Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La chica que siempre llegaba cinco minutos tarde
Mi mamá dice que llegué tarde hasta el día en que nací.
Según ella, el médico llevaba casi una hora repitiendo:
—Ya debería haber nacido.
Y yo, muy cómoda dentro de la barriga, decidí aparecer cuando me dio la gana.
No sé si esa historia sea cierta o si es una de esas anécdotas que las mamás inventan para avergonzarte frente a las visitas. Conociéndola, podrían ser ambas cosas. Lo que sí es completamente cierto es que llevo veinte años llegando tarde a absolutamente todo.
A clases. A las reuniones familiares. A las citas con el odontólogo.
Hasta a mi propia fiesta de quince llegué diez minutos después porque no encontraba el otro zapato.
Sí. Soy esa clase de persona.
La que pone cinco alarmas con la mejor de las intenciones y termina apagándolas todas. La que jura que esta vez sí saldrá temprano, pero acaba buscando las llaves cuando ya debería ir a mitad de camino. La que responde un confiado:
—¡Ya voy!
Mientras sigue envuelta en una toalla frente al armario, intentando decidir qué ponerse.
Mi mejor amiga asegura que algún día voy a llegar tarde a mi propia boda.
Yo le respondí que eso solo pasaría si el novio también fuera impuntual.
Porque una cosa es ser desorganizada y otra muy distinta no tener estándares.
Casi me lanza un zapato por la cabeza y, siendo sincera, probablemente me lo merecía.
Mi nombre es Julieta Romero. Tengo veinte años, una imaginación que trabaja horas extras y un talento extraordinario para meterme en situaciones absurdas sin proponérmelo.
También tengo unos cuantos kilos de más. No muchos.
Los suficientes para que alguna tía, en cada reunión familiar, sienta la necesidad de decirme que «una dieta nunca cae mal».
Curioso.
Jamás he visto que le digan lo mismo a mi primo, que en diciembre parece un oso preparándose para hibernar.
Supongo que las reglas cambian cuando una nace mujer.
¿Me molestan esos comentarios? A veces.
No porque crea que tengan razón, sino porque me sorprende la facilidad con la que algunas personas convierten el cuerpo ajeno en tema de conversación.
Con el tiempo aprendí algo muy útil. Si alguien va a hacer un chiste sobre mí, prefiero hacerlo yo primero.
Funciona.
La gente se ríe. Yo también y todos seguimos con nuestras vidas.
Aunque, de vez en cuando, confieso que me gustaría vivir en un mundo donde una chica pudiera pedir un postre sin sentir que alguien la está juzgando.
Pero ese mundo todavía no existe. Así que, mientras llega, seguiré pidiendo doble porción de chocolate.
Porque si voy a llorar por las calorías, al menos que valga la pena.
Mi mamá dice que heredé su dramatismo.
Mi papá insiste en que heredé su sarcasmo.
Yo creo que ambos tienen razón.
Mi casa siempre ha sido un lugar ruidoso.
Mi mamá habla desde que abre los ojos hasta que se queda dormida. Mi papá está convencido de que cualquier problema puede resolverse preparando una taza de café. Y mi hermano menor parece haber nacido con la misión de hacerme perder la paciencia.
Lo consigue casi todos los días.
Aun así, no cambiaría a mi familia por nada.
Son caóticos.
Escandalosos.
Desesperantes.
Pero también son ese lugar al que siempre quiero volver, incluso cuando juro que algún día voy a escapar de ellos.
Quizá por eso nunca soñé con ser la chica perfecta.
Nunca fui la más popular.
Ni la más delgada.
Ni la que tenía a todos los chicos suspirando detrás de ella.
Fui simplemente Julieta.
La que prestaba los apuntes.
La que se reía demasiado fuerte.
La que terminaba adoptando a cualquier gato que apareciera frente a la casa.
La que podía pasar horas leyendo una novela hasta olvidarse de que el mundo seguía girando y , aunque suene extraño, me gustaba ser esa chica.
Porque nunca necesité fingir ser alguien más para sentirme feliz.
Si hace un año alguien me hubiera preguntado cómo imaginaba mi vida a los veinte, habría respondido algo completamente distinto.
Jamás habría dicho que terminaría estudiando Psicología.
Mucho menos que esa decisión iba a cambiar mi vida de una forma que todavía hoy soy incapaz de explicar.
Porque hay días que empiezan como cualquier otro.
Te levantas.
Desayunas.
Te quejas porque el café está demasiado caliente.
Llegas tarde a la universidad y estás convencida de que será un lunes más.
Sin darte cuenta de que, a veces, el resto de tu historia comienza en el momento más insignificante y yo todavía no tenía la menor idea de que estaba a punto de vivir el día que lo cambiaría absolutamente todo.