Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 19
Isadora se despertó con una extraña sensación de pertenencia.
No era euforia. Ni ansiedad. Era algo más tranquilo. Como si el cuerpo finalmente hubiera entendido que no necesitaba estar en alerta constante. La habitación aún estaba en silencio cuando se levantó, pero la casa no parecía vacía.
Parecía habitada.
En la cocina, Miguel ya estaba despierto. Llevaba una camiseta sencilla, sin la armadura habitual de camisas de vestir y postura empresarial. Estaba de espaldas, preparando café con movimientos lentos, casi distraídos.
Isadora se apoyó en el marco de la puerta y se quedó allí por algunos segundos, observando. No había expectativa en esa mirada. Solo constatación.
— Buenos días — dijo ella.
Miguel se giró.
— Buenos días.
La sonrisa que surgió fue discreta, pero real. No calculada. No defensiva.
— ¿Dormiste bien? — preguntó él.
— Mejor de lo que imaginé — respondió.
Él asintió, como si comprendiera más de lo que ella decía.
— ¿Café? — ofreció.
— Por favor.
Se sentaron a la mesa, cerca, pero sin prisa. El sol de la mañana atravesaba la ventana, iluminando pequeños detalles que Isadora nunca había notado antes. La forma en que Miguel sostenía la taza. El silencio cómodo entre una frase y otra.
— Ayer fue… intenso — dijo ella, después de un tiempo.
Miguel apoyó la taza sobre la mesa.
— Lo fue — concordó. — Para mí también.
Isadora lo encaró.
— ¿Por causa de tu familia?
— Por causa de ti — respondió él, directo.
Ella sintió el impacto de la frase, pero no se esquivó.
— ¿En qué sentido?
Miguel respiró hondo.
— Pasé años evitando presentar a alguien en ese ambiente — dijo. — No por falta de interés, sino porque… — vaciló. — Porque siempre temí que aquello engullera a la persona.
Isadora mantuvo la mirada firme.
— ¿Y ayer?
— Ayer me di cuenta de que tú no serías engullida — respondió. — Tú cambias el espacio. No te adaptas a él.
Ella sonrió levemente.
— Me cansé de ser moldeable.
— Y eso — dijo Miguel — es exactamente lo que torna todo más serio.
La palabra no fue dicha con peso. Fue dicha con conciencia.
Isadora sintió el corazón acelerar, pero no hubo voluntad de huir.
— Serio no necesita ser sofocante — dijo ella.
— No — él concordó. — Serio puede ser calmo.
Después del café, cada uno siguió su rutina. Pero algo estaba diferente. No había más aquella división rígida entre espacios emocionales. No era fusión. Era aproximación.
Isadora pasó el día entero con la sensación de que algo se estaba acomodando dentro de ella. No como una explosión. Como un encaje.
Por la noche, Miguel llegó más temprano.
— ¿Cenas conmigo? — preguntó él.
— Ceno.
Prepararon algo simple. No conversaron mucho. No porque faltaran asuntos, sino porque había un entendimiento silencioso sucediendo.
Después de la cena, se quedaron en la sala, sin televisión, sin distracciones.
— ¿Puedo ser honesto? — dijo Miguel.
— Siempre — respondió Isadora.
— Ayer, cuando dije “hoy no”… — comenzó Miguel. — No fue por miedo.
Ella asintió.
— Lo sé.
— Fue por respeto a lo que está naciendo — continuó él. — No quería que fuera un impulso. Ni una respuesta al pasado.
Isadora sintió algo calentarse dentro del pecho.
— Yo también — dijo. — Pasé tiempo de más confundiendo intensidad con amor.
Miguel se aproximó un poco más. Aún había espacio entre ellos. Pero era menor ahora.
— ¿Y qué sientes ahora? — preguntó él.
Isadora pensó por algunos segundos.
— Siento curiosidad — respondió. — Y calma. Las dos cosas juntas.
Miguel sonrió de lado.
— Es peligroso.
— Lo es — ella concordó. — Pero es honesto.
El silencio se extendió. No había urgencia en llenarlo.
Miguel apoyó el brazo en el respaldo del sofá, a pocos centímetros del hombro de ella. Isadora sintió la proximidad como algo natural, no amenazador.
— ¿Te diste cuenta de que estamos dejando de hablar del acuerdo? — comentó él.
Ella rió bajo.
— Me di cuenta.
— ¿Eso te asusta?
Isadora balanceó la cabeza.
— No — respondió. — Me asusta fingir que nada está cambiando.
Miguel la encaró con atención profunda.
— Entonces vamos a hacer así — dijo. — Sin rótulos nuevos. Sin promesas. Solo presencia real.
Ella asintió.
— Acepto.
Miguel se inclinó un poco más. Esta vez, no hubo retroceso.
Levantó la mano despacio y tocó el dorso de la mano de ella, de forma leve, casi respetuosa de más para ser casual.
Isadora sintió el contacto atravesar el cuerpo entero.
No se alejó.
El toque no fue urgente. No fue posesivo. Fue una pregunta silenciosa.
Ella giró la mano, entrelazando los dedos a los de él.
Miguel respiró hondo.
— Esto… — comenzó él.
— Está todo bien — dijo ella.
El beso vino lento. Sin prisa. Sin urgencia acumulada. No había desesperación. Había elección.
Fue un beso contenido, profundo, que no pedía más que aquel instante.
Cuando se alejaron, los dos permanecieron cerca, respirando al mismo ritmo.
— Ahora — dijo Miguel, con la voz baja —, algo cambió de verdad.
Isadora sonrió.
— Cambió — concordó. — Pero no me perdí.
Él la observó con atención.
— Ni lo harás.
Aquella noche, no hubo más que eso. Ningún intento de avanzar. Ninguna ruptura brusca del ritmo.
Cada uno siguió para su habitación con el cuerpo despierto y la mente tranquila.
Isadora se acostó con la certeza de que no estaba repitiendo patrones. No estaba siendo elegida por conveniencia. Ni eligiendo por miedo.
Ella estaba allí porque quería.
Y eso tornaba todo diferente.
Del otro lado de la pared, Miguel encaraba el techo, sintiendo algo que no sentía hacía años.
Voluntad sin control.
Deseo sin urgencia.
Conexión sin juego.
Aquello no era un error.
Era el comienzo de algo que ningún acuerdo preveía.
Y, esta vez, ninguno de los dos quería huir.