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Casada con un Mafioso

Casada con un Mafioso

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Matrimonio contratado / Mafia / Completas
Popularitas:1
Nilai: 5
nombre de autor: Autora Pandora

Oliver Santos solo quería salvar a su madre.

Con un diagnóstico de cáncer y sin dinero para el tratamiento, acepta la única opción que le queda: casarse con Gabriel Campos, el hombre misterioso y poderoso al que salvó una noche lluviosa en un callejón oscuro. Un matrimonio por contrato. Sin sentimientos. Sin complicaciones.

Pero Gabriel no es un hombre cualquiera.

Detrás de los trajes impecables, la mirada fría y los guardaespaldas, se esconde el líder de una de las organizaciones más temidas de la ciudad. Y ahora Oliver lleva su apellido.

Lo que comienza como un acuerdo calculado pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque en el mundo de Gabriel, la lealtad se prueba con sangre, los enemigos no perdonan… y el corazón no obedece contratos.

Entre traiciones, tiroteos, secretos familiares y una atracción imposible de ignorar, Oliver descubrirá que la línea entre el deber y el deseo es mucho más delgada de lo que imaginaba.

¿Puede un matrimonio falso convertirse en el amor más real de su vida?

NovelToon tiene autorización de Autora Pandora para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 07

El silencio del apartamento parecía más grande que el espacio en sí.

Después de que Gabriel salió, Oliver pasó algunos minutos de pie en medio de la sala, mirando la puerta cerrada como si pudiera abrirse nuevamente en cualquier momento. Pero permaneció inmóvil. Firme. Definitiva.

Estaba solo.

De verdad.

Por primera vez desde el casamiento, la realidad cayó sobre sus hombros con un peso más concreto.

Casado.

Viviendo en un apartamento lujoso.

Protegido por guardias de seguridad.

Y ligado a un hombre que claramente vivía en un mundo peligroso.

Oliver soltó el aire despacio y llevó la mano al pecho, intentando calmar su propio corazón.

—Bien… —murmuró para sí mismo—. Comencemos por lo básico.

Decidió explorar el apartamento con más calma.

La cocina era moderna, organizada y… completamente abastecida. Frutas, alimentos frescos, bebidas, todo perfectamente dispuesto como si alguien hubiera preparado aquel lugar para ser habitado desde hacía semanas.

—Pensó en todo… —susurró, casi incrédulo.

Aquello no parecía improvisado.

Parecía planeado.

Cuidado.

Oliver abrió el refrigerador y encontró incluso ingredientes simples que él solía usar para cocinar. Arroz, verduras, pasta, huevos. Nada demasiado extravagante, solo… equilibrado.

Como si Gabriel hubiera investigado sus hábitos.

La idea hizo que su rostro se calentara levemente.

Cerró el refrigerador y caminó de vuelta al pasillo, deteniéndose frente al taller nuevamente.

La habitación aún estaba vacía, pero ya no parecía fría.

Parecía… prometedora.

Jaló una silla y se sentó a la mesa, apoyando el mentón en las manos mientras observaba el espacio.

Su mente comenzó a correr.

Telas.

Hilos.

Proyectos.

Sueños que había dejado de lado por las dificultades económicas.

Sus dedos se movieron inconscientemente sobre la superficie de la mesa, como si estuvieran trazando moldes invisibles.

—Puedo empezar de nuevo aquí… —susurró.

La idea era al mismo tiempo estimulante y aterradora.

Su celular vibró nuevamente.

Era una llamada de su hermana menor.

El corazón se le apretó al instante.

Contestó rápidamente.

—¿H-hola?

—¡Oliver! —la voz de ella sonó animada y aliviada—. ¡Desapareciste! ¿Cómo estás?

Sonrió automáticamente, aunque nadie lo estuviera viendo.

—Estoy bien. Solo… ocupado con el nuevo trabajo.

Silencio.

—¿Un nuevo trabajo que paga tratamiento médico en dos días? —preguntó ella con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

Oliver se paralizó.

Debería haberlo esperado.

—Es… surgió una oportunidad muy buena.

—No te estás metiendo en nada peligroso, ¿verdad?

La pregunta dio justo en el blanco.

Por un segundo, pensó en Gabriel.

En los guardias de seguridad.

En la forma en que la gente le hablaba.

En la llamada seria que atendió antes de salir.

Oliver tragó saliva.

—No —respondió, intentando sonar firme—. Te prometo que estoy bien.

Del otro lado de la línea, hubo un suspiro.

—Mamá preguntó por ti hoy.

Le dolió el corazón.

—Y… ¿cómo está?

—Cansada, pero contenta. El médico dijo que el tratamiento comenzó demasiado rápido. Hasta pareció sorprendido.

Oliver cerró los ojos por un instante.

Sorprendido.

Por supuesto que lo estaría.

Personas como él no conseguían tratamientos caros de forma repentina.

—Voy a visitarla pronto —dijo con suavidad.

—Cambiaste, ¿verdad? —comentó su hermana en voz baja.

Abrió los ojos.

—¿Cómo así?

—Tu voz. Está más… tranquila. Pero también parece que estás ocultando algo.

El silencio que siguió fue pesado.

Oliver siempre había sido transparente con la familia.

Siempre.

Hasta ahora.

—Solo estoy tratando de resolver las cosas solo esta vez —respondió, eligiendo cada palabra con cuidado.

Ella no insistió.

—Solo no olvides que no estás solo, ¿sí?

Las palabras le calentaron el pecho.

—Nunca lo olvido.

