Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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El Precio del Vidrio Roto
El tintineo de los fragmentos de las vidrieras góticas al caer sobre el mármol polícromo de la Santa Croce fue el único réquiem que acompañó la salida de Lucciana. La lluvia de Florencia, inclemente y purificadora, entró por los ventanales destrozados, mezclándose con el humo de las velas apagadas y el olor a azufre residual.
Nadie la siguió. Los miembros de la Hermandad de la Ceniza yacían dispersos entre los bancos de madera, aturdidos por la violenta onda de choque espiritual y con sus hilos de poder nigromántico cortados de tajo. Leonora Vance la observó marchar con los ojos inyectados en sangre, pero el terror muto que mostraba su rostro aristocrático fue la primera victoria real que Lucciana saboreó.
Al cruzar el umbral de la basílica, las piernas de Lucciana flaquearon. Se apoyó contra una de las columnas de la fachada, sintiendo un cansancio sísmico que le calaba hasta la médula de los huesos. El fuego azul que había brotado de sus manos no era gratuito; consumía su energía vital como combustible. Su mano izquierda, abierta de nuevo por el bisturí, goteaba una sangre densa y oscura sobre los escalones de mármol.
Sin embargo, al presionar su mano derecha contra el bolsillo de su abrigo, el frío metálico del frasco de plata le devolvió la lucidez. Estaba tibio. Una sutil pulsación dorada atravesaba la plata, confirmando que la esencia de Matteo descansaba en su interior, a salvo del hambre del abismo.
—Un rescate espectacular. Aunque, si me permites la crítica profesional, un tanto teatral para mi gusto.
Luca Ferro emergió de la cortina de niebla de la plaza. Su bastón con empuñadura de serpiente golpeaba el suelo con un ritmo pausado. A pesar de la tormenta que arreciaba, ni una sola gota de lluvia parecía atreverse a tocar la cachemira de su abrigo gris. Sus ojos pálidos se fijaron de inmediato en el bolsillo de Lucciana.
—Lo tengo —dijo ella, con la voz pastosa, obligándose a ponerse recta—. Tengo el alma de Matteo. El trato está cumplido, Luca. Rompe el contrato y devuélveme mi vida.
El Diablo se detuvo a un par de pasos de ella. Una sonrisa ladina, cargada de una condescendencia casi paternal, dibujó sus labios perfectos.
—¿Devolverte tu vida? Lucciana, mi querida y brillante ignorante... Mírate las manos. Mira el rastro que dejas al caminar.
Lucciana bajó la vista hacia su mano izquierda. La sangre que manaba de la herida del bisturí no caía al suelo de forma natural; antes de tocar la piedra, se evaporaba en volutas de humo azulado. El latido en su pecho ya no era el de un corazón humano; era un mecanismo frío, un metrónomo del submundo.
—El poder que usaste ahí dentro no se puede encender y apagar como la lámpara de tu taller —continuó Luca, dando un paso más, quedando tan cerca que Lucciana pudo oler el aroma a tierra quemada que desprendía—. Eres el ancla de esa alma. Si yo rompo el contrato ahora y retiro mi marca de ti, el frasco de plata perderá su protección mística al instante. ¿Y sabes qué pasará entonces? La Hermandad de la Ceniza lo rastreará en cinco minutos, o peor aún, las deudas pendientes de Matteo con el pozo profundo reclamarán su derecho. Él se disolverá en la nada, y tú volverás a ser la novia humillada que no tiene dónde caer muerta.
Lucciana apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia reemplazaba al cansancio.
—Me prometiste que si te entregaba su alma, discutiríamos la devolución de la mía.
—Y lo estamos discutiendo —replicó el Diablo, ajustándose los guantes de piel—. Pero la realidad legal es que Matteo Vance sigue muerto, y su alma está en un limbo que tú misma creaste al arrancarlo del ritual. No puedes devolver un alma al cuerpo si el cuerpo es un montón de cenizas en una morgue policial. Tu venganza contra Leonora Vance apenas ha comenzado, y necesitas mi patrocinio si quieres sobrevivir a lo que viene.
Lucciana miró hacia la inmensa plaza vacía. Sabía que Luca Ferro tenía razón. Había cruzado el Rubicón la noche en que firmó con su sangre. La joven restauradora que pasaba los días limpiando óleo y catalogando manuscritos eclesiásticos había muerto en el altar de Santa María del Fiore. Lo que quedaba ahora era una criatura nacida del dolor, el rencor y la magia prohibida.
