Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 23
Capítulo 23
Las piezas se mueven
Isabella Castellanos llegó a Torre Montero a las nueve en punto.
Daniel la recibió en la sala de espera del piso treinta y dos. No le ofreció café. Tampoco la dejó pasar sola al despacho.
—El señor Montero la espera.
Isabella sonrió.
—Qué formal estás hoy, Daniel.
—Es mi trabajo.
—Claro.
Sebastián estaba de pie junto al ventanal cuando ella entró. Sobre el escritorio no había documentos de Castellanos, ni contratos pendientes, ni pretextos para fingir que esa reunión era de negocios.
—Tienes diez minutos —dijo él.
Isabella dejó su bolso sobre una silla.
—Vine porque me preocupo por ti.
Sebastián miró el reloj.
—Nueve minutos.
Daniel se quedó junto a la puerta, una libreta en la mano.
Isabella mantuvo la sonrisa.
—Está bien. Iré al punto. Valentina Solís perdió la memoria. No sabe qué pasó antes del accidente, no sabe qué sentía, no sabe a quién quería.
Sebastián no cambió la postura.
—Eso ya lo sé.
—¿También sabes que la gente confundida se aferra a quien tiene cerca?
—Si viniste a dar opiniones médicas, puedes irte.
—Vine a decirte algo como amiga.
—No somos amigos.
La sonrisa de Isabella se tensó.
—Sebastián, esa chica no sabe lo que quiere. Si te encariñas y luego ella recuerda que amaba a otro, te vas a lastimar.
Daniel levantó apenas la vista de la libreta.
Sebastián se quedó callado.
Isabella observó su cara con atención. Buscaba un cambio, un gesto, cualquier señal de que él no conocía esa parte.
No encontró nada.
—¿Terminaste? —preguntó Sebastián.
—¿No te importa?
—No te voy a dar una respuesta para que la uses después.
Isabella dejó caer la máscara por un segundo.
—Te estás metiendo en algo humillante.
Sebastián caminó hasta el escritorio y presionó el botón del intercomunicador.
—Seguridad al piso treinta y dos.
Isabella abrió los ojos.
—No es necesario.
—Gracias por la preocupación, Isabella. No la necesito.
—Cuando ella recuerde, no digas que nadie te advirtió.
Sebastián tomó una carpeta cerrada y se la entregó a Daniel.
—Acompaña a la señorita Castellanos al elevador.
Isabella recogió el bolso. Antes de salir, volvió la cabeza.
—Estás apostando demasiado por una niña que ni siquiera sabe por qué te mira así.
Sebastián no contestó.
Daniel cerró la puerta tras ella.
En el elevador, Isabella bloqueó la sonrisa hasta que las puertas se cerraron. Luego sacó el celular y llamó a Camila.
—Tu turno.
—¿Funcionó? —preguntó Camila.
—No como quería. Sebastián ya sabe que hay un "otro". Pero le dolió.
—¿Y Mariana?
—Mariana quiere sacar a Valentina de La Hacienda. Solo necesita escuchar que también está protegiendo a Nico.
Camila guardó silencio un segundo.
—Voy hoy.
—Sé dulce.
—Siempre lo soy.
Isabella cortó la llamada y miró su reflejo en la puerta metálica del elevador. Se arregló un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Vamos a ver cuánto dura tu paciencia, Sebastián.
A las cuatro de la tarde, Camila Vargas tocó el timbre de la Residencia Montero con una caja de pan dulce en las manos.
Doña Mariana la recibió en la sala.
—Camila, qué sorpresa.
—No quería molestar, señora. Supe que había vuelto de viaje y pensé en saludar. Nico me dijo que a usted le gusta el pan de guayaba.
Mariana miró la caja.
—Qué detallista.
—Mi mamá dice que una visita sin algo dulce parece trámite.
La frase hizo sonreír a Mariana por primera vez en toda la tarde.
