Renzo Vittorino no es solo un líder; es la encarnación de la ley dentro de la mafia búlgara. Conocido por su frialdad quirúrgica y un código de honor inquebrantable, gobierna mediante el miedo y la eficiencia. Para Renzo, las mujeres siempre han sido accesorios temporales o herramientas políticas; nunca ha permitido que nadie interfiera en sus decisiones, manteniendo un control absoluto.
Al rastrear a un antiguo rival que le debe una suma astronómica, Renzo se enfrenta a una situación que desafía incluso su visión pragmática del mundo. Sin dinero ni bienes, el deudor ofrece su última “mercancía”: una joven mantenida cautiva en el sótano de una casa oscura.
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Capítulo 5
El contraste entre el lujo del ático y la crueldad humana se hizo evidente en cuanto Renzo cruzó la puerta de salida.
Para él, Aurora era una inversión; para los empleados, ella era una molestia, una "cosa" traída de la basura que ahora exigía trabajo extra.
Tan pronto como el sonido del ascensor privado anunció la partida de Renzo, el silencio del ático fue roto por el suspiro de irritación de Sofia, el ama de llaves de confianza de la casa.
Ella miró a Aurora, todavía encogida en el sillón, con un desprecio que la joven no podía ver, pero que sentía vibrar en el aire.
Sofia— Vamos, levántate pronto
ordenó Sofia, tirando a Aurora por el brazo con una fuerza innecesaria.
Sofia— No tengo toda la noche para jugar a las muñecas contigo. El señor Vittorino te quiere limpia, y yo quiero volver a mis quehaceres.
Aurora tropezó, sus pies descalzos tanteando el mármol frío y extraño. Ella no conocía el mapa de aquel lugar.
Cada paso era un abismo. Sin una palabra de orientación, fue arrastrada por los pasillos hasta un baño que exhalaba olor a sales minerales y lavanda, pero para ella, parecía una cámara de tortura.
En el baño, la delicadeza pasó lejos. Marta encendió la ducha, pero no se preocupó en ajustar la temperatura perfectamente. El agua cayó sobre la piel de Aurora de forma brusca.
Sofia— Baja la cabeza
mandó la mujer. Antes de que Aurora pudiese reaccionar, manos rudas se sumergieron en su cabello.
Sofia frotaba el cuero cabelludo de la joven con una fuerza punitiva, como si estuviese intentando lavar un pecado, no el polvo del sótano.
Los dedos del ama de llaves tiraban de los cabellos enmarañados sin ninguna paciencia, haciendo que Aurora mordiera el labio inferior para no soltar un gemido de dolor.
El champú escurría por los ojos de Aurora, ardiendo, pero ella no tenía las manos libres para limpiarse.
Sofia— Listo, el cabello está lavado. El resto lo haces sola
dijo Marta, apagando el registro de forma abrupta y tirando una esponja áspera y un jabón en el suelo del box.
Sofia— No soy tu niñera. Aprende a lavarte o te quedarás arrugada ahí dentro.
Aurora quedó parada, temblando bajo el frío que siguió al fin del agua. Ella estaba en un lugar inmenso, cercada por paredes que no conseguía localizar, sintiendo el cuerpo arder por la aspereza del tratamiento.
Con las manos trémulas, ella se agachó, tanteando el suelo mojado hasta encontrar la esponja. Ella estaba en un palacio, pero para ella, la oscuridad continuaba la misma.
La única diferencia era que, en el sótano, el silencio era de abandono; aquí, el silencio era cargado de una ignorancia que la lastimaba más que la propia ceguera.
Minutos después, Aurora fue dejada en el cuarto, vistiendo un camisón de seda que parecía ligero de más para el frío que sentía por dentro.
El tejido era caro, pero la piel bajo él todavía latía por la fuerza de Sofia.
Ella tanteó hasta encontrar el borde de la cama, inmensa, suave, pero aterradora.
Ella no se acostó. Se sentó en el suelo, apoyada en la madera de la base, donde el mundo parecía más sólido y seguro.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Renzo contaba notas de euro y dictaba reglas en el Pulse, sin imaginar que la "mercancía" de cinco millones de euros estaba siendo tratada como basura bajo su propio techo.
Él creía que el dinero compraba orden, pero estaba a punto de descubrir que él no era el único monstruo en aquella casa.
El lujo del ático era, para Aurora, un laberinto de sonidos extraños y texturas gélidas. Cuando la puerta del cuarto se cerró, dejándola sola con el eco de la ignorancia de Sofia, el silencio se tornó un enemigo.
Aurora tanteó el aire, las puntas de los dedos encontrando solo el vacío hasta que tropezaron con algo alto y suave. Era la cama. Para cualquier otra persona, sería una invitación al descanso; para ella, era un abismo de seda.
Ella deslizó las manos por el edredón, sintiendo la suavidad exagerada, pero no consiguió subir. Aquel lugar era vasto de más, sin paredes para apoyarse, sin límites que ella pudiese comprender.
Sintiéndose expuesta en el centro del cuarto, ella deslizó las manos hasta encontrar la madera sólida de la base de la cama. Allí, el contacto era firme. Ella se dejó escurrir hasta el suelo de mármol, que aunque frío, no mentía.
Apoyó la espalda en la lateral de la cama, abrazando las piernas contra el pecho. En la oscuridad, la solidez de la madera era la única cosa que la mantenía anclada a la realidad.
Aurora quedó allí por horas, los sentidos agudizados por la privación de la visión. Ella oía el silbido del viento batiendo en los vidrios dobles del ático, un sonido alto y constante que indicaba cuán lejos del suelo ella estaba ahora.
Un tictac rítmico viniendo de algún lugar de la pared parecía contar los segundos de su nueva prisión. Ella sentía el cuero cabelludo latir donde Sofia había tirado con fuerza, y el ardor en los ojos a causa del jabón que no había sido debidamente enjuagado.
Ella se preguntaba quién era el hombre de la voz de trueno. "Dueño", él había dicho. En el sótano de Mikhail, ella sabía qué esperar: el descuido y el hambre. Aquí, el olor era de sándalo y el toque era de seda, pero la violencia de las manos del ama de llaves decía que el peligro apenas había cambiado de rostro.
Aurora no lloraba; el cautiverio había secado sus lágrimas hacía mucho tiempo. Ella apenas intentaba memorizar los sonidos de aquella casa inmensa.
Ella oyó el zumbido distante de un motor, el sonido de puertas cerrándose en otros cuartos y, finalmente, el sonido que hizo su corazón disparar: la señal del ascensor privado.
Eran pasos pesados. Zapatos de suela dura contra el suelo caro. Un ritmo que no hesitaba, que no pedía permiso. Era el sonido de quien era dueño de todo lo que tocaba.
Ella se encogió aún más contra la madera de la cama, intentando tornarse invisible. El perfume de sándalo y fumo comenzó a llenar el cuarto antes incluso de que él hablase.
Ella no podía ver la expresión de Renzo, pero podía sentir la presión del aire cambiando conforme él se aproximaba.
Para Aurora, el hombre que acababa de entrar no era un salvador, era apenas el nuevo arquitecto de su oscuridad.