—¿Qué es lo que sigue entonces? —preguntó, con una frialdad que pareció complacer enormemente al demonio.
—Sigue asegurar la mercancía —Luca Ferro señaló el frasco de plata—. La Hermandad no se quedará de brazos cruzados. Leonora Vance sabe que tienes el alma de su hijo, y usará toda la maquinaria de la alta sociedad florentina para destruirte legal, social y, si es necesario, físicamente. Necesitamos un lugar seguro para Matteo. Un lugar donde las vibraciones del Infierno y de la Tierra se neutralicen.
—Mi taller —sugirió Lucciana de inmediato—. Está protegido por los cimientos de la Santa Croce y los textos antiguos que guardo allí.
—Tu taller es el primer lugar donde buscarán, mi querida detective —Luca sonrió, mostrando sus dientes perfectos—. Pero tienes razón en algo: el sótano tiene la densidad telúrica adecuada. Vamos allá, pero cambiaremos las cerraduras humanas por algo un poco más... eterno.
El regreso al sótano cerca de la Santa Croce fue silencioso. Florencia parecía dormir bajo el manto de la tragedia de la basílica, ignorante de que las fuerzas del cielo y el infierno habían colisionado en uno de sus templos más sagrados.
Al entrar al taller, Lucciana encendió una sola lámpara de gas. El olor a barniz y disolventes le resultó extrañamente reconfortante, un recordatorio de quién solía ser. Caminó hasta el gran espejo antiguo de marco dorado carcomido y se miró.
Su reflejo ya no era el de la novia espectral de la noche anterior. El luto negro le sentaba bien, endureciendo sus facciones. Sus ojos oscuros tenían ahora un brillo frío, casi metálico, y al parpadear, una finísima línea azulada recorría su iris. Estaba cambiando. El Infierno la estaba moldeando a su imagen y semejanza.
Luca Ferro se acercó a la mesa de trabajo principal, apartó el manuscrito del siglo XV con un gesto elegante y sacó de su abrigo una pequeña caja de madera de ébano negro, grabada con símbolos geométricos que Lucciana no pudo identificar.
—Coloca el frasco aquí dentro —ordenó el Diablo.
Lucciana sacó el receptáculo de plata de su bolsillo y lo depositó en la caja. En cuanto la madera de ébano se cerró, la pulsación dorada disminuyó, quedando confinada en un espacio estanco donde la Hermandad no podría rastrearla mediante nigromancia.
—Aquí estará seguro por ahora —dijo Luca, pasando un cerrojo de hierro sobre la caja—. Pero esto es solo un aplazamiento. La Hermandad de la Ceniza se reúne en el Palazzo Vance el próximo viernes para la lectura del testamento de Matteo. Leonora planea falsificar los documentos para quedarse con el control absoluto de los viñedos y las finanzas que le correspondían a su hijo, consolidando así el capital que la secta necesita para su próximo sacrificio monumental.
Lucciana caminó hacia la mesa, apoyando sus manos sobre la madera.
—Si asisto a esa lectura...
—Si asistes, estarás entrando en la boca del lobo —la interrumpió Luca Ferro, con los ojos brillando de anticipación—. Pero también es la oportunidad perfecta. Si logramos exponer los crímenes de Leonora ante los miembros de la alta sociedad que aún no están corruptos por la secta, destruirás el apellido Vance desde los cimientos. Despojarás a la Hermandad de su recurso más valioso: el anonimato y la respetabilidad.
Lucciana miró la caja de ébano donde descansaba el alma del hombre que había intentado salvarla de esa misma oscuridad. Matteo había muerto para protegerla. Lo mínimo que podía hacer era usar el poder que el Diablo le había otorgado para limpiar su memoria y arrastrar a sus verdugos al mismo abismo que ellos adoraban.
—Iré a ese palacio —sentenció Lucciana, y su dedo cortado ardió con un calor azul y reconfortante—. Y esta vez, no necesitaré un vestido de novia para llamar la atención de todos.
Luca Ferro se inclinó ante ella en una elegante reverencia, su silueta comenzando a fundirse una vez más con las sombras del sótano.
—Que comience el segundo acto, Signorina Bianchi. La función apenas está por ponerse interesante.
gracias autora por esta joya 👏👏👏