La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Algo bonito.
El domingo amaneció distinto. No por el clima, porque en Ciénaga de Oro el sol siempre parecía salir con la misma intensidad tibia y abrazadora, sino por la emoción que flotaba en el ambiente.
Verónica se levantó más temprano de lo habitual, pero esta vez no era por trabajo ni por preocupaciones. Era por algo diferente... algo que hacía tiempo no sentía: ilusión.
Mientras se arreglaba frente al pequeño espejo, acomodándose el cabello que ya no lucía tan corto y al que aún no terminaba de acostumbrarse a ver, escuchó las voces de sus hijos detrás.
-Mami, ¿ya viene Adrián? -preguntó Rodrigo, con los ojos brillantes.
-Todavía no, mi amor -respondió ella sonriendo-. Pero ya casi.
Samuel, más tranquilo, pero igual de emocionado, agregó:
-Yo quiero ver los peces... y los caballos.
-Y yo quiero correr -dijo Rodrigo levantando los brazos-. ¡Mucho!
Verónica soltó una risa suave.
-Bueno, pero primero se me portan bien... ¿sí? Recuerden que ver y no tocar, es respetar.
-¡Sí, mami! -respondieron los dos al mismo tiempo.
A los pocos minutos, el sonido de una moto acercándose hizo que los niños salieran corriendo.
-¡Llegó! ¡Llegó! -gritó Rodrigo.
Adrián se detuvo frente a la casa, con una sonrisa tranquila, esa que parecía tan natural en él.
-Buenos días -saludó, quitándose el casco.
-Buenos días -respondió Verónica, sintiendo esa pequeña chispa en el pecho que ya empezaba a reconocer.
-¿Listos para la aventura?
-¡SÍ! -gritaron los niños.
Esther salió a despedirlos.
-Que les vaya bien... y me los cuida mucho, ¿oyó? -dijo mirando a Adrián con cierta firmeza maternal.
-Claro que sí, doña Esther -respondió él con respeto-. Se los traigo sanos y felices.
Gabriela también apareció, medio despeinada.
-Traigan mangos -dijo riéndose.
-¡Y limones! -añadió Rodrigo.
Entre risas, abrazos y bendiciones, Verónica y los niños subieron a la moto, y comenzaron el camino hacia las afueras del pueblo.
...
El paisaje fue cambiando poco a poco. Las calles se volvieron caminos destapados, el ruido se transformó en canto de aves, y el aire... se volvió más limpio, más vivo.
Cuando finalmente llegaron, Verónica quedó en silencio unos segundos.
La finca era hermosa.
Amplia, rodeada de árboles de limoncillo, con una casa tipo finca de paredes claras y ventanas grandes. A un lado, un kiosco de palma donde corría una brisa fresca. Más allá, los potreros abiertos donde algunas vacas pastaban tranquilas... y al fondo, las represas que brillaban bajo el sol.
-Bienvenidos -dijo Adrián, mirándola de reojo, como esperando su reacción.
-Es... preciosa -respondió ella con sinceridad-. Muy bonita.
Los niños no esperaron más y salieron corriendo.
-¡Miraaa! -gritó Samuel.
-¡Hay vacas! -añadió Rodrigo.
Adrián rió.
-Y eso no es nada... esperen a ver lo demás.
En la entrada los esperaba una mujer de rostro amable.
-Mijo, ya llegaron -dijo con una sonrisa cálida.
-Sí, mamá -respondió Adrián-. Le presento... ella es Verónica.
-Mucho gusto -dijo doñaPatricia extendiendo la mano.
-El gusto es mío -respondió Verónica con respeto.
Sara apareció corriendo.
-¡Vinieron! -dijo emocionada-. Hola, Verónica -saludó primero a la muchacha -¡Vamos a jugar!- convidó muy emocionada a los niños.
Los niños se fueron con ella de inmediato, como si se conocieran de toda la vida.
...
Después de un desayuno sencillo pero delicioso -patacones, queso, suero costeño y café con leche- Verónica ayudó a recoger los platos para lavarlos.
-No, mija, deja así -decía Patricia.
-No, señora, yo le ayudo -respondió Verónica-. Me gusta.
Y aunque Patricia insistía, terminó cediendo mientras la observaba con aprobación.
Más tarde, Adrián se acercó.
-¿Vamos a dar una vuelta por los alrededores?
Verónica dudó un segundo... pero asintió.
Caminaron por la finca mientras los niños corrían más adelante persiguiendo mariposas junto a Sara.
El aire olía a campo, a tierra viva, a tranquilidad.
-Aquí tengo ganado -explicó Adrián señalando-. Y más allá... las represas.
-¿Qué hay ahí?
-Cachamas y bocachicos.
-¿En serio?
-Sí... y si quieres, más tarde pescamos.
Ella sonrió, dejando que la brisa moviera suavemente su cabello corto.
-Es bonito lo que has construido... -dijo con sinceridad-. Se nota que trabajas duro.
Adrián bajó la mirada un segundo.
-Todo esto empezó con lo que me dejó mi papá... seis hectáreas -pausó-. Lo demás lo fui comprando poco a poco.
-¿Dieciocho?
Él la miró sorprendido.
-¿Cómo sabes?
-Me lo dijiste... el otro día.
Adrián sonrió.
-Tienes buena memoria.
Caminaron hablando cosas del día a día unos segundos... hasta que él decidió abrir una parte más profunda de su historia.
-Yo conocí a la mamá de Sara en Montería... en una feria ganadera.
Verónica lo miró, escuchando con atención.
-Se llamaba Cindy... -continuó-. Nos enamoramos rápido. Nos fuimos a vivir juntos. A los tres meses quedó embarazada.
-¿Y...?
Adrián respiró hondo.
-Ella siempre quiso volver a Venezuela... donde estaba su familia. Yo no podía dejar esto... ni a mi mamá.
Verónica ya podía imaginar el final... pero aún así dolía escucharlo.
-Cuando Sara cumplió un año... se fue.
-¿Se la llevó?
Adrián negó.
-No... la dejó conmigo.
Verónica se detuvo.
-¿Cómo una madre puede irse y dejar atrás a su hija...?
-Eso mismo me pregunté yo -dijo él con tristeza-. Pero se fue... y no volvió.
El silencio que quedó fue profundo... cargado de emociones.
-Es una historia muy triste... -susurró Verónica-. Yo no podría imaginar dejar a mis hijos.
Adrián la miró con respeto.
-Se nota.
...
Más tarde, como lo prometió, sacó unos anzuelos.
-Bueno, pescadores... ¿listos?
-¡Sí! -gritaron los niños.
Se sentaron junto a la represa. El agua se movía suave.
-Mami, mira -decía Rodrigo-. ¡Se mueve!
-Es el pez, amor... espera...
Cuando finalmente sacaron la primera cachama, los niños gritaron emocionados.
-¡La sacamos! ¡La sacamos!
-¡Otra! -pidió Samuel.
Verónica reía... y en ese momento, por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz.
El día pasó entre risas, juegos, naturaleza... y momentos simples que parecían enormes.
Cuando el sol comenzó a caer, regresaron a la casa. Los niños estaban agotados... pero felices.
-Mami... quiero volver -susurró Rodrigo, medio dormido.
Verónica acarició su cabello.
-Si Dios quiere... volveremos.
Miró a Adrián y él la miró a ella. Y en ese silencio... había algo nuevo naciendo.
Algo bonito. Algo que daba miedo... pero también esperanza.
Ya forma una hermosa familia!
Así es Verónica ya no luchará sola.
Gracias 🌹Rositha!
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones