Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 21
La capital estaba bajo un aguacero feroz cuando Sebastián cruzó la puerta de su apartamento. El cuerpo agotado, la mente todavía atrapada en Villa Esperanza, en la puerta que Valentina le cerró con llave y en esa mirada gélida que nunca antes le había visto.
Esperaba que al abrir la puerta de su casa encontraría algo de calidez que borrara la opresión del pecho.
Pero lo que encontró fue el olor penetrante de cajas de comida de restaurante desparramadas sobre la mesa de mármol del comedor.
—¿Clarissa? —llamó Sebastián con la voz rasposa.
No hubo respuesta. Sebastián avanzó a la sala. El lugar que solía estar impecable ahora era un desastre.
Cojines del sofá tirados en el piso, revistas de moda abiertas con páginas arrancadas y, lo que más le ardió en los ojos, una montaña de ropa sucia apilada sobre su sillón de masajes carísimo.
—¡Clarissa! —gritó más fuerte.
La puerta de la recámara se abrió. Clarissa salió con una bata de seda rojo oscuro, la cara cubierta por una mascarilla verde y las manos ocupadas limándose las uñas.
—¡Por Dios, Sebastián! ¿Puedes no gritar? Estoy relajándome. Todo el día con jaqueca por culpa del decorador que no para de cobrar —respondió Clarissa como si nada.
Sebastián se mordió la lengua. Caminó a la mesa del comedor y abrió una de las cajas que Clarissa encargó. Un filete de res que ya estaba frío y grasiento.
—¿Otra vez restaurante? Ya te dije que quiero comida de casa. Tengo el estómago revuelto —se quejó Sebastián.
Clarissa puso los ojos en blanco con fastidio.
—Seb, estas manos están hechas para cargar bolsos de diseñador, no para agarrar un molcajete. Si quieres comida casera, contrata un chef. No me exijas a mí. Además, esa comida costó una fortuna, no la compares con un arroz frito cualquiera.
Sebastián se quedó callado. La mente se le fue a Valentina. Valentina, que aun estando embarazada de nueve meses, jamás dejó que Sebastián llegara a una mesa vacía.
Le preparaba un caldo de pollo con jengibre caliente o el estofado de verduras que tanto le gustaba. Valentina siempre supo que Sebastián odiaba la comida grasosa cuando estaba cansado.
Sebastián se llevó un trozo de carne a la boca, pero le supo a nada. Un sabor vacío que le recordaba lo vacía que estaba su vida ahora.
A la mañana siguiente, Sebastián se levantó de prisa. Tenía una junta crucial con inversionistas para rescatar las acciones de la empresa, que empezaban a caer. Abrió el clóset buscando su camisa blanca favorita.
Vacío.
Buscó la azul. Vacío. Lo único que había eran trajes sin lavar.
—¡Clarissa! ¿Dónde están mis camisas? ¿Por qué está vacío el clóset?
Clarissa, que apenas despertaba, se removió entre las sábanas de seda.
—Ah, eso... creo que se me olvidó llamar a la lavandería la semana pasada. Tu ropa debe seguir en la pila de la silla... ¿no?
Sebastián se quedó de piedra.
—¿En la pila? ¿Llevan una semana ahí? ¡Clarissa, tengo junta en una hora!
—Pues ponte lo que haya. O cómprate una nueva, ¿qué tan difícil es? —respondió Clarissa con ligereza, y se volvió a tapar con la cobija.
Sebastián sintió el pecho a punto de reventar. Fue hasta la pila de ropa sucia. Sus camisas de marca estaban revueltas con la ropa de Clarissa, manchada de maquillaje.
No tuvo más remedio que llevar una camisa al área de lavado y restregarla él mismo con manos torpes.
El agua fría le tocó la piel, y en ese momento las lágrimas de Sebastián casi cayeron. Recordó cómo Valentina siempre le planchaba las camisas hasta dejarlas perfectas, les rociaba una colonia suave y le dejaba la corbata combinada sobre la cama.
"Ya está tu camisa lista, mi amor. No te abroches el botón de arriba muy apretado, que luego te sofocas", la voz dulce de Valentina le resonó en los oídos.
Ahora estaba solo en un cuarto de lavado silencioso, lavándose la ropa mientras la mujer a la que veneraba como una diosa roncaba en la recámara.
Mientras Sebastián secaba la camisa con la plancha como podía, escuchó una risa que venía de la cocina.
Creyó que Clarissa se había arrepentido y le estaba haciendo un café. Pero al salir, la encontró hablando por teléfono entre risitas coquetas.
—Sí, cariño... Sebastián anda estresadísimo. Tranquilo, su tarjeta sigue activa. Mañana sí vamos a esa boutique, ¿va? Te quiero.
Sebastián se quedó clavado en el umbral.
—¿Con quién hablabas?
Clarissa se sobresaltó y colgó de inmediato. La cara le cambió en un segundo a su versión más dulce.
—Ah, eso... una amiga, Sara. Anda deprimida y la estaba animando.
Sebastián la miró con ojos escrutadores. Algo no encajaba, pero ya no le quedaba energía para pelear.
Solo contempló la camisa que no le había quedado bien planchada, y luego miró su casa, que parecía un basurero de lujo.
—Valentina nunca habría dejado la casa así —murmuró Sebastián en voz baja.
Clarissa lo oyó. La cara dulce se le transformó en una mueca ácida.
—¡Otra vez con Valentina! Si tanto la adoras, ¿por qué no te vas corriendo a su pueblucho? ¿Qué haces todavía aquí?
Sebastián no respondió. Agarró su portafolio y salió sin despedirse. En el reflejo del ventanal-espejo, vio su propia imagen. Lucía opaco, exhausto, descuidado.
Lo tenía todo —casa de lujo, auto caro, mujer hermosa— pero se sentía como un mendigo hambriento de atención.
La junta de ese día fue un desastre. Los inversionistas notaron que Sebastián estaba distraído. El remate llegó cuando la secretaria le entregó un sobre café.
—¿Qué es esto? —preguntó Sebastián.
—La factura del detective Hugo, señor. Y... un último informe con fotos que tomó antes de que le cancelara el contrato.
Sebastián abrió el sobre dentro del auto, camino a casa. Ahí estaba una foto de Valentina riéndose mientras limpiaba la mesa de su local.
Se veía radiante de felicidad. A su lado, el doctor Adrián le ayudaba cargando al bebé Santiago.
Las manos de Sebastián temblaron. Vio cómo Adrián miraba a Valentina: con una mirada protectora que debió haber sido suya.
Sebastián estrujó la foto. El arrepentimiento ya no era un hormigueo: era una garra clavada en el corazón.
Decidió volver a casa buscando algo de paz, pero lo recibió música a todo volumen y Clarissa de fiesta con sus amigas en medio del caos del departamento.
Sebastián dio media vuelta. No entró. Se sentó en la escalera de emergencia, solo en la oscuridad, llorando en silencio mientras apretaba la camisa que se había lavado esa mañana.
El infierno era real, y Sebastián acababa de darse cuenta de que él mismo se encerró y tiró la llave.