Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 18: FRONTERA INDIVISIBLE
Nicolas Donovan
Había pasado exactamente una semana desde aquella noche en Ginebra, siete días desde que vacié mis ganas en el interior de Chloe y sellé su piel con una promesa de posesión absoluta. Siete días desde que regresamos al piso cuarenta y cinco de la Torre Donovan en Nueva York, intentando levantar un muro de concreto y frialdad corporativa sobre un terreno que ya estaba completamente calcinado por el fuego de la lascivia.
Me pasé una mano frustrada por el cabello negro, despeinándolo ligeramente mientras contemplaba los ventanales de mi despacho presidencial. Para la jornada de hoy, me había vestido con un impecable traje de tres piezas de un profundo color verde botella; el chaleco de sastrería ceñía mi torso con una rigidez que pretendía ocultar la tensión de mis músculos, la corbata de seda oscura estaba perfectamente ajustada y el pañuelo en el bolsillo del saco gritaba la opulencia de un hombre que lo gobernaba todo. Pero la realidad era que, dentro de esta armadura costosa, me sentía un maldito esclavo de mis propios impulsos.
Intentar mantener la profesionalidad con ella se había convertido en el ejercicio de autocontrol más destructivo de mi vida entera.
Cada mañana, cuando Chloe entraba por la puerta de cristal esmerilado con su tableta corporativa en la mano, un moño alto y tirante que no dejaba escapar un solo mechón rubio, y esas camisas blancas de botones cerradas hasta el cuello, mi mente borraba el entorno por completo. La miraba caminar con esa timidez innata, dando pasos cortos, y mis ojos claros se transformaban en dos focos de deseo absoluto. Ya no veía a la asistente eficiente que dominaba tres idiomas; veía a la mujer que había temblado desnuda bajo mi cuerpo en las sábanas de Ginebra, la virgen que se había quebrado de placer mientras yo la devoraba.
Mis ojos la escaneaban con una fijeza microscópica, deteniéndose en la curva de sus caderas, en la palidez de sus muñecas que yo mismo había sometido sobre el colchón, y en sus labios carnosos que ahora lucían un tono natural que me tentaba a ponerme de pie, acorralarla contra la madera de ébano y morderla hasta escucharla gemir mi nombre otra vez.
La tensión sexual en el piso ejecutivo era tan espesa que el aire casi chisporroteaba cada vez que nuestros dedos se rozaban al intercambiar una carpeta de auditoría. Ella bajaba la mirada de inmediato, con las mejillas encendidas en un rubor escarlata que delataba que estaba recordando exactamente lo mismo que yo. Ella intentaba mantener la distancia, ser la empleada perfecta, pero la fijeza de mi mirada le recordaba a cada segundo que su cuerpo ya me pertenecía.
—Señorita Bennett —la llamé, y mi voz, ese barítono ronco y espeso que delataba mi agitación interna, cortó el silencio del despacho—. Traiga los balances de la constructora.
—Sí, señor Donovan —respondió ella en un hilo de voz, manteniendo la vista fija en el suelo alfombrado para no flaquear ante mis ojos de cazador.
Cuando se alejó hacia el área de archivo, me incliné sobre mi escritorio y abrí una pestaña confidencial en mi computadora portátil. La obsesión protectora que sentía por ella se había salido de control de una manera macabra. El fin de semana anterior, tras descubrir lo que mi hija Vanessa le había hecho en el campus, ordené un informe financiero detallado de la situación de Chloe. Descubrí las deudas acumuladas, las facturas médicas pendientes de su difunta madre y el saldo deudor de sus libros universitarios que la tenían al borde del colapso cada mes.
No lo dudé un solo segundo.
Usando una serie de cuentas bancarias fantasma y corporaciones puente que no podían ser rastreadas hasta mi apellido, comencé a pagar en secreto cada una de sus deudas universitarias. Liquidé el saldo de sus próximos tres semestres, cancelé las moras de la biblioteca de la facultad y absorbí los gastos de administración de su expediente.
Lo hice desde el anonimato más absoluto, porque sabía perfectamente que su orgullo y su timidez le impedirían aceptar un solo centavo directo de mi billetera. Quería quitarle ese peso de los hombros, quería que su mente estuviera libre de la miseria para que solo tuviera que concentrarse en sus estudios... y en mí.
Pero no me detuve ahí. La necesidad de marcar territorio, de recordarle que estaba bajo mi ala incluso cuando no estábamos en la intimidad de mi habitación, me empujó a iniciar un juego de manipulación silenciosa. Había comenzado a mandarle regalos anónimos a su pequeño departamento a través de servicios de mensajería privada que utilizaban nombres falsos.
