Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 5. UNA COPA DE VENENO.
El gran salón del Hotel Grand Palace brillaba con la opulencia de la Gala de Navidad de Vanguard Atelier. Centenares de empleados, inversores y periodistas lucían sus mejores galas entre decoraciones de cristal y luces doradas. Katerina, impecable con un vestido de seda color esmeralda que resaltaba su figura, sonreía y saludaba a los miembros de la junta directiva.
A nivel empresarial, la noche era un éxito rotundo. Sin embargo, su mirada no dejaba de buscar a Leo entre la multitud.
—Estás bellísima esta noche, Kat —dijo Monique, acercándose con una copa de agua mineral en la mano. Su rostro lucía un poco cansado, pero mantenía su habitual calidez—. Los inversores franceses están encantados contigo.
—Gracias, Monique. ¿Has visto a Leo? —preguntó Katerina, escaneando el salón con una ligera dosis de ansiedad—. Me dijo que iría al baño hace veinte minutos y no ha vuelto.
—Seguro se quedó atrapado hablando de negocios con alguien en los pasillos —le restó importancia Monique, dándole un suave apretón en el brazo—. No te preocupes. Disfruta de tu noche. Te lo has ganado.
Katerina asintió, pero la opresión en su pecho no desaparecía. Decidió alejarse un momento del bullicio de la fiesta y caminó hacia la zona de los balcones que daban a los jardines interiores del hotel. El aire fresco de la noche la ayudó a despejar la mente.
—Aquí estás —la voz de Leo sonó a sus espaldas, suave y extrañamente cariñosa.
Katerina se giró y lo vio caminar hacia ella. Traía dos copas de champán en las manos. Su sonrisa era deslumbrante, la misma sonrisa de la que ella se había enamorado en la universidad.
—Pensé que me habías abandonado —bromeó Katerina, sintiendo que parte de su tensión se disipaba al verlo.
—Jamás te abandonaría en una noche tan importante, mi amor —respondió Leo con una mirada profunda, casi teatral. Le tendió una de las copas—. De hecho, quería que brindáramos a solas. Lejos de las cámaras y de los inversores. Por ti, por Vanguard Atelier y por nosotros.
Katerina sintió una oleada de ternura. Pensó que, tal vez, Leo finalmente estaba intentando reparar la distancia que los había alejado el último año. Tomó la copa, rozando sus dedos con los de él.
—Por nosotros —repitió Katerina con sinceridad.
Chocaron las copas con un leve tintineo. Katerina dio un sorbo generoso al líquido dorado. Al principio, el sabor dulce del champán inundó su paladar, pero al tragarlo, percibió un ligerísimo regusto amargo, casi imperceptible. No le dio importancia; asumió que era una marca exclusiva e importada para la gala.
Leo la observó fijamente, con los ojos fijos en sus labios, asegurándose de que pasara el trago. Una vez que vio que la copa estaba a la mitad, dio un sorbo a la suya con una tranquilidad espeluznante.
—¿Vamos a dar una vuelta por el salón? —sugirió Leo, rodeándole la cintura con el brazo.
—Sí, vamos —dijo Katerina.
Pero al dar el primer paso, el suelo pareció moverse bajo sus pies. Una repentina oleada de calor le subió por el cuello, seguida de un escalofrío helado. Su mente matemática, siempre tan ágil para procesar datos, se ralentizó de golpe. Las luces del salón comenzaron a distorsionarse, creando halos borrosos a su alrededor.
—Leo... —susurró Katerina, parpadeando con fuerza. Sentía los párpados extremadamente pesados—. Me siento... muy mareada. El vino de la cena debió caerme mal...
—Tranquila, mi vida. Estás muy estresada, es solo el cansancio —la voz de Leo sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un túnel—. Ven conmigo. Reservé una suite en el piso superior para quedarnos esta noche. Vamos a que descanses.
Katerina apenas podía mover las piernas. Su cuerpo pesaba como el plomo y su voluntad parecía haberse evaporado. Se dejó guiar por Leo a través de los pasillos de servicio del hotel, esquivando las miradas de los invitados. Su cabeza daba vueltas y una neblina densa borró cualquier capacidad de razonamiento.
La puerta de la suite 412 se abrió. El lugar estaba en penumbras, iluminado únicamente por la luz de la luna que entraba por el gran ventanal. Leo la ayudó a tumbarse en la imponente cama de matrimonio. Katerina cerró los ojos, incapaz de mantenerlos abiertos, hundiéndose en una inconsciencia inducida.
Leo dio un paso atrás, contemplando el cuerpo inerte de su esposa. Toda la falsa calidez desapareció de su rostro, reemplazada por una mueca de absoluto desprecio. Se sacudió las mangas del traje como si limpiara una suciedad invisible.
—Ya puedes pasar —dijo Leo hacia la penumbra de la habitación.
De la zona del vestidor salió Laya. Lucía un vestido negro sencillo, pero sus ojos inyectados en una fijación enfermiza brillaban en la oscuridad. Detrás de ella, un hombre corpulento y desconocido, junto a un fotógrafo con una cámara profesional colgada al cuello, entraron en la habitación en absoluto silencio.
Laya se acercó a la cama y observó a Katerina. Una sonrisa retorcida y triunfante se dibujó en sus labios al ver a la imponente CEO de Vanguard Atelier completamente indefensa.
—Mírate, Katerina. Tan perfecta, tan inteligente... y terminaste cayendo como una idiota —susurró Laya, acariciando con desprecio la mejilla de Katerina—. Mañana por la mañana, tu preciosa vida perfecta se habrá terminado.
Laya se giró hacia el fotógrafo y el hombre contratado, haciéndoles una seña fría con la mano.
—Desnúdenla —ordenó Laya con voz cortante—. Y asegúrate de que las fotos parezcan lo suficientemente apasionadas. Quiero que el escándalo destruya hasta el último rastro de su reputación para el amanecer.