con toda su fuerza, temblando:
—Estoy bien. Gracias por venir. Sabía que vendrías.
Entonces recordó a la mujer que estaba a su lado y se apartó un poco, tomándola de la mano:
—Kael… ella es mi abuela. Está viva. Ella es quien me envió la carta.
Él la miró con asombro y respeto, y la anciana asintió con tristeza y dignidad:
—Me llamo Selene. Fui reina… hasta que la sombra antigua me obligó a esconderme. A ti, joven rey, te agradezco lo que hiciste por ella. Pero temo que lo peor apenas comienza.
Regresaron al palacio juntos. El pueblo, que había visto partir a Elara con temor, la vio volver del brazo de su rey, acompañada de una mujer que nadie reconoció pero que irradiaba nobleza. La gente salió a las calles, vitoreando, arrojando flores, llorando de alegría. Para ellos, era un regreso triunfal: la reina que se atrevieron a amenazar volvía protegida, firme, viva.
Pero la alegría de Elara tenía un borde afilado, como una espada oculta. Al llegar a sus aposentos, se sentó despacio y soltó un gemido suave. Kael se arrodilló junto a ella y vio que su vestido estaba manchado de rojo oscuro: durante la lucha, uno de los hombres la había golpeado en el costado, y ella había soportado el dolor en silencio para no preocuparlo.
—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó él, con voz quebrada, limpiando la herida con manos temblorosas.
—Tenía miedo —confesó ella, con lágrimas en los ojos—. Miedo de que te asustaras. De que pensaras que no sobreviviremos.
—Nada de lo que pase nos separará —prometió él, besándole la mano—. Pero no cargues todo tú sola. Tu fuerza es grande, pero no tienes que ser fuerte siempre. Déjame sostenerte cuando no puedas más.
Selene entró con hierbas y vendajes, y mientras curaba la herida, habló con voz grave:
—La herida sanará. Pero el golpe también llegó a los pequeños. No corren peligro de momento… pero están débiles. Necesitan reposo, calma, que nadie la altere. Y necesitan saber la verdad completa.
Se sentaron junto a la chimenea, y la anciana les contó todo, sin ocultar nada:
—Hace siglos, nuestro linaje y el de los Lobos Plateados eran uno solo. Pero una disputa dividió la familia. Los que se quedaron con la fuerza de la luna se convirtieron en mis antepasados; los que siguieron el poder de la bestia fundaron la estirpe de Kael. Se juró que las dos ramas nunca volverían a unirse, pues se creía que la unión despertaría un poder antiguo dormido desde la guerra primera.
Miró a ambos con tristeza:
—Ustedes son la unión que se prohibió. Los seis que llevas dentro, Elara, son el poder que se temió: la fuerza de la luna y la del lobo juntas. Por eso quieren destruirlos… o controlarlos. Valerius no actúa solo. Sirve a quienes creen que la separación debe mantenerse a toda costa.
Elara escuchaba con el corazón apretado:
—Entonces… ¿somos nosotros el problema? ¿Nuestro amor es la causa de todo este peligro?
Selene negó con la cabeza:
—Su unión no es la maldición. Es la respuesta. Lo que despiertan no es algo que deba temerse… sino algo que ha de guiarse. Pero hay quienes prefieren el poder dividido y oscuro a la luz que ustedes traen. Y lucharán hasta el final para impedirlo.
Esa noche, mientras Elara descansaba, Kael la observaba desde la ventana, con la mandíbula tensa. Sabía ahora que el enemigo era más antiguo y profundo que cualquier traición de la corte. Y sabía también que la protegida que amaba no solo era reina… era el centro de algo mucho más grande, más peligroso y más poderoso que todo lo que conocían.
Selene se acercó a él:
—Ella es fuerte, más de lo que imaginas. Pero cuando los niños nazcan, el peligro será mayor. Debes prepararte. Debes preparar a tu pueblo. Porque la batalla que viene no será solo de espadas… sino de creencias.
Kael asintió, mirando a Elara dormir con la mano sobre su vientre:
—No importa contra quién luchemos. No importa qué tan antiguo sea el enemigo. No permitiré que nadie le haga daño a ella ni a los nuestros. Defenderé a mi familia con todo lo que soy.
Pero en la oscuridad, lejos del palacio, Valerius escribía un mensaje desesperado a sus aliados: La anciana ha aparecido. La verdad sale a la luz. Si no actuamos ahora, perderemos todo. Reúnan a los leales. Atacaremos antes de que los niños nazcan.
El regreso fue triunfal, sí… pero la guerra que se acercaba sería la más dura de todas.