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La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:114
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

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CAPÍTULO 17

Capítulo 17 — La Propuesta

El día había pasado pesado.

No de trabajo; el trabajo yo hasta lo prefería cuando estaba pesado, porque el trabajo pesado no deja espacio para pensar en otra cosa. Pesado por dentro, de ese modo que uno carga cuando tiene un problema grande que todavía no tiene solución y que se queda sentado en el fondo de la cabeza encima de todo lo que intentas hacer.

Estaba terminando el último baño del ala sur cuando escuché la voz de Doña Beth en el corredor.

—Antonieta. Ven un momento.

Ella esperaba recostada contra la pared con esa expresión de quien tiene algo que decir y eligió el momento con cuidado. Miró a ambos lados del corredor antes de hablar, ese gesto de quien quiere una conversación privada sin hacer ceremonia de querer una conversación privada.

—¿Estás bien, niña?

—Voy tirando. —respondí, que era la respuesta más honesta que tenía.

Ella me miró por un segundo con esos ojos que han visto demasiado en la vida como para dejarse engañar por respuestas de cortesía.

—¿Puedo decirte algo?

—Claro, Beth.

Cruzó los brazos con esa calma de mujer que no tiene prisa porque aprendió que la prisa arruina lo que es importante.

—Hace un año yo necesité doscientos mil dólares. —empezó despacio, como quien pone piedra por piedra con cuidado. —Una deuda que no tenía manera de resolver sola, de esas que aparecen y te engullen si no actúas rápido. Pasé tres semanas intentando encontrar salida: banco, conocidos, todo lo que una persona intenta cuando está acorralada.

Me quedé callada escuchando.

—Entonces me detuve, respiré, y fui a hablar con el patrón. Le conté todo. —me miró directamente. —Me dio el dinero, Antonieta. Y hasta hoy no ha descontado un centavo de mi sueldo. Ni un centavo.

Me quedé mirándola.

—Beth.

—Sé lo que vas a decir.

—No sé si—

—Sé lo que vas a decir. —repitió con esa firmeza gentil que solo tiene la mujer de experiencia, que no atropella pero no retrocede. —Pero escucha. En estos momentos no podemos pensar demasiado, niña. Quien ama hace cualquier cosa. ¿Tu abuela se quedaría quieta mientras tú necesitaras algo?

La pregunta llegó a un lugar para el que yo no estaba preparada.

No respondí porque no era necesario.

—Ve a hablar con él. —dijo. —Escuché a Glória decir que llegó y fue directo al estudio.

Me quedé parada en el corredor por un segundo después de que ella se fue, con esas palabras todavía posándose.

Quien ama hace cualquier cosa.

Me quedé cinco minutos al pie de la escalera.

Cinco minutos enteros en un enfrentamiento silencioso conmigo misma que nadie vio y que fue uno de los más agotadores que he tenido. El orgullo de un lado, que siempre es el lado más ruidoso. La abuela Cida del otro, que no necesita hacer ruido porque su peso ya es suficiente para equilibrar cualquier cosa.

Subí las escaleras.

Llegué frente a la puerta del estudio privado de él.

Toqué dos veces.

—Adelante.

Empujé la puerta.

Y de inmediato me arrepentí de no haberme preparado mejor para lo que había al otro lado, porque Luke Petronius sin traje a las ocho de la noche debería ser delito en al menos doce estados. La camisa blanca con algunos botones abiertos que revelaba el comienzo de esos tatuajes que subían por el pecho, el pectoral que la tela no lograba disimular de ningún modo, el cabello levemente despeinado de quien se había pasado la mano por él más de una vez durante el día.

Él me miró.

Sonrió.

Pequeño, rápido, casi no existió pero existió y yo lo vi y bajé la cabeza de inmediato porque sentí el calor subiéndome al rostro y lo último que necesitaba era que él lo viera.

Maldición, lo vio.

Claro que lo vio; el hombre no se pierde nada, ese es el problema de una persona que presta atención a todo.

Tomé aire. Levanté el rostro con toda la compostura que tenía disponible en ese momento, que era menos de lo normal pero tendría que ser suficiente.

—Señor Petronius. Me gustaría hablar.

—¿Sobre qué? —estaba recostado contra el escritorio con los brazos cruzados en esa postura que ocupaba todo el espacio sin ningún esfuerzo.

—Quería pedirle un favor.

Él respiró profundo con esa paciencia controlada que tenía.

—Antonieta. No tengo tiempo para rodeos. Si puede ir directo al grano.

Profundo.

—Necesito un préstamo.

—Entendido. —no parpadeó. —¿Y de cuánto sería ese préstamo?

—Setecientos cincuenta mil dólares.

El silencio duró unos tres segundos.

Él me miró con esa expresión que yo no lograba descifrar, esa cara de CEO que no entrega nada, y entonces dijo:

—Es mucho dinero, Antonieta. —la voz salió sin juicio, solo como constatación. —La semana pasada casi compré una empresa por ochocientos mil. Solo no la compré porque el dueño quería tomarme el pelo y venderla por un millón.

—Sé que es mucho. —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba, porque cuando el asunto es la abuela algo en mí deja de temblar. —Por favor, señor. Es urgente. Cirugía, hospital, cuidados, es para eso. Puede descontarlo de mi sueldo cada mes, puede descontarlo todo, le juro que no falto un día al trabajo por años. Lo juro.

Él me miró por un tiempo que no supe medir.

—Le voy a dar el dinero. —dijo por fin.

Mi corazón dio un vuelco.

—Pero no necesita pagarme. —continuó. —Antes de eso tengo una propuesta.

Y ahí se fue el alivio.

—No voy a ser su puta particular. —salió antes de que lo pensara, de esa manera en que las cosas salen cuando la boca actúa más rápido que el filtro.

Él se quedó parado.

Me miró con una expresión que no supe clasificar, algo entre sorpresa y lo que en él más se aproximaba a querer reírse sin reírse.

—¿Qué dijo?

—Dije que no—

—Escuché lo que dijo. —me cortó con esa calma que era más desconcertante que cualquier reacción que yo esperaba. —No quiero que sea mi puta particular, Antonieta.

Me quedé callada.

—¿Y entonces cuál es esa propuesta? —pregunté, más despacio ahora.

Él se apartó del escritorio, fue hasta el cajón lateral, sacó una carpeta delgada y volvió en mi dirección. Me la entregó sin ceremonia, ese gesto directo de quien no tiene paciencia para el teatro.

Miré la carpeta en mi mano.

—Toma esos papeles. Léelos en casa. Mañana hablamos.

—Entendido. —dije, y la curiosidad me estaba comiendo por dentro pero no iba a darle la satisfacción de que lo viera. —Buenas noches, señor. Hasta mañana.

Me di la vuelta para salir.

—Hasta luego, mi amor.

Me detuve por medio segundo.

Seguí caminando.

Cerré la puerta detrás de mí con esa suavidad que yo usaba cuando estaba enojada y no quería demostrarlo, esa suavidad que era contención y no calma, que era esfuerzo y no ligereza.

Mi amor.

Bajé la escalera con la carpeta apretada contra el pecho y el corazón latiendo a un ritmo que prefería atribuirle al susto de la conversación y no a la sonrisa que él había dado cuando entré, esa sonrisa pequeña y rápida que existió por medio segundo y que yo guardaba en un cajón mental con doble candado.

Fui a buscar mi bolso.

Fui a casa.

Y en la primera oportunidad que tuve abrí esa carpeta y empecé a leer.

Continúa...

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