Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 4 – Reglas de la casa
Valeria sostuvo la mirada de Adrián.
—¿Qué querés decir con que no estoy a salvo?
Él guardó el botón dorado en el bolsillo de su saco.
—No puedo responderte.
—Otra vez la misma respuesta.
—Es la única que puedo darte.
Valeria soltó un suspiro de frustración.
—¿Sabés qué es lo peor? Que esperás que confíe en vos, pero no me contás absolutamente nada.
Adrián permaneció en silencio.
Sabía que ella tenía razón.
Sin decir una palabra más, comenzó a caminar hacia la mansión.
Valeria dudó unos segundos, pero terminó siguiéndolo.
Cuando entraron, Ernesto ya los esperaba.
—Señor, el desayuno está servido.
—Gracias.
El comedor principal era enorme. Una mesa de madera fina ocupaba casi toda la habitación, preparada para más de veinte personas.
—¿Siempre desayunan acá? —preguntó Valeria.
—No —respondió Adrián mientras tomaba asiento—. Hoy estamos solos.
Una empleada comenzó a servir café.
Al acercarse a Valeria, sus manos temblaban tanto que estuvo a punto de derramar la taza.
Valeria le sonrió.
—Tranquila, no hay apuro.
La joven respiró aliviada.
—Gracias, señora.
Cuando terminó de servir, se retiró haciendo una pequeña reverencia.
Valeria esperó a que saliera.
—Todos parecen vivir con miedo.
Adrián dejó los cubiertos sobre el plato.
—No es miedo.
—¿Entonces qué es?
—Disciplina.
—No confundas una cosa con la otra.
Por primera vez, Adrián no encontró una respuesta inmediata.
Mientras desayunaban, Valeria observó un enorme ventanal con vista a los jardines.
Allí había un pequeño labrador dorado jugando con una pelota.
El cachorro corría detrás de un jardinero, moviendo la cola con entusiasmo.
Valeria sonrió.
—Qué hermoso perro.
—Se llama Max.
—¿Es tuyo?
—No.
—¿Entonces?
—Llegó hace unos meses. Nadie sabe de quién era.
Sin pensarlo, Valeria se levantó y salió al jardín.
El cachorro corrió hacia ella enseguida.
—Hola, precioso...
Se agachó para acariciarlo y el animal comenzó a lamerle las manos.
Desde la ventana, varios empleados observaban la escena.
—Hace semanas que Max no se acercaba a nadie... —susurró una cocinera.
Ernesto sonrió.
—Parece que encontró a su persona favorita.
Adrián también miraba desde el comedor.
No pudo evitar esbozar una leve sonrisa.
Duró apenas un segundo.
Pero Ernesto la vio.
Y hacía mucho tiempo que no veía al joven Moretti sonreír de esa manera.
Después del desayuno, Adrián condujo a Valeria hasta el despacho principal.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros y documentos.
Sobre el escritorio descansaban varias carpetas perfectamente ordenadas.
—Quiero hablar de las reglas.
Valeria cruzó los brazos.
—Te escucho.
—Primera: si vas a salir de la mansión, avisame.
—¿Eso es una orden?
—Es por seguridad.
—Lo pensaré.
Adrián suspiró.
—Segunda: hay habitaciones a las que no debés entrar.
—¿Por qué?
—Porque son privadas.
—Mientras no entres a la mía, me parece justo.
Él asintió.
—Y tercera...
Se hizo un breve silencio.
—Delante de los demás seguiremos siendo un matrimonio unido.
Valeria sonrió con ironía.
—¿Seguimos actuando?
—Es lo mejor para los dos.
Ella extendió la mano.
—Entonces tenemos un trato.
Adrián estrechó su mano.
—Tenemos un trato.
En ese mismo instante, alguien golpeó con fuerza la puerta.
Ernesto entró visiblemente preocupado.
—Señor...
—¿Qué pasó?
—Hay una mujer en la entrada.
Dice que necesita ver a la señora Valeria.
Asegura que es un asunto urgente... y que si no la recibe hoy, será demasiado tarde.
Valeria frunció el ceño.
—¿Me conoce?
Ernesto negó lentamente.
—Eso dice...
Pero hay algo extraño.
La mujer insiste en que ya conocía a la señora... mucho antes de esta boda.