La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
NovelToon tiene autorización de cinthya Verónica Sánchez Pérez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
noche de bodas #1
—Mírate... —dijo él, caminando a mi alrededor con una calma que daba más miedo que sus gritos. Se quitó el saco y lo lanzó a una silla—. Estás cubierta del lodo de ese tipo. Hueles a él, a campo, a traición.
—Fue tu culpa... tú causaste esto yo no me quería casar y tú me compraste como si fuera un objeto—sollocé, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra el poste de la enorme cama.
Sebastián se detuvo frente a mí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una mezcla de deseo y odio que me hizo estremecer.
—Quítatelo —ordenó secamente.
—¿Qué? —mi voz salió como un hilo de aire.
—¡Que te quites ese maldito vestido ahora mismo! —rugió, y el eco de su voz hizo vibrar los cristales de la habitación—. No voy a permitir que esa porquería manchada por las manos de ese peón pase un segundo más en mi casa. ¡Quítatelo o te lo arranco yo mismo!
Con las manos temblando de tal forma que apenas podía mover los dedos, busqué los pequeños botones en la espalda del vestido. Mis lágrimas caían sobre la tela blanca, humedeciéndola aún más. Pero el cierre estaba trabado, enredado con el encaje desgarrado por la huida.
—No... no puedo —dije, presa del pánico.
Sebastián soltó un gruñido de impaciencia y se acercó a mí. Sentí su calor rodeándome, su perfume mezclado con el olor a pólvora. Me obligó a darme la vuelta y sentí sus dedos fríos rozar mi piel desnuda. Con un movimiento violento, escuché el sonido de la tela rompiéndose. No tuvo paciencia con los botones; simplemente desgarró el vestido de arriba abajo.
La pesada tela de seda y tul cayó al suelo, amontonándose a mis pies como una piel muerta. Me quedé en ropa interior, tiritando de frío y de vergüenza, cubriéndome el pecho con los brazos mientras las lágrimas no dejaban de fluir.
Sebastián no se alejó. Se quedó allí, mirando los restos del vestido en el suelo y luego a mí. Su respiración era pesada. Tomó un mechón de mi cabello, que todavía tenía restos de hojas del monte, y lo apretó entre sus dedos.
—Ya no hay rastro de él aquí, Anna —susurró, y esta vez su voz no tenía furia, sino una posesividad aterradora—. De ahora en adelante, cada centímetro de tu piel me pertenece. Te voy a limpiar de ese recuerdo hasta que no sepas quién eres sin mí.
Me tomó de la nuca, obligándome a mirarlo.
— suéltame ya..— dije mirándolo.
—Ahora, báñate —dijo, soltándome bruscamente—. Y cuando salgas, quiero que entiendas que esta es tu realidad.
Entré al baño tropezando con mis propios pies, huyendo de esa mirada verde que me devoraba y me escupía al mismo tiempo. Cerré la puerta, pero no había cerrojo que pudiera protegerme de lo que acababa de pasar. Me metí en la ducha, abriendo el grifo con desesperación; el agua cayó hirviendo sobre mis hombros.
No me di cuenta cuánto tiempo pase en la regadera llorando en silencio pensado en lo que haría para huir de Sebastián.
De pronto, el vapor se dispersó cuando la puerta del baño se abrió de golpe. Me pegué a la pared de azulejos, tratando de cubrirme, pero el cristal de la ducha era transparente y Sebastián estaba allí, de pie, con la camisa abierta y la mirada fija en mí
—Sal de ahí, Anna, yo ya cumplí con tu madre pagando mucho dinero por ti ahora te toca a ti cumplir me como mujer .—dijo, y su voz era un ronquido bajo, cargado de una sed que me heló la sangre.
—¡Vete! ¡Déjame en paz! —le grité, pero él no retrocedió.
Sebastián entró en la ducha, ignorando que el agua caliente comenzaba a empapar su ropa fina, pegándola a sus músculos. Me tomó por los hombros y me acorraló contra la pared fría. El contraste entre el agua hirviendo y su tacto posesivo me hizo soltar un jadeo que él interpretó como una invitación.
—¿Me odias? —me siseó al oído, mientras su mano bajaba por mi cintura con una lentitud tortuosa—. Dime que me odias mientras tiemblas así en mis brazos.
—Te odio más que a nada en este mundo —respondí, clavando mis uñas en sus antebrazos, pero mi cuerpo traidor reaccionaba a su cercanía, a su olor a tabaco y perfume caro
—Mientes —susurró él, y sus labios rozaron mi cuello, justo donde late la vida—. Tus ojos dicen que quieres matarme, pero tu piel... tu piel me reclama. Fernando nunca te tocó así, ¿verdad? Ese campesino no sabría qué hacer con una mujer como tú.
Me resistí, golpeé su pecho, pero él me sujetó las manos contra la pared, por encima de mi cabeza, obligándome a recibir su furia y su pasión. Era un combate, una guerra de voluntades donde el placer era el arma más cruel de todas, jamás había sentido tal sensación cuando el me tocaba, mi cuerpo no me hacía caso.
— Te as vuelto loco, no puedes hacer esto.!— dije mientras Sebastián me tomaba con más fuerza y besaba mi cuello bajando lentamente.
—Voy a hacer que te olvides de su nombre —me dijo contra mis labios, con los ojos brillando de una forma perversa—. Voy a hacer que cada vez que alguien te toque, sientas mi marca. Eres mi esposa, Anna. Y esta noche vas a aprender que el odio puede ser mucho más ardiente que el amor, además prometiste ser complaciente conmigo a cambio de la vida de tu amante.