Después de que la llamada terminó, Oliver se quedó mirando la pantalla apagada del celular durante varios segundos.

Culpa.

No era una mentira completa.

Pero tampoco era la verdad.

Se levantó despacio y fue hasta la ventana.

La ciudad parecía distante desde allí.

Pequeña.

Como si estuviera observando una vida que ya no le pertenecía.

—Esto es temporal… —murmuró para sí mismo.

Era un matrimonio por contrato.

Era por un objetivo.

Era para salvar a su madre.

Nada más.

…¿cierto?

Las horas pasaron lentamente.

Oliver organizó mentalmente cómo usaría el taller, exploró cada rincón del apartamento e incluso intentó cocinar algo sencillo, solo para sentirse menos fuera de lugar en aquel ambiente demasiado elegante.

Pero, conforme el sol comenzaba a ponerse, un sentimiento diferente empezó a surgir.

Ansiedad.

Gabriel aún no había vuelto.

Caminó hasta la sala, mirando discretamente hacia la puerta como si esperara escuchar pasos en el pasillo.

Nada.

El silencio regresaba siempre.

Hasta que—

El sonido de la cerradura electrónica resonó por el apartamento.

Oliver se volvió de inmediato.

La puerta se abrió.

Gabriel entró.

Pero algo era diferente.

Su traje seguía impecable, como siempre, pero su expresión estaba más cerrada de lo habitual. Sus ojos parecían más fríos. Más alertas.

Como si hubiera vuelto de algo complicado.

Se quitó el reloj de la muñeca con movimientos calmos y precisos.

—No saliste —observó.

—Quise conocer el apartamento primero —respondió Oliver, con una pequeña sonrisa nerviosa—. Es… mucho más grande de lo que estoy acostumbrado.

Gabriel asintió levemente.

Sus ojos analizaron el ambiente por reflejo, como si verificaran la seguridad antes de relajarse mínimamente.

—¿Comiste?

Oliver parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Sí, comí.

—Bien.

Simple.

Directo.

Pero había algo casi… cuidadoso en la pregunta.

Oliver vaciló antes de hablar nuevamente.

—Tu trabajo tardó bastante.

Gabriel se detuvo por un segundo al aflojarse la corbata.

Silencio.

Parecía evaluar cuánto debía decir.

—Algunas situaciones requirieron atención.

Respuesta vaga.

Muy vaga.

Oliver lo notó.

Pero no insistió.

En cambio, caminó algunos pasos en su dirección.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Gabriel levantó la mirada.

—Puedes.

Oliver respiró profundo.

—¿Estás en peligro?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Densa.

Directa.

Gabriel no respondió de inmediato.

Solo observó a Oliver durante algunos segundos, como si estuviera midiendo la sinceridad detrás de la preocupación.

—El peligro es parte de mi vida —respondió finalmente, con honestidad cruda.

El corazón de Oliver se apretó.

—Y ahora… ¿también es parte de la mía?

Silencio.

Largo.

Sincero.

Gabriel se acercó algunos pasos.

—Mientras estés conmigo, estarás protegido.

—Eso no responde la pregunta.

Por primera vez, un leve destello de sorpresa pasó por los ojos de Gabriel.

Oliver no estaba siendo ingenuo.

Estaba siendo valiente.

—Sí —dijo Gabriel, finalmente—. Pero no te verás involucrado directamente.

Oliver soltó el aire despacio.

No era reconfortante.

Pero era honesto.

Y, extrañamente, prefería eso a mentiras bonitas.

—Confío en ti —dijo Oliver, casi sin darse cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.

Gabriel se congeló por un breve segundo.

La frase parecía haberlo golpeado de forma inesperada.

—Confías… demasiado rápido —murmuró.

Oliver esbozó una pequeña sonrisa triste.

—Salvaste a mi madre. Me diste un hogar. Me diste un espacio para seguir con mi sueño. Sería extraño no confiar ni un poco.

Gabriel desvió la mirada por un instante.

Como si no estuviera acostumbrado a la gratitud.

—La confianza es algo peligroso —respondió.

—Y la soledad también.

Las palabras salieron suaves.

Pero cargadas.

El silencio entre ellos cambió.

Ya no era incómodo.

Era… humano.

—¿Exploraste el taller? —preguntó Gabriel, cambiando levemente de tema.

Los ojos de Oliver brillaron al instante.

—Es perfecto.

Y aquel brillo —sincero, ligero, puro— hizo que algo casi imperceptible suavizara la expresión de Gabriel.

—Entonces fue una buena elección.

Oliver asintió animado.

—Fue más que buena.

Vaciló.

Después habló, más bajo:

—Gracias.

Gabriel se quedó en silencio durante algunos segundos.

—No necesitas agradecer por algo que ya deberías haber tenido desde el principio.

La frase fue simple.

Pero profunda.

Oliver sintió el pecho calentarse.

Por primera vez desde que llegó, el apartamento no parecía tan vacío.

Ni tan grande.

Ni tan extraño.

Tal vez porque, lentamente, aquel lugar estaba dejando de ser solo un contrato.

Y comenzando a convertirse en algo mucho más peligroso.

Algo emocional.

Algo real.

Y, mientras la noche caía afuera y las luces de la ciudad se encendían una a una, Oliver no se dio cuenta de que, en aquel momento silencioso en la sala, una línea invisible había sido cruzada.

Entre extraños.

Entre aliados.

Entre un matrimonio por necesidad…

Y un vínculo que comenzaba a nacer sin permiso.

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