Ayer por la tarde, le envié una caja de madera de nogal que contenía un juego de bolígrafos de plata de alta gama y una bufanda de cachemira pura del mismo color verde que sus ojos, sin ninguna nota. Quería que se envolviera en telas costosas, quería que sintiera la opulencia rodeándola por los rincones, confundiéndola, haciéndola cuestionar de dónde provenían esos detalles mientras yo la observaba desde mi trono de ébano, disfrutando del desconcierto de sus facciones.
La puerta de cristal se abrió de nuevo y Chloe regresó al despacho, sosteniendo las carpetas contra su pecho como si fueran un escudo contra la lascivia de mi mirada. Se acercó al escritorio con pasos vacilantes y colocó los papeles sobre la mesa, pero noté de inmediato que sus manos temblaban más de lo habitual y sus ojos verdes estaban cargados de una confusión profunda que no lograba descifrar.
—Aquí tiene los balances, señor —dijo, pero no se retiró de inmediato. Se quedó estática frente a mí, jugando con los dedos de sus manos, mordiéndose el labio inferior de una manera que casi me hace perder los estribos del chaleco verde botella.
—¿Pasa algo más, señorita Bennett? —pregunté, entornando los ojos, fijando mi vista en su rostro alterado.
Chloe tragó saliva, armándose de valor, alzando finalmente la mirada para conectar sus ojos verdes con la fijeza de los míos. La distancia entre nosotros era de apenas un metro de madera noble, pero la electricidad estática entre nuestros cuerpos era sofocante.
—Señor Donovan... hay algo que me está volviendo loca esta semana —confesó en un susurro apurado, con la voz quebrada por la confusión—. Yo... no sé qué está pasando. Esta mañana fui a la oficina de tesorería de la universidad para pedir una prórroga por los cargos de la universidad, y la secretaria me dijo que todo mi saldo, incluyendo las matrículas del próximo año, aparece completamente liquidado en el sistema. Y no es solo eso... casi cada noche llega un mensajero a mi edificio a dejarme cajas con ropa costosa, bufandas y cosas que yo jamás podría costear en mi vida...
Me incliné hacia adelante, apoyando los puños sobre el escritorio de ébano, proyectando la inmensidad de mis hombros anchos sobre ella, acortando la distancia de tal manera que pude ver cómo se le dilataban las pupilas ante mi cercanía. Una sonrisa de medio lado, letal, posesiva y sumamente divertida, se dibujó en mis labios.
—¿Y por qué le preocupa tanto eso, Chloe? —mi voz bajó a ese barítono ronco y pausado que use cuando la tenía sometida en la cama—. Debería estar agradecida de que un alma caritativa decidió aliviar sus problemas económicos. Alguien con mucho dinero parece estar muy interesado en que usted no pase por ninguna necesidades.
Chloe dio un paso hacia adelante, apoyando sus manos temblorosas en el borde del escritorio, inclinándose sutilmente hacia mí. La abertura de su camisa blanca dejó ver un milímetro de la palidez de su pecho, y el aroma a vainilla de su piel me golpeó la cara con la fuerza de un mazo, haciéndome sentir cómo mi masculinidad comenzaba a endurecerse de forma intolerable bajo el pantalón.
—¡Me confunde, señor! —exclamó ella en un susurro desesperado, con los ojos vidriosos—. Tengo miedo de que sea una trampa, de que alguien esté intentando comprarme o... o que sea un error y luego me lo quiten todo. No entiendo quién podría tomarse la molestia de gastar miles de dólares en una simple estudiante huérfana como yo. No tiene sentido...
La miré fija, con una intensidad asesina que pretendía devorarle la voluntad por completo. La fijeza de mis ojos fijos en sus labios rojos fue la única respuesta que le di durante un largo y agónico minuto de tensión sexual pura.
Disfruté de verla dudar, de ver cómo su respiración se volvía corta y rápida, haciendo subir y bajar sus senos a escasos centímetros de mis manos.
Ella sospechaba, su inteligencia le decía que el único hombre con el poder y el motivo para hacer algo así estaba sentado justo frente a ella, pero el pánico profesional le impedía asegurarlo en voz alta.
—Yo solo sé una cosa, señorita Bennett —dije, y mi voz vibró con una autoridad tan implacable que la hizo estremecer las piernas—. Sé que usted debe dejar de hacer preguntas y concentrarse en cumplir con su labor en esta oficina. Si alguien decidió pagar sus cuentas y mandarle regalos... yo en su lugar me limitaría a usarlas y a guardar absoluto silencio. ¿Le quedó claro?
Chloe entreabrió los labios, soltando un jadeo ahogado ante la confirmación implícita de mis palabras. Sus ojos verdes se llenaron de una mezcla de sumisión, deseo y un agradecimiento tan profundo que me encendió la sangre.
Dio un paso atrás, asintiendo frenéticamente con la cabeza, completamente muda ante la imponente presencia de su dueño, entendiendo por fin que su vida entera ya estaba gobernada por el hilo invisible de mi dinero y mi obsesión.