Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 20: El hogar que somos nosotros
Pasaron los años, y el tiempo no borró nada: al contrario, hizo que cada rincón de su historia brillara con más fuerza. El arbolito que plantaron cuando Luca cumplió cuatro años ya era alto y frondoso, daba sombra fresca en los días de calor y se mecía suavemente con el viento que venía del río. Mateo y Lucas seguían siendo esa pareja que se había encontrado bajo la lluvia, aunque ahora tenían algunas canas nuevas y manos más cansadas, pero corazones mucho más grandes.
Una tarde de primavera, Luca, que ya tenía casi diez años, los llamó a los dos al jardín. Había puesto una manta en el pasto, y encima había dibujado con cuidado un cuadro hecho por él: se veían los tres, agarrados de la mano, con el sol detrás y el arbolito al lado. Debajo escribió con letras grandes y claras: “Mi familia, mi hogar”.
—Quería darles esto —dijo, un poco tímido pero muy feliz—. Porque ustedes me enseñaron que el hogar no es un lugar, ni las paredes de una casa. El hogar son las personas que te quieren tal como eres. Y mi hogar son ustedes.
Mateo se arrodilló para abrazarlo, y Lucas se unió a ellos, formando un abrazo que los envolvió a los tres. Las lágrimas le corrían por las mejillas a Mateo, pero no eran lágrimas de tristeza: eran de gratitud, de asombro, de ver cómo todo lo que habían luchado valía la pena mil veces.
—Tú también eres nuestro hogar —le dijo Mateo con voz temblorosa—. Todo lo que hicimos, todo lo que superamos, fue para llegar hasta aquí. Para que tú supieras que nunca tienes que ocultarte, que nunca tienes que pedir perdón por ser quien eres.
Más tarde, cuando Luca entró a jugar a su cuarto, Mateo y Lucas se quedaron sentados en el banco del jardín, mirando el atardecer. Lucas le tomó la mano, esa mano que había sostenido la suya desde el primer día, y le dijo muy bajito:
—¿Te acuerdas de todo lo que teníamos miedo al principio? ¿Te acuerdas cuando pensábamos que quizás no podríamos, que quizás el mundo no nos dejaría ser felices?
Mateo asintió, mirando cómo el sol se escondía poco a poco.
—Me acuerdo perfectamente. Pero también me acuerdo de que nunca te solté la mano. De que cuando yo dudaba, tú me dabas fuerzas. De que cuando el mundo se ponía difícil, nosotros hacíamos nuestro propio camino. Empezamos siendo dos personas que se encontraron por casualidad, y construimos algo que nadie puede romper.
—Nadie —repitió Lucas, besándole la mano—. Porque lo nuestro no depende de lo que digan los demás, ni de las reglas que inventaron otros. Depende solo de nosotros, de lo que sentimos, de lo que construimos juntos. Fuimos valientes, Mateo. Fuimos tan valientes como nos prometimos ser.
Mateo miró su reflejo en el vidrio de la ventana, y vio al hombre que siempre supo que era. Vio las marcas del tiempo, las huellas del embarazo, la sonrisa tranquila de quien ya no tiene nada que demostrarle a nadie. Y luego miró a Lucas, su compañero, su amor, su refugio. Y supo que la historia no terminaba aquí: seguirían viviendo, seguirían aprendiendo, seguirían acompañando a Luca en su propio camino. Pero lo que habían construido ya estaba seguro, ya era suyo para siempre.
—Al final —dijo Mateo, mirando el cielo que se llenaba de primeras estrellas—, todo se cumplió tal como lo soñamos. Somos nosotros, somos familia, somos felices. Y todo lo hicimos así, como siempre quisimos: solo nosotros dos.
✨ Fin de esta parte ✨