Camila se sentó con la espalda recta, las rodillas juntas y la taza sostenida con ambas manos. No habló de Valentina al principio. Preguntó por el viaje, por el clima, por si el vuelo había sido pesado. Después ayudó a Mariana a mover unas flores secas del jarrón.
—No tienes que hacer eso.
—Me gusta ayudar. En mi casa siempre me ponen a trabajar si me quedo quieta.
Mariana la observó.
Camila sabía parecer tranquila. Sabía bajar la mirada en el momento correcto. Sabía dejar que una mujer mayor se sintiera escuchada.
Después de la segunda taza de té, suspiró.
—Perdón. No quería ponerme triste.
—¿Qué pasa?
—Es Nico.
Mariana dejó la taza.
—¿Qué tiene?
Camila fingió dudar.
—No sé si debería decirlo.
—Si le pasa algo a mi hijo, sí debes.
Camila apretó la servilleta entre los dedos.
—Lo veo muy mal. Intenta bromear, pero se le nota. Él todavía quiere a Valentina.
Mariana endureció la cara.
—¿Te lo dijo?
—No con esas palabras. Nico nunca dice nada con claridad cuando le duele. Pero cuando la ve con Sebastián... —Camila bajó la voz—. Me preocupa que no aguante.
Mariana miró hacia la ventana.
Camila añadió, con cuidado:
—Y no culpo a Valentina. Está enferma. No recuerda. Pero quizá si volviera a vivir aquí, en la Residencia, todo sería más ordenado. Nico podría verla con calma. Usted podría cuidarla. Sebastián podría volver al trabajo sin tanta presión.
Mariana no contestó.
Camila tomó su bolso.
—Perdón. Hablo de más.
—No —dijo Mariana—. Dijiste algo que ya estaba pensando.
Camila bajó los ojos para ocultar la satisfacción.
En ese momento se abrió la puerta principal.
Nico entró con una mochila al hombro.
—Mamá, necesito...
Se detuvo al ver a Camila sentada frente a su madre.
—¿Qué haces aquí?
Camila sonrió como si no hubiera nada raro.
—Te traje pan de guayaba, Nico.
Nico miró la caja, luego a su madre.
—Mamá.
—Camila vino a saludar.
—Claro.
La palabra salió seca.
Camila se levantó.
—Ya me iba.
Pasó junto a Nico y le habló en voz baja, sin perder la sonrisa.
—No me mires así. Estoy ayudando.
—No te pedí ayuda.
—No. Pero la necesitas.
Nico la vio salir.
Cuando la puerta se cerró, se giró hacia Mariana.
—¿Qué le dijiste?
—Nada que no debiera saber.
—Mamá, Camila no está haciendo esto por Valentina.
—¿Y tú sí?
Nico se quedó sin respuesta.
Esa noche, en La Hacienda, Sebastián abrió el viejo cartón que había guardado en el fondo de su vestidor.
Daniel llegó a las nueve con una libreta y dos bolsas de decoración.
—Jefe, el proveedor de flores confirmó. Las fresas llegan mañana. El pastel...
Sebastián sacó una muñeca de trapo envuelta en papel de seda.
Daniel se quedó callado.
Sobre la mesa fueron apareciendo objetos con etiquetas pequeñas: once años, doce años, trece años. Una caja de acuarelas. Una diadema azul. Una bufanda roja. Un libro de poemas sin abrir. Un dije de plata con una V grabada.
—¿Todo eso es para la señorita Valentina?
Sebastián acomodó la etiqueta de la bufanda.
—El pastel se entrega el quince a las siete de la mañana. Dos pisos. Fresa.
Daniel anotó.
—¿Y la cena?
—La Terraza. Siete de la noche. Solo nosotros dos.
Sebastián tomó un paquete de globos blancos y lo puso junto a los regalos.
—Que nadie toque mi celular durante las reuniones del jueves.