Nicolás Falcón fue humillado por Alessia Duval y su familia.
Años después, él regresa convertido en un millonario implacable… justo cuando Alessia lo pierde todo.
Su madre al morir le confiesa algo que ella se cuestióna si es verdad o mentira.
Él la acorrala solo para que se case con el, no por amor, sino para vengarse y hacerla pagar cada una de las humillaciones y el acto más cobarde que una mujer puede hacer.
Entre el odio, la convivencia, el dolor y los secretos, ambos empiezan a sentir algo que creían extinto.
Lo que él no esperaba…
era que verla rota despertara sentimientos que pensaba muertos.
Lo que ella no imaginaba.
era descubrir que detrás del hombre frío y cruel que ahora la domina, aún vive aquella persona buena al que ella hirió.
Entre venganza, culpa, deseo, odio y un gran
secreto capaz de destruirlos, terminan atrapados en un matrimonio donde el amor se convierte en la venganza más peligrosa.
Novela no apta para todo público.Contiene +18 y Maltrato emocional.
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El comienzó de todo.
Nicolás Falcón tenía treinta y cuatro años y era el dueño de la petrolera más grande del mundo.
A simple vista, cualquiera habría pensado que siempre lo tuvo todo.
Que nació rodeado de lujos, privilegios y oportunidades. Pero la verdad era muy distinta.
Nicolás era huérfano.
Un hombre que aprendió desde joven que nada se regalaba y que todo debía ganarse con esfuerzo. Trabajó en cuanto oficio encontró, aceptando jornadas largas y sueldos mínimos, hasta que la vida lo llevó a convertirse en chófer de una de las familias más influyentes del país: los Duval.
Entrar a esa casa fue, al principio, un alivio.
Un empleo estable. Un techo seguro. Una rutina tranquila.
Sin saberlo, también fue el inicio de su ruina.
Fue allí donde la vio por primera vez.
Alessia Duval.
La hija menor de la familia. Una joven capaz de hacer desaparecer el resto del mundo cada vez que cruzaba frente a él. Alegre, luminosa, hermosa de una forma que Nicolás jamás había visto.
Ella tenía dieciocho años.
Él, veintitrés.
Cada mañana Nicolás la llevaba a la escuela. Conocía sus horarios, sus amistades, sus costumbres. La cuidaba en silencio, como quien protege algo que no le pertenece.
Todo cambió el día en que una llanta se ponchó.
Mientras él la cambiaba, comenzaron a hablar. Una conversación sencilla, casi inocente, que se alargó más de lo esperado. Alessia hablaba con educación, con una dulzura que lo desarmaba sin esfuerzo. Aquella charla fue el inicio de algo que ninguno supo detener.
Llegaron tarde ese día.
Y luego otra vez.
Y otra más.
Las excusas se volvieron frecuentes. Salidas improvisadas al cine, paseos sin rumbo, horas enteras hablando de cualquier cosa. Nicolás se permitió sentir, sin imaginar siquiera que, para ella, aquello podía no significar lo mismo.
Nunca pensó que todo fuera un simple capricho adolescente.
Nunca creyó que él, un hombre sin apellido ni fortuna, pudiera ser solo una distracción.
Cuando finalmente se atrevió a confesarle lo que sentía, Alessia aseguró sentir lo mismo.
Pasaron días planeando cómo decirlo. Hablaban del futuro, de posibilidades, de promesas que sonaban reales. Al final, los Duval parecieron aceptarlo… o al menos eso creyó Nicolás.
El tiempo pasó entre semanas y meses. Él respetaba los silencios de Alessia, incluso cuando ella dejaba de hablarle sin explicación. Se decía que era joven, que tenía cambios de humor, que debía entenderla.
Mientras tanto, Nicolás ahorraba.
Soñaba en grande.
Un amigo suyo, Emilio, le había ofrecido una sociedad en el extranjero. Modesta, pero prometedora. Una oportunidad para empezar de cero y, algún día, ofrecerle a Alessia algo mejor.
Un año pasó rápido.
Llegó el cumpleaños número diecinueve de Alessia y sus padres organizaron una gran fiesta. Nicolás, emocionado, le compró un regalo sencillo: una caja musical. En su mente, ese objeto era solo un paso previo a algo más grande… un anillo, algún día.
No sabía que aquella celebración no era para ella.
Era su fiesta de compromiso.
El prometido se llamaba Néstor Capri.
Un joven que venía del extranjero.
Un acuerdo arreglado desde hacía años.
Cuando Nicolás la enfrentó, Alessia no lo defendió.
Lo humilló.
Le gritó que un hombre como él jamás estaría a su altura. La familia Capri se unió a la burla. Para ellos era absurdo que un simple chófer pretendiera compararse con su hijo.
—Solo es un trabajador —dijo el padre de Alessia—. Mi hija fue amable. Hizo su caridad del día.
—Jamás permitiríamos que alguien como él se acercara a nuestra hija —añadió su madre.
Alessia no pudo mirarlo a los ojos.
Pero tampoco detuvo la humillación.
Las risas, los murmullos, las miradas cargadas de desprecio lo rodearon. Nicolás dejó el regalo, sus cosas y los recuerdos en aquella habitación donde alguna vez creyó ser amado. Salió de la mansión no solo sin empleo, sino sin el corazón que había entregado por completo.
Cuando se fue, lo hizo destrozado… pero decidido.
Tomó el primer vuelo disponible hacia el país donde se encontraba Emilio. No llevaba equipaje, solo la ropa que vestía y un sueño que, hasta entonces, no se había atrevido a tomar en serio: convertirse en alguien que nadie pudiera volver a pisotear.
El extranjero fue frío.
El idioma le era ajeno.
Las calles no se parecían en nada a las que conocía.
Los primeros meses fueron brutales.
Trabajaba en una pequeña empresa de distribución de combustibles. Limpiaba derrames, movía barriles, hacía inventarios interminables, revisaba maquinaria oxidada. Dormía en un cuarto barato que compartía con su socio. No había ganancias, pero no se rindió.
Ahorraba cada moneda como si fuera un diamante.
Por las noches asistía a clases de inglés. No entendía casi nada y regresaba frustrado, pero seguía. Luego estudiaba manuales, libros técnicos y artículos viejos. Aprendió de logística, mercados energéticos y estructuras empresariales.
—Si sigues así, llegarás lejos —le decía Emilio.
Nicolás no respondía.
No necesitaba palabras.
Necesitaba resultados.
Pasó un año así. Luego otro.
Llegaron los contratos. Los viajes. Las oportunidades.
Trabajó con empresarios, aprendió a negociar, a observar, a callar y a escuchar. Se asoció con personas influyentes, invirtió con inteligencia y asumió riesgos que otros no se atrevían a tomar.
Cayó.
Se levantó.
Aprendió sin hacer ruido.
Hasta que fundó su propia empresa. Pequeña, casi invisible. Pero firme.
Los años siguieron pasando y su nombre comenzó a aparecer en revistas financieras. Primero como una promesa. Luego como una realidad. Firmó acuerdos internacionales, cerró contratos históricos y levantó un imperio desde la nada.
En el décimo año, fundó la petrolera que lo llevaría a la cima: Falcón Global Energy. En menos de tres años, eclipsó a competidores antiguos y corruptos, convirtiéndose en la más poderosa del mundo.
Habían pasado diez años desde que salió humillado de la casa de los Duval.
Diez años desde que una joven lo trató como un juguete.
Diez años desde que prometió no volver a ser pequeño.
Y cumplió.
Ahora regresaba a su país irreconocible.
Con un imperio a sus espaldas.
Con un nombre que movía mercados.
Nicolás Falcón no volvió a confiar.
No volvió a abrir el corazón.
Todo lo que había construido nació del hambre…
y de la venganza.
Volvió porque era hora de que todos vieran en qué lo habían convertido.
Como se le ocurre decirle a una niña semejante